Adrián Misichevici-Carp - Damnare silentium
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historia real de una chica alemana durante los años 1938-1945 y las condiciones en las que tuvo que
esconder sus verdaderos sentimientos hacia el régimen nazi, para emprender el viaje más difícil de su vida: la búsqueda de su novio judío, a quien, tras su arresto, se le perdió la pista. Pasando por algunos campos de concentración como guardia, vuelve a estar convencida de que los verdaderos valores humanos no pueden ser, de ninguna manera, los impuestos por la propaganda del régimen, que tienen como base el odio.
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Jenny, la esposa de Jacob, estaba mucho más callada de lo habitual. Se encontraba muy preocupada; nunca había viajado más lejos que Francia, y ahora iban partir a otra parte del mundo. Para ella, Chile era sinónimo del fin de la tierra. Como verdadera esposa y madre, no podía evitar pensar en todos los peligros del viaje: si podrán salir de Alemania a salvo, si tendrán qué comer en todo el camino, si preparó la ropa adecuada para este éxodo forzado... Se preocupaba por todos, menos por ella. Ya no pensaba en sus sufrimientos, sufría por los demás. En aquel momento el propósito de su vida era salvar a su familia de las garras de Satanás y luego ayudar y a otros...
La tía Rita, la hermana de Jeannette, parecía la más preocupada. Su marido estaba en algún lugar lejano y le podía pasar cualquier cosa. La recorrían incluso los pensamientos más terribles. Uno de ellos era la posibilidad de que nunca volviera a verlo. Se veía que estaba muy afligida, aunque Marc intentó calmarla antes de irse: «No te preocupes, en Hamburgo no nos odian tanto como en otros lugares, estaré a salvo. Que sepas que me lo dijo el primo Joseph, así que no te preocupes. Regresaré sano y con las visas en regla. ¡Haz las maletas! Pone solamente lo más esencial...».
David los miraba a todos en silencio y se le rompía el corazón de dolor. Las personas que tanto amaba y que por lo general estaban llenas de vida, ahora estaban en la mesa sin vigor, tristes y miserables. A su vez, también estaba quemado por los pensamientos de los viajes: por un lado, lo consumía la idea de su viaje y Emma; y por otro, el éxodo de la familia.
El silencio ensordecedor solo era interrumpido por las cucharas que deslizaban suavemente sobre el fondo de los platos. Un fuerte traqueteo de cristales rotos sorprendió a todos. La fuente del ruido era una piedra que atravesó una ventana tocando un mechón del cabello de Jeannette. Siguiendo la trayectoria impuesta por una mano invisible, hizo añicos un jarrón de flores y fue detenido por una pared. Después del primero, a intervalos casi iguales, siguieron otro y otro. Parecía una lluvia ininterrumpida de meteoritos haciendo polvo todo a su paso. Jacob se levantó en un instante y cubrió a su esposa con su enorme cuerpo, luego la arrastró al refugio debajo de la mesa. Casi instintivamente, David hizo lo mismo con la tía Rita. Estaban acostumbrados, era la cuarta vez que alguien desde la oscuridad le rompía alguna ventana, y cada vez esperaban que fuera la última. Creían sinceramente que los autores de aquellas calamidades recapacitaran, se dieran cuenta que estaban atacando a personas inocentes. Estaban tan acostumbrados que nunca los odiaron, simplemente los creían las víctimas del régimen. Aquella noche, el 9 de noviembre de 1938, era otra cosa. Las piedras caían sobre ellos en grandes cantidades y eran arrojadas con un odio que no se ha visto nunca en aquella pequeña ciudad. Mientras toda la familia de Jacob estaba acurrucada y asustada debajo de la mesa, las piedras destruían todo lo que tocaban. Cuando cesó la locura del momento, se escucharon las voces de los culpables: «¡Estira la pata, carroña! ¡Fuera de Alemania! ¡Sara, haz las maletas! ¡Acaba con el perro judío!». Estas llenaban el silencio de la noche con todo tipo de expresiones inhumanas, salpicadas de risa bárbaras e hipócritas.
—¡Vamos, salid rápido y esconderos arriba, David y yo vamos a poner barricada en la puerta para que no entren en la casa! —ordenó Jacob asustado mientras salía de debajo de la mesa—. Este país se ha vuelto completamente loco.
David salió rápidamente de debajo de la mesa ayudando a su madre, mientras Jacob la ayudaba a Marta. Solo después de que todos salieron se dieron cuenta en qué condiciones se encontraba la habitación. Habían destruido todos los rincones: había piedras, cristales y comida por todas partes. Jenny al ver la casa de su familia destruida, el único lugar donde todavía se sentía segura, perdió el conocimiento. Al caer, se golpeó la cabeza con el borde de la mesa y se abrió una herida que inmediatamente empezó a sangrar. David la cogió rápidamente en sus brazos y se dirigió a Marta, mientras comenzó a subir las escaleras: «Tía, usted, traiga una toalla limpia, agua tibia y síganos. Tú, padre, tapa la puerta, yo inmediatamente vuelvo». Dejó a su madre en la cama al cuidado de su tía y bajó a ayudarle a su padre. Este trataba de hacer una barricada la puerta, pero en vano. Desde fuera la estaban destruyendo unas mazas laboriosas en manos fanáticas. Poco después, la puerta cedió y la sala se llenó de hombres con mazas, palos y barras de hierro. Alrededor de los brazos tenían envueltas unas esvásticas, estaba claro...
—¡H.H. y que mueran los judíos! —gritó uno, tras lo cual, se precipitaron todos sobre los hombres de la casa.
David cayó primero, logró ponerse en posición fetal, cogió la cabeza entre las manos y aguantaba la avalancha de pies que se derramó sobre él. Se le daba sin ningún remordimiento; estaban convencidos de que estaban extirpando un parásito que quería destruir su país. El que estaba cerca de Jacob se detuvo y vaciló por un momento. Se dio cuenta de que lo habían reconocido. Jacob cayó de rodillas con las manos en oración y lo miraba directamente a los ojos sin decir una palabra. Reconoció a su exempleado a quien solo le hizo bien y el cual ahora destruía su casa y golpeaba a la familia. En su rostro se leía una total decepción; era destruido, decepcionado y traicionado al mismo tiempo. Dos lágrimas temblaban en sus ojos, su respiración se hizo muy pesada y no veía nada más que la cara de quien había considerado antes un amigo. Entre sollozos, logró pronunciar unas palabras: «¿Por qué, Gunter, por qué?».
—¡No me mires así, parásito judío, eso es lo que eres! No te debo nada, entonces no sabía quiénes sois —contestó el chaval y le golpeó con toda su fuerza en plena cara. El anciano indefenso cayó al suelo perdiendo el conocimiento, pero no fue dejado en paz. Inmediatamente fue rodeado y golpeado sin piedad.
Cuando se cansaron de machacar a dos cuerpos inmóviles, comenzaron a destruir todo lo que encontraban por la casa. Pasaban de una habitación a otra con el mismo propósito. Cuando terminaron en la planta baja, subieron las escaleras en busca de nuevas conquistas. La puerta de la habitación donde estaban las mujeres se abrió de una patada. Marta, que estaba sentada en la cama, a la cabeza de su hermana enferma, se asustó y se puso de pie de un salto. Inmediatamente fue derribada al suelo por la palma del primer nazi que había entrado, el que derrumbó la puerta. Esta se arrastró hasta su hermana y la abrazó llorando. Rápidamente le cubrió la cara, temiendo que la golpeen también. Los de la raza superior destruyeron todo alrededor, las escupieron a ambas y las insultaron de todas las maneras, pero no las volvieron a tocar más. Bajaron cantando algo patriótico y antijudío. Al pasar cerca de David, que estaba tendido junto a las escaleras, le escupieron también y salieron orgullosos de sus hechos. Afuera, pararon para fumar y beber todo lo que encontraron en la casa. Después de arrojar las botellas vacías contra las paredes, desaparecieron en la oscuridad, cantando.
En la casa, primero se recuperó David. Le dolía todo el cuerpo y no podía abrir un ojo. Levantándose lento y sin fuerzas, trataba de averiguar qué había sucedido. Cuando vio a su padre tirado en el suelo, entre los fragmentos de cristales y lleno de sangre, corrió hacia él. Balanceándose, de un lado a otro, llegó junto a Jacob. Después de unos intentos fallidos este recuperó la conciencia, pero estaba muy débil. Inmediatamente quiso levantarse y subir las escaleras en busca de las mujeres. Trató de llamarlas pero no pudo, su boca y las cuerdas vocales estaban llenas de sangre seca. Había pasado casi una hora desde que la banda de los elegidos se había ido. Ayudándose mutuamente, llegaron arriba donde ambas mujeres se ahogaban en lágrimas. Jenny se recuperó y al ver todo destrozado, su hermana golpeada, estalló en un llanto incontrolable. Marta al ver a su hermana vuelta a la normalidad, también rompió a llorar de alegría, miedo, dolor y desesperación. Una explosión de sentimientos contrarios salía a la superficie en forma de lágrimas. Los hombres las encontraron abrazadas y llorando; Marta con el ojo amoratado y Jenny con la cabeza vendada y llena de sangre. Las mujeres cuando los vieron en qué estado entraron, apoyados uno contra otro y golpeados sin piedad alguna, se levantaron y se abrazaron todos en un círculo de sufrimientos.
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