1 ...7 8 9 11 12 13 ...28 —Tú y yo tendremos una conversación ahora mismo, querido. —Bernardo se pone de pie y me arrastra del brazo hacia el corredor.
En realidad, me dejo arrastrar. Él ni siquiera puede levantar su propio peso de la cama, sobre todo, los lunes.
—¡La puerta! —recuerda en una advertencia Shepard.
—Como una persona a la que le gustan las pijamadas, no debería preguntarlo, pero porque soy un amigo responsable, lo haré —dice cuando entramos a mi nueva habitación semivacía. Es por la frase en la puerta que Ibeth cambió de lugar mis cosas antes de irse: quería que Billy Anne no sospechara que se estaban ocupando dos habitaciones en lugar de una—. ¿Crees que es una buena idea?
—¿Compartir el alquiler para no tener que trabajar veintitrés horas al día para pagarlo? Como el infierno que sí.
—Me refiero a vivir con esos dos. —Baja la voz—. Billy Dinosaurio y Billy Bebé Dinosaurio me agradan, pero no los conoces. Además, ¿escuchaste las reglas? Tú no sabes lo que es el espacio personal, no te gusta usar ropa, a veces vas al baño y dejas la puerta abierta, ¡Dios sabe cuántas veces casi he muerto en tu departamento porque tapas las cloacas, Jaden Parker Ridsley! Ya rompes tres de las cuatro reglas solo con eso.
—Pero soy honesto, mejor algo que nada.
—¿Verdaderamente honesto? ¿Les dijiste lo que te ocurrió?
—¿Qué tiene que ver eso con ellos al mudarse aquí? —Frunzo el ceño—. No necesitan saberlo.
Bernardo se exaspera y mueve los brazos hacia la puerta como si estuviéramos jugando al dígalo con mímica.
—Ese hombre de ahí afuera es un exjugador y entrenador de fútbol americano, su yerno es el de las posaderas bonitas, por lo que su nieta es hija de Malcom Beasley, la razón por la que...
—Beasley no es la razón por la que tuve que dejar de jugar, Bernardo.
Mi pecho se eleva por la profunda inhalación que me obligo a tomar. No quiero enfadarme con él, pero sabe que hablar de lo que pasó toca todos los botones rojos que se supone que no debes presionar en mí.
—Tarde o temprano lo sabrán, Jaden.
—Mejor que sea tarde entonces, ¿no? Sé que te preocupa que vivir con ellos me recuerde todos los días el cómo terminé así y me haga lamentar mi existencia, pero no debes preocuparte. Ya lo superé, Ber. Pasó hace años.
No me cree.
—Tú eres una estrella y esos dos parecen un amigable agujero negro listo para tragarse tu luz sin siquiera saberlo, primor —objeta.
No sé cómo forma oraciones como esas en medio de las discusiones. Yo soy del tipo al que se le ocurren cosas geniales para decir una vez que la pelea ya terminó.
—La realidad es que cuanto más oscuro está, más brillan las estrellas —corrijo antes de tirar de él bajo mi brazo, rodear su cuello y comenzar a frotar mis nudillos contra ese cabello lleno de gel y cuidadosamente peinado—. Relájate, Belcamino.
Chilla en protesta. Está prohibido meterse con su cabellera, pero soy un transgresor de las reglas.
—¡¿Acaso no prestaron atención al reglamento, señoritas?! —grita el anciano desde el comedor—. ¡Los haré correr hasta Transilvania si no dejan de intentar desafiar a la naturaleza al intentar hacer bebés ahora!
—¡Abuelo, cierra el pico! —reprocha Billy Anne.
Con Bernardo reímos, pero siento el peso de nuestra conversación por lo que resta del día.
Capítulo 6
Confiscación navideña
Billy Anne
—¿Sabías que dormir conlleva a que los músculos sobre las glándulas de Meibomio se relajen tanto como para generar sobre las raíces de las pestañas fluidos en exceso durante el sueño, según lo que dijo un gran oftalmólogo australiano? —dice papá—. Por eso las lagañas, aunque claro, hay más motivos por los que se forman.
—Leímos su artículo juntos, claro que lo sé —digo bocarriba y estiro los brazos sobre mi cabeza, mientras el celular aplasta mi nariz—. ¿Me llamarás todos los días y simularás querer contarme datos interesantes para asegurarte de que estoy despierta y no faltaré a mis entrevistas de trabajo? Poca fe me tienes, Beasley.
—También eres una Shepard, tengo derecho a dudar.
Tomo el teléfono para llevarlo a mi oreja —donde se supone que debe estar— ofendida.
—¡Hey! —reprocho, y oigo a mamá decir lo mismo a través de la línea—. ¡Los Shepard somos responsables!
—Y también podemos patearte el trasero —le advierte mi progenitora dado que estoy en altavoz—. Será mejor que vayas a hacerme el desayuno que me prometiste anoche, Malcom. Y tú, Billy... —Enarco una ceja a pesar de que no puede verme. No quiero saber a cambio de qué mi padre le prometió un desayuno completo—. Es un hermoso día para que una mujer vaya a dominar el mundo, así que sal de la cama y, de paso, fíjate que el abuelo no se haya ahogado con su propia saliva durante la noche.
Su característico humor negro nutre mi alma.
—De acuerdo. —Sonrío, somnolienta—. Los llamo más tarde, los quiero.
—Nosotros también, Mariposa —contestan a coro antes de que pueda oír a mamá hablar de tostadas y mantequilla. Creo que también hace mención al tocino y al café.
Lennox me ve en línea y llama. Dejo el teléfono sonar sobre la mesa de luz y, al salir de la cama, me suenan la mitad de los huesos del cuerpo. Me siento una anciana mientras aparto las cortinas y dejo entrar la luz de la mañana.
Hoy es un buen día para adueñarse del mundo, diablos.
Voy al baño y me deshago del pijama. Parece que todos están dormidos y agradezco tener algo de paz. Sin embargo, cuando entro a la ducha, noto algo que termina por apuñalar mi buen humor.
El agua no sale a pesar de que giro la perilla.
Me pongo la bata y voy al cuarto de Jaden. Si Ibeth no pagó la factura del agua, y por eso la cortaron, es hora de que su hermano y yo la confrontemos juntos. Hasta ahora decidí no hablar con ella y utilizarlo como intermediario porque, de no hacerlo, encontraría la forma para teletransportarme en cuanto la oyera y eso podría terminar en un homicidio.
—Jaden, despiértate. —Toco la puerta con la energía canalizada en mi puño a causa de la frustración—. Tengo un problema con la ducha, necesito ayuda.
Apoyo la oreja contra la madera cuando no hay respuesta a cambio. Vuelvo a tocar y un quejido, el cual interpreto como una invitación, me hace entrar. Cosa que no tendría que haber hecho porque... ¡Bendita genética!
No se molestó en cerrar las cortinas y la luz alcanza la cama de una plaza. Duerme bocarriba, con un brazo flexionado bajo la almohada y el otro sobre el estómago desnudo. Hay mucha piel y músculos expuestos aquí adentro y, con cada paso que doy para acercarme, siento que la temperatura alcanza el promedio que hay en el desierto de Lut en Irán.
—Despiértate voluntariamente, Bella Durmiente —insisto y se remueve en el colchón, entre el sueño y la realidad—. O le pediré al príncipe Bill que venga a despertarte con un beso, y créeme que eso no te gustará.
La sábana arrugada que envuelve sus caderas se desliza un poco.
Al saber que corro peligro de incinerarme y pasar vergüenza si termino por ver algo que no debo, alcanzo la sábana y tiro de ella para que llegue a taparle hasta el cuello.
—Jaden, levántate antes de que...
Mierda.
Trago en silencio y me limito a procesar lo que veo. Cuando tiré de la sábana hacia arriba, ella se deslizó sobre sus piernas hasta las rodillas. Bueno, en realidad sobre una.
No tiene la otra.
Un muñón. Extremo restante que queda tras la amputación de un miembro del cuerpo. Así lo definió mi progenitor cuando a los siete me llevó a los Juegos Paralímpicos. Papá fue invitado para entregar unas medallas y luego fuimos a ver una competencia de natación. Recuerdo que había una chica jamaiquina a la cual le habían amputado un brazo. Sin embargo, era tan veloz que pensé que podría haberse hecho pasar por tiburón. Ganó el primer lugar y arrastré al 27 para que me sacara una foto con ella. Sigo conservando la foto. Me faltaba un diente, pero salí adorable, y miraba a la nadadora como si fuese una superheroína.
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