En este viaje me encontraba, como ya queda dicho, rodeado de soldados, algún paisano y una viejecita que tenía sentada sobre ella una niña, que supuse sería su nieta. Un súbito desplazamiento de bultos dio a entender que íbamos a conocer un registro en nuestro departamento. Noté en el semblante de esta mujer una expresión de temor y su consiguiente inquietud. Sin pensarlo mucho le pregunto si tiene algún contratiempo e instintivamente me señala una maleta grande situada en la parte superior del tablero soportabultos. Le digo que se tranquilice, pues diré que es mía y a mí no me registrarán. Tengo que aclarar que a los soldados normalmente no les registraban sus bártulos, que ya habían pasado por el control de la Aduana. Por fin llegan los agentes y no les dicen nada, pero como venían acompañados por dos agentes de policía del servicio del tren, piden la documentación a todo el mundo y a los soldados el oficio-pasaporte militar de permiso. A mí que voy de paisano con mayor motivo me lo piden y sólo les enseño mi carnet. Al preguntarme si voy de servicio les contesto: «por supuesto». Señalo con un gesto dos maletas y un paquete que manifiesto son de mi propiedad. No hay nuevo intercambio de palabras y todos al abandonar el departamento me saludan. Transcurrido el chaparrón y ante el agradecimiento de la viejecita y las miradas interrogantes del resto de pasajeros y soldados, no recuerdo, por el tiempo transcurrido, las palabras que pude decir, ya que no siendo correcto airear mi condición de agente del Servicio de Información de la Intervención Territorial del Quert, lo que sí que les aseguré es que no era ningún policía.
Aunque mi permiso lo tenía que disfrutar en Valencia, existían dos motivos para pasar por Madrid: entregar personalmente el paquete que mi jefe me había encomendado y mis deseos de recorrer la capital, después de nueve años de ausencia y visitar los lugares que había conocido en circunstancias tensas provocadas por la defensa de Madrid, al principio de la guerra. Sabía de antemano que iba a sufrir la nostalgia de los años transcurridos y me faltaría el calor de las mismas imágenes vistas a través de los ojos de un muchacho de dieciséis años.
Madrid tenía muchos lugares que me recordaban a mis compañeros de milicias y la unidad militar con la que estuve en distintas barricadas de la capital. Todos procedíamos y nos habíamos instruido militarmente en Valencia y, posteriormente, en Alicante.
MIRANDO HACIA ATRÁS, EN 1936 HAY QUE DEFENDER LA REPÚBLICA
¿Cómo conocí a Huguet, Pérez Carpio, Izquierdo, Muñoz Suay, hermanos Talón, Ferraz, Torrella, Galán, y tantos y tantos que más adelante serán citados?
En octubre de 1936 acudí al llamamiento de voluntarios para la defensa de la República. Como era miembro de la Federación Universitaria Escolar (FUE) en la Asociación Profesional del Instituto Luis Vives de Valencia, me incorporé junto a dirigentes y afiliados de esta organización estudiantil al Primer Batallón del Regimiento de la Victoria. Este batallón, junto a otras unidades de milicias se fue formando en el Colegio de los Salesianos de la calle Sagunto, acondicionado como cuartel general de milicias y en donde efectuamos la primera instrucción militar. Posteriormente fuimos desplazados al cuartel de Benalúa de Alicante y allí proseguimos la preparación militar de la unidad. El 10 de enero de 1937 nos enviaron a Madrid llegando a la Estación de Atocha y formados llegamos al Ministerio de Fomento, acondicionado todo el edificio como centro de distribución y destino de los milicianos que integraban las columnas y unidades que iban llegando a la capital.
El comandante Trigueros, al mando del Regimiento desde que se constituyó en Alicante, efectuó una visita con su Estado Mayor para comunicarnos que estaba pendiente de que se le asignase un sector del frente y que nos encontrábamos en la tercera fase de la defensa de Madrid.
El bautismo de guerra lo iniciamos el 18 de enero con un desplazamiento a Perales del Río (Madrid), desde donde y durante ese día se efectuaron varias marchas para ponernos a punto, con motivo de la acción que se preparaba para la madrugada del día siguiente, cuando los tres batallones de la brigada del comandante Líster tenían como objetivo tomar al asalto el Cerro Rojo, antes denominado Cerro de los Ángeles. El Batallón de la FUE en esta operación tenía asignada una segunda línea de reserva. El comandante Líster, que ya en varias actuaciones, en plena defensa de Madrid, prefería operar por la noche y descansar durante el día, en esta ocasión y por tratarse de llegar al cerro con gran visibilidad por parte del enemigo, optó también por la nocturnidad, ya que aparte del factor sorpresa quiso llegar al mínimo de bajas en la operación. La acción empezó sobre las cinco de la madrugada y al empezar a alborear, y con muy pocas bajas, el cerro cae nuevamente en poder de las fuerzas republicanas. Se consigue un excelente botín capturando un jefe del Estado Mayor, varios oficiales, muchos prisioneros y abundante material bélico.
Este mismo día por la tarde y con mucha rapidez las fuerzas franquistas, que asumían el nombre de nacionales, reciben grandes refuerzos de su sector y la lucha se encarniza, por nuestra parte por mantener el recién reconquistado Cerro Rojo, y los franquistas por volver a tomarlo, lo que consiguen antes de que llegue la noche cerrada. Los muertos por ambos lados son muy numerosos. En segunda línea conocí esta circunstancia con bastante detalle por ser mi primera acción militar. La imagen dantesca de tantos muertos durante este día no significó para mí una inyección de euforia guerrera, y eso que sin haber probado el alcohol en mi vida, durante toda la batalla el rancho que me dieron se limitó a frecuentes galletas nadando en coñac en mi plato de miliciano.
En la calle Daoíz, cerca de la plaza Dos de Mayo, en un convento-iglesia, transformado en habitación dormitorio para la primera y segunda compañías del primer Batallón, conocí con mis compañeros de la FUE, que estábamos integrados en la primera, las «primicias» del caldero de lentejas que ya y durante el resto de la guerra se harían célebres con el nombre de «las píldoras del doctor Negrín». Al recordarlo retrospectivamente no pude reprimir una condescendiente sonrisa, no por el primer sabor de esta legumbre como rancho militar, que solamente lo probamos, ya que veníamos bien nutridos por los alimentos del litoral alicantino, sino porque noté algo de nostalgia recordando esos días que, aún con los sinsabores de la guerra, uno se sentía feliz teniendo por delante toda una vida, lógicamente llena de incógnitas. Esta proyección de nueve años atrás me emocionó por la suerte de poder rememorarla.
Ya introducido en esta época y recuerdos, me fue obligado evocar una breve visita de pocos días al frente del sector de la Ciudad Universitaria. Conocí muy poca actividad, pero lo suficiente para descubrir la traidora trayectoria de los obuses de los morteros capaces de introducirse súbitamente en las trincheras. También me quedó de esta tan breve estancia, la imagen de que parte de las improvisadas troneras del parapeto la componían múltiples cajas de latas de ternera o de búfalo, de mantequilla, que constituían lo que se denominaba «rancho en frío», que era el que normalmente se nos suministraba en primera línea de frente.
Una anécdota interesante que refleja fielmente el ambiente guerrero de Madrid no se me podía escapar al llegar a la Gran Vía. Con cruces de proyectiles sobre las barriadas extremas, que configuraban el cinturón de los diversos sectores de la defensa de la ciudad, varios compañeros de la FUE fuimos al cine Capitol, en plena Gran Vía, para ver la proyección de la película de guerra soviética Los marinos de Kronstadt. En un momento dado creímos que la banda sonora no sincronizaba bien con las imágenes. El traqueteo de las ametralladoras del buque de guerra funcionaba a destiempo frecuentemente. Alguien tuvo la intuición de pensar que el ruido de las ametralladoras fuese real y proceder del propio frente de Madrid. Esta era la realidad y salimos apresuradamente para incorporarnos a nuestra unidad que se encontraba en El Pardo. Recordé que coincidimos en esta incidencia Rafael Talón, José Huguet, Fernando Ferraz, Rafael Bonet, Rafael Izquierdo y yo.
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