Juan Marín García - Si tuviera que volver a empezar...

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Las memorias de Juan Marín constituyen un relato en el que la historia y las vidas personales se entrecruzan en una narración, que arranca con los acontecimientos convulsos de los años 30 y 40 del siglo XX. En ellas relata los orígenes de su compromiso político, la influencia de un ambiente familiar ilustrado y republicano, su afiliación a la FUE y a las JSU, su participación en la Guerra Civil y en la resistencia española en la Francia ocupada, su internamiento en los campos de concentración franceses y en la cárcel de La Santé y el servicio militar en África, antes de volver a Valencia. Su narración de los años de la posguerra, la Transición y la normalización de la democracia en España constituye un interesante documento sociológico. Es además un homenaje a sus amigos de la FUE por los años compartidos en la juventud y por el reencuentro en la madurez de sus vidas.

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Para él lo más importante de la memoria no era solo su capacidad para evocar, también lo era su capacidad para crear, y los que debían de crear el futuro eran los jóvenes.

Hasta el final mantuvo una actitud activa en la defensa de los valores democráticos de la izquierda. Recuerdo que en una de las asambleas del Movimiento 15M los organizadores le invitaron a hablar sobre aspectos educativos de la República. Ese día volvió a casa muy ilusionado y emocionado. Entre sus papeles he podido encontrar la nota escrita que les leyó. En sus palabras les decía la admiración que sentía por todos ellos, por reivindicar lo justo, día a día al aire libre de forma democrática y participativa. Les habló de lo que supuso la FUE para la juventud estudiantil, su carácter unitario y los avances sociales conseguidos por la República. Todo ello lo hacía, no con la melancolía de un tiempo pasado, sino con una visión muy actual de la necesidad de mantener una actitud firme para enfrentarse al mundo neoliberal que estamos viviendo, que cercena las posibilidades de progreso y sigue generando miedos e inseguridades. En ese acto solidario tenía 91 años, y era un joven más de los indignados reunidos en la plaza, compartiendo con todos, su amistad y solidaridad. Estaba como siempre donde pensaba que debía estar.

Quiero finalizar esta introducción sobre la vida de mi padre diciendo algo que le hubiera gustado decir a él, y es que sus memorias, al fin y al cabo narran las experiencias vividas por un combatiente de la República, sin cargos de especial relevancia, la de un militante de base como otros muchos, todos ellos con su historia, su particular y extraordinaria historia. Este aspecto es el que las hace relevantes, un relato compartido por una gran cantidad de luchadores anónimos que un día tomaron la decisión firme de defender la libertad y el progreso y hasta el final de sus días se mantuvieron fieles a sus convicciones. Si ellos pudieran escribir sus memorias seguro que serían casi intercambiables con las de mi padre. Y por eso me siento muy orgulloso de él y de todos ellos.

Deseo manifestar mi inmenso agradecimiento a Pilar Sanz y a Cristina Escrivá por su inestimable ayuda en la revisión, estructuración y corrección del texto así como en la elaboración de los pies de página aclaratorios, el índice general, la selección iconográfica y tantos detalles que por su experiencia como editoras conocen, y que han supuesto para las dos mucha dedicación y tiempo. Soy consciente de que lo han hecho con un especial cariño por tratarse de una persona muy especial, a la que tanto querían. También quiero agradecer muy especialmente a su gran amiga Alejandra Soler la semblanza inicial que hace de mi padre. Mi agradecimiento lo hago extensivo a Salvador Albiñana, sin ninguna duda la persona que más ha contribuido para que estas memorias viesen la luz y también por su lectura y revisión final del documento. A Pilar Bonet, Pepa Ramis, José María Azkárraga y Juan Navarro por su aportación de documentos gráficos y personales y, también, a José Luis Canet y Vicent Olmos del servicio de Publicaciones de la Universitat de València.

Por último quiero expresar el reconocimiento de nuestra familia a todos cuantos con interés y cordialidad han hecho que estas memorias puedan llegar al lector.

FRANCISCO MARÍN OLMOS

Valencia, marzo de 2015

PARTE I

EL INICIO DE MIS RECUERDOS

Era junio de 1945. Si nací el 13 de febrero de 1920 tenía 25 años bien cumplidos. Me encontraba en un vagón de tercera del tren correo Málaga-Madrid. Hacía pocas horas que había desembarcado del buque que hacía el trayecto nocturno Melilla-Málaga, después de una travesía extraordinaria para mí, ya ducho en este recorrido, pues nunca la mar se había convertido en una balsa de aceite, que se iba abriendo a medida que la quilla del barco iba avanzando. La luna reflejada en este espejo no podía cabalgar y se conformaba, en esta ocasión, transmitiendo como un farol destellos de su propia luz. La expectación de este fenómeno obligó a la mayoría de los viajeros a conciliar el sueño más tarde de lo normal, a altas horas de la madrugada. Al llegar a Málaga tuve que pasar por el obligado y riguroso control de los carabineros de la aduana, que se incautaban de los artículos considerados de contrabando, que en África estaban a precios exiguos con respecto a la Península. Este trámite para mí fue especial, pues llevaba un paquete para un teniente coronel destinado en el Ministerio de Defensa en Madrid, que mi comandante me había entregado, junto a una tarjeta suya dirigida al jefe de la aduana. Esto significó el que no registrasen mi maleta repleta de tabaco, relojes y artículos que familiares y amigos me habían solicitado previamente por correo.

El vagón del tren estaba rodeado de gran parte de soldados uniformados que, como yo, procedían de Melilla. Yo, sin embargo, iba de paisano que era la ilusión de todo soldado. Iba así porque no disponía de uniforme y de haberlo tenido me estaba vedado usarlo, ya que en mi bolsillo, independiente del imprescindible billete de embarque militar, disponía de un carnet de identificación como agente del Servicio de Información de la Intervención Territorial del Quert, del Protectorado Español de Marruecos, sito en Villa Nador.

Yo era uno de los derrotados de la guerra civil española y me satisfacía deducir, a la vista de los acontecimientos vividos desde mi regreso del extranjero, que no estaba totalmente vencido. Es cierto que mi formación educativa, mis conocimientos de los idiomas francés y alemán unidos a mi experiencia de años vividos con mucha intensidad, me sirvieron de mucho. Con todo ello, de no haberme acompañado la suerte, hubiera sido más difícil. Sí, estaba convencido de que era una persona afortunada y eso que no desconocí los sufrimientos, hambre, opresión, prisión… pues pasé por todos ellos y en circunstancias de excepción.

No iba de servicio. Era un viaje de un mes de permiso. La validez de mi carnet de agente fuera del Protectorado español era muy discutible, pero las contadas veces que me identifiqué con él en la Península, incluso ante la policía, todo eran facilidades. Para comprender esto hay que situarse forzosamente en esta época, cuando el escuchar «Servicio de Información» era suficiente motivo de temor para cualquier ciudadano, incluso para la propia policía.

En este viaje tuve la ocasión de comprobar la eficacia de mi documentación. La escasez de alimentos de primera necesidad, contingentados a través de cartillas de racionamiento individuales, originó un tráfico de alimentos desde las zonas rurales, donde era fácil la adquisición de productos agrícolas para venderlos a mayores precios en las grandes ciudades. A este tipo de negocio se le denominó «mercado negro» y aunque estaba muy sancionado tomó gran impulso ya que el ciudadano estaba obligado a adquirir estos alimentos para poder subsistir. El abastecimiento oficial a través de cupones para pan, legumbres, carnes, aceites, tabaco, etc. era escaso en cantidad y la mayor parte de las veces en calidad. En pequeñas cantidades el medio de transporte que utilizaban estos «estraperlistas» era el tren. Tenía su riesgo, ya que en cualquier momento podían surgir agentes de la Fiscalía de Tasas que registraban todo, desde la máquina de vapor a la cola, y se incautaban de todos los productos alimenticios en maletas y bultos. Nadie reclamaba su propiedad para evitar multas y hasta detenciones, según el volumen del decomiso.

En un largo trayecto eran varias las veces que al parar en una estación subían los agentes y esta circunstancia se conocía enseguida por el nerviosismo de los pasajeros implicados, que trataban de desplazar sus maletas en sentido contrario al avance de los agentes, trasiego que se hacía dificultoso por ir siempre los trenes abarrotados de pasajeros.

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