Enric Sanchis Gómez - Los parados

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El desempleo masivo es un rasgo distintivo de la sociedad española, campeona europea del paro desde hace décadas y sólo en fecha reciente superada por Grecia. Un problema valorado por la opinión pública como el más grave y la primera preocupación personal de los españoles. Sin embargo, poco se sabe de los parados. Este libro contribuye a paliar ese déficit de conocimiento. Basado en 88 entrevistas en profundidad realizadas con la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, nos introduce en el mundo del parado, su vida diaria, angustias, esperanzas y frustraciones; sus problemas de salud, relaciones familiares, dificultades económicas y estrategias para no derrumbarse y salir adelante. El libro es también una aproximación a las opiniones y actitudes de los parados frente al sistema político, la democracia, los impuestos, los sindicatos, los inmigrantes.

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Lo primero que destaca del cuadro I es que a la EPA se le miente muy poco y que su nivel de fiabilidad es muy alto. En efecto, según el SEPE durante el cuarto trimestre de 2011 hubo un total de 2.791.065 beneficiarios de todo tipo de ayudas por desempleo en octubre, 2.892.197 en noviembre y 2.927.098 en diciembre (datos obtenidos en línea). Siendo la EPA una encuesta trimestral continua, sus resultados difícilmente pueden coincidir con los registros mensuales del SEPE, pero la moderada diferencia entre unos y otros induce a pensar que la estimación de la EPA es consistente. Curiosamente, si a quienes declaran percibir ayuda les sumamos los 191.473 ns/nc obtenemos un total de 2.935.987 efectivos, cifra que apenas se diferencia de la del SEPE de diciembre, lo que sugiere que casi todos los renuentes a contestar están percibiendo ayuda. 1Pero no nos precipitemos con las conclusiones. Supuestamente, los ocupados son los que tienen más motivos para mostrarse recelosos ante el encuestador, seguidos quizás de los inactivos, mientras que los parados no tienen nada que ocultar. Sin embargo los ocupados sólo son el 40,51% (77.567) de quienes no responden. Además, aunque se trata de porcentajes mínimos, no deja de llamar la atención que los parados sean proporcionalmente los más reservados y los ocupados los menos, cuando lo que cabría esperar es todo lo contrario (ns/nc el 0,43% de los ocupados, el 0,59% de los inactivos y el 0,87% de los parados).

Por lo que se refiere a los 641.021 inactivos que reciben ayuda, el 60,30% (386.276) son mujeres, el 47,70% (305.678) tienen 50 o más años, y el 15,03% (96.397) son desanimados. Finalmente, si a los 166.728 ocupados que se declaran perceptores les sumamos los 77.567 ns/nc obtenemos un total de 244.295 candidatos a ser definidos como auténticos defraudadores. Antes de hacerlo deberíamos tener en cuenta que 39.151 de ellos (incluyendo los 5.604 ns/nc) han trabajado un máximo de 10 horas durante la semana y que la ayuda no es incompatible con cualquier tipo de ocupación. Es el caso de los afectados por un ERE. Siempre según la misma EPA, hay 60.335 personas en esta situación, 29.357 de las cuales están ocupadas, siendo casi todas las demás inactivas; y de las ocupadas cobran ayuda 16.231 (16.741 si incluimos a los ns/nc). A la luz de todo ello, uno diría que los supuestos defraudadores (con ingresos significativos derivados de la ocupación) difícilmente llegan a 200.000, en cuyo caso tendríamos el 3,79% del paro EPA y el 6,83% de los beneficiarios de ayuda en diciembre de 2011. Dicho en otras palabras, si ya sabíamos que ni la EPA estima ni el SEPE cuenta más parados de los que «realmente» hay, ahora podemos concluir que tampoco hay tanto «falso parado» como afirman interesadamente algunos en el debate público político y que el fraude al dispositivo de protección del desempleo no es importante.

Todo esto confirma de alguna manera la conclusión obtenida hace quince años en un estudio sobre la posición laboral de los perceptores de ayuda por desempleo entre 1987 y 1997 a partir de la EPA [Toharia, 1998]. Redondeando grosso modo para todo el periodo, casi el 80% de los varones que declararon estar recibiendo ayuda se encontraban efectivamente en paro, entre un 5 y un 10% estaban ocupados y entre algo más de un 10 y algo menos de un 20% eran inactivos. En cuanto a las mujeres, dos de cada tres estaban en paro, un 5% trabajando y en torno al 30% fuera del mercado de trabajo. El hecho más significativo es, pues, que había un colectivo relativamente importante de beneficiarios no ocupados sino económicamente inactivos.

Como hemos visto, más de un tercio de los entrevistados creen que hay mucho falso parado. Ahora bien, una cosa es reconocer la existencia de ciertas situaciones más o menos irregulares y otra criminalizarlas, aun aceptando que es algo que en principio no se debería hacer. El razonamiento al respecto suele seguir la lógica siguiente, cuestionando al mismo tiempo la noción de falso parado: Un padre de familia que ha perdido un empleo «de verdad», que con lo que cobra de paro no le llega a fin de mes, ¿qué ha de hacer si se le presenta la ocasión de conseguir un dinero extra? ¿Está por eso menos en paro? Con la que está cayendo, en un país donde cada cual tira para su casa, ¿por qué han de pagar los platos rotos estos desgraciados?:

Hombre, lo tiene que haber [trabajo negro y falso paro] . A fin de cuentas estamos en el país de la picaresca. Y es normal que cuando te dan 400 euros de paro nada más, pues necesites sacar dinero por otro lado para mantener a tu familia. Viendo las cantidades en negro que se lavan desde arriba, que un parado tenga un trabajillo extra de 500 euros al mes no me parece un delito. […] Qué se le va a hacer […]. Si mientras encuentran una solución a su situación están haciendo eso, pues tampoco me parece mal. Quiero decirte que la culpa del trabajo en negro siempre la ha tenido el empresario, no el trabajador. El trabajador tiene su parte de culpa […] pero sobre todo el empresario, que de primeras prefiere sin contrato, y la gente en situación de desesperación coge lo que le ofrezcan. [AGA-8]

Combinar la ayuda por desempleo con ingresos derivados de algún tipo de actividad no es un fenómeno nuevo. Ya en Marienthal, durante la Gran Depresión, todo el mundo sabía que sólo de los subsidios era imposible vivir, y procuraba completarlos mediante estrategias variopintas: agricultura de autoconsumo, pesca y caza furtivas, búsqueda de carbón en la vía del tren… Pero en general las actividades ocasionales estaban reservadas implícitamente para quienes no percibían ayuda, bien por solidaridad, bien porque cualquier tipo de trabajo llevaba consigo el riesgo de perderla. Y según pasaba el tiempo y la situación se deterioraba las denuncias anónimas crecieron considerablemente, en particular las injustificadas. Quienes estudiaron aquella comunidad señalan: «Un trabajo ocasional no declarado puede ser objeto de la apertura de un expediente por parte de la comisión industrial del barrio. He aquí algunos casos típicos que han supuesto la supresión de los subsidios: un obrero que ha ayudado a cortar árboles a cambio de una cierta cantidad de madera para la calefacción; una mujer que vende leche y que se ha quedado con una parte para sus hijos; un hombre que ha ganado algo de dinero tocando la armónica» [Lazarsfeld y otros, op. cit .: 62]. No se sabe quiénes eran los denunciantes, pero puede suponerse que estaban absolutamente en paro y no percibían ayuda, y que con sus denuncias pretendían eliminar competidores en la búsqueda desesperada de ingresos alternativos, tanto al empleo «de verdad» como al subsidio.

Hasta aquí llega el análisis científico fundamentado en alguna evidencia empírica (que la hay para todos los gustos). A partir de aquí comienza el debate político ideológico sobre la generosidad y los efectos no deseados del dispositivo de protección de los alejados del empleo, ya sean parados o inactivos. En ese debate las dos posiciones extremas están representadas por los partidarios de limitar su alcance para que no incentive conductas inadecuadas y por quienes objetan que eso sólo servirá para aumentar la precariedad económica de los más débiles, que en todo caso tienen vetado el acceso a un empleo estándar.

El tema del falso parado plantea otra cuestión de interés que pone al descubierto una debilidad del guión utilizado en las entrevistas. Buscábamos gente que se autodefinía como parada, dábamos por descontado que no trabajaban. Por eso no se nos ocurrió preguntar si –tal como se formula en la EPA– durante la semana anterior «trabajó aunque sólo fuera una hora», en cuyo caso estadísticamente era un ocupado. Esta eventualidad apareció de manera indirecta y espontánea en un número no desdeñable de casos. Pero al no haber sido abordada sistemáticamente no podemos saber a ciencia cierta cuántos entrevistados salpican su estancia en el paro con actividades ocasionales remuneradas. Sólo en el caso de que tales actividades no se hubieran hecho durante la semana anterior, la autodefinición de parado coincidiría con el criterio de la EPA. Por otra parte, sí preguntábamos cuánto tiempo estaba en paro, dando por buena la respuesta sin entrar en detalles respecto a si durante todo ese tiempo había hecho alguna actividad remunerada. Sin embargo es posible que la duración declarada del tiempo de desempleo no se corresponda con la efectiva y, por tanto, que la estimación del paro de larga duración resulte afectada. La pregunta E2 de la EPA se interesa por la fecha (año y mes) en que se dejó de trabajar. El problema es qué entiende cada cual por «trabajar». Un caso del que volveremos a ocuparnos más adelante (ESV-5) ilustra perfectamente lo que se viene diciendo.

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