Dos observaciones sobre los datos: la endogamia ideológica y la demonización del otro se encuentran muy difundidas en ambos hemisferios de la polarización. Ahora bien, ambos indicadores muestran también que la polarización es asimétrica, esto es: los votantes de Cambiemos muestran un comportamiento ideológicamente más endogámico y –seguramente vinculado con aquello– una mirada aún más diabolizada de los votantes rivales.
La literatura politológica viene documentando este fenómeno, al que conceptualiza como crecimiento del “partidismo negativo”. Toda identidad política se apoya sobre un elemento de afirmación y un componente de alteridad, de rechazo al adversario, al que se puede advertir o no como amenaza, pero seguro se lo distingue como diferente. Las lealtades “partidarias” (con todas las comillas que requiere esa figura) estarían siendo revitalizadas no tanto por amor al grupo propio, sino fundamentalmente por el marcado rechazo al espacio político adversario.
Abramowitz y Webster documentan este proceso para Estados Unidos y vinculan el partidismo negativo con el crecimiento de la división ideológica como eje estructurador del comportamiento de la opinión pública, de la oferta mediática y de la oferta política. Los autores registran un fenómeno que hasta hace poco hubiera resultado inverosímil: el crecimiento de la lealtad partidaria en el comportamiento electoral de los estadounidenses. Ahora bien, ese fenómeno, comprueban, está apalancado por un crecimiento de la valoración negativa del partido rival, es decir, los demócratas son cada vez más anti-republicanos y los republicanos son más anti-democrátas que nunca, lo cual configura una polarización apoyada sobre un partidismo negativo . La identidad afirmativa de pertenencia aparece como débil o insuficiente a la hora de evaluar las propuestas políticas en épocas de polarización y así se produce este desplazamiento hacia la negación del otro como un reaseguro de mis propias convicciones y de mi identidad con los idénticos .
Este fenómeno de constitución de subjetividades puede adoptar diferentes formatos según el tipo de sistema político imperante, pero alude a un tipo de sujeto social y de constelación de valores que se consideran amenazantes. Los datos examinados y los resultados de los últimos procesos electorales (con FdT y JxC consolidados como las dos fuerzas más votadas del país, y que sumadas concentran más del 70% de las preferencias) permiten incluir a Argentina y a nuestra cultura política contemporánea dentro de este marco de expansión del partidismo negativo que, como vimos, viene asociada con una representación del otro (político) en la que las diferencias aparecen exageradas y muchas veces deformadas.
En el caso de nuestro país, este tema también aparece atravesado por diferencias relacionadas con la carga de negatividad que una y otra coalición otorgan a los valores que están presentes en el otro (político). Más arriba dijimos que el kirchnerismo, y en particular la figura de Cristina Fernández de Kirchner era la gran ordenadora de las pasiones. Pero en este mapa de amores y odios las cargas no están compartidas. Cristina Fernández despierta ambos sentimientos, sin embargo organiza una constelación que tiene un significado muy distinto de uno y otro lado de la polarización. Cristina es tan amada como odiada, pero esto coloca a las pasiones positivas (el amor incondicional por su líder) con cargas de intensidad que podríamos colocar más dentro de las pasiones positivas y desde allí al rechazo del otro como lo no deseado. Sin embargo, esto no es simétrico del otro lado de la grieta. Mauricio Macri tuvo la capacidad (sobre todo en 2015) de transformarse en el polo que concentraba todos los rechazos y odios al kirchnerismo pero no despertó nunca los afectos positivos de sus seguidores como sí lo hizo la ex-presidenta. O, al menos, no en la intensidad y la proporción que logró Cristina en sus momentos de gloria e incluso en su ocaso electoral.
Si bien existen importantes diferencias ideológicas, socioeconómicas, etarias y hasta geográficas entre las dos coaliciones (como lo muestran Casullo y Ramírez en el texto que forma parte de este libro), al igual que ocurre en España y Estados Unidos, esas diferencias se agigantan imaginariamente configurando una suerte de brecha de percepciones recíprocas donde sectores con muchos puntos o rasgos en común se perciben abismalmente lejanos y diferentes. Por ejemplo, los votantes demócratas perciben que el 44% de los votantes republicanos son “ricos” (250.000 dólares al año es el parámetro que suele usarse) cuando solo el 2% de ese electorado tiene esos ingresos. Los demócratas perciben que la mayoría de los republicanos pertenecen a los grupos etarios de mayor edad y que son mayoría los que tienen más de 65 años, cuando en realidad es solo el 20%. De igual forma, los republicanos perciben que el 46% de los demócratas son negros, cuando en realidad es solo el 24%. (estudio de Douglas Ahler y Gaurav Sood realizado en 2018).
Se ha puesto de moda hablar de “política de identidades” como si estuviéramos ante una novedad. Toda competencia política es una competencia de identidades, nunca se trata de un debate ad hoc y frío sobre asuntos específicos. Y la política articula identidades sociales. El problema es que esas identidades deben saber reconocer sus diferencias, pero también poder inscribirse en un espacio afectivo y simbólico común, no excluyente.
En suma, en este libro no nos interesa tanto reivindicar o impugnar la ley de gravedad que estructura este espacio público polarizado, sino ilustrar sus luces y sus sombras, describir sus efectos favorables vinculados con la “organización democrática” del desacuerdo ideológico pero también problematizar algunas de sus consecuencias más disfuncionales para la resolución de problemas estructurales e ilustrar efectos inquietantes para la conversación pública. La polarización puede ser buena, puede ser mala, pero sobre todo es lo que es. Ahí vamos.
1- Pese al inestable contexto pandémico, y a tratarse de elecciones “provinciales”, las recientes elecciones legislativas de 2021, fueron el proceso electoral legislativo con la mayor concentración de votos de las dos principales fuerzas nacionales (sumados, el FdT y JxC superaron el 75% de las preferencias positivas) desde 1997, consolidando la escena electoral cristazalida en 2019, cuando se “estrenó” la competencia entre estas dos grandes coaliciones. Desde entonces ocupan el centro de la escena nacional y no hay señales de desintegración en ninguna de las dos, más allá de cambios internos o de éxitos y fracasos circunstanciales.
2- Nos parece que los análisis sobre crecimiento de la abstención electoral en procesos electorales “envueltos de pandemia” aún requieren de prudencia y tiempo.
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