Al llegar la noche, en la corte Orfeo comenzó a preocuparse por la tardanza de su amada esposa, alertó a la servidumbre y todos partieron en su búsqueda. Ya estaba oscuro, se distribuyeron por senderos diferentes e iniciaron el rastreo en diversas direcciones.
—¡Eurídice, amada mía! ¿Dónde estás? —la llamaba Orfeo angustiado. Desde el fondo del bosque las montañas le devolvían un eco de su propia voz: “¡Eurídice, amada mía! ¿Dónde estás?
Casi al amanecer la encontraron y llevaron su cuerpo inerte a la casa. El alma de la ninfa descendió al Inframundo, la sede de los muertos.
Orfeo se desesperó y partió consternado con su lira rumbo al río donde había conocido a Eurídice. Allí tocaba canciones tan tristes que todo el bosque y sus habitantes lloraban con él.
—Orfeo, debes viajar al Inframundo y buscarla. —Los dioses te guiarán en tu camino—le recomendaron las ninfas y Orfeo, aunque desconsolado, aceptó el consejo y decidió bajar al Hades, morada de los muertos, el mundo de las profundidades. Superaría las dificultades que se presentaran con tal de traer a Eurídice de vuelta a casa.
Cuando llegó al río Estigia se encontró con Caronte, el responsable de cruzar a los muertos en su barca del otro lado, es decir, al Infierno. Al verlo, el barquero de la muerte lo interrogó:
—¿Qué haces aquí, insensato? Este no es lugar para ti, ningún ser vivo puede subir a mi barca.
Entonces Orfeo, muy cauto, pensó que la única forma de obtener su benevolencia sería tañer una bella melodía con su lira, y así lo hizo. Se sentó sobre la hierba y de su instrumento comenzaron a brotar notas tan armoniosas que sedaron a Caronte a tal punto que, conmovido, aceptó llevarlo.
—Vendrás conmigo—le dijo—pero del otro lado está Cerberos, el perro de tres cabezas que custodia la entrada a los Infiernos y no te dejará pasar.
Navegaron por algunos minutos que para Orfeo parecieron horas, tan ansioso estaba por reencontrarse con su amada, por obtener su objetivo, por recuperarla.
Cuando arribaron, ahí estaba el fatal Cerberos. Orfeo, sereno, comenzó a tocar una dulce melodía y el perro, que estaba siempre alerta, se acostó a un costado de la cueva y a los pocos segundos por efecto de la música se durmió.
Descendió entonces el joven Orfeo de la barca, dio algunos pasos hacia el interior y allí se enfrentó con Perséfone, la reina del Hades, residencia de los muertos. Se arrodilló a sus pies e implorante le habló:
—Perséfone, he sorteado los más grandes peligros para llegar hasta aquí. Busco a mi amada, Eurídice. Te ofrezco los sacrificios y dones que me pidas, todo con tal de que me permitas recuperarla.
—Admiro tu valentía, reconozco el amor que le tienes. Te concederé lo que me pides, no quiero dones ni sacrificios, pero te impondré una condición.
—Dime, reina, accederé a lo que me pidas.
—Irás hasta el lugar donde ahora se encuentra, la reconocerás y le pedirás que te siga por el camino de regreso. Debes concentrarte solo en hallar la salida. No debes girarte, no debes mirarla, si lo haces, la perderás para siempre.
Orfeo aceptó la propuesta, bajó al lugar de los bienaventurados, halló a Eurídice, se abrazaron y le explicó detalladamente la condición impuesta por Perséfone. Ella comprendió e iniciaron el lento peregrinar.
Orfeo iba adelante, por los oscuros senderos, elegía el rumbo cada vez que hallaba una bifurcación y proseguía. En varias ocasiones tuvo deseos de girar su cabeza, mirar si realmente venía Eurídice tras él, pero siempre se controló.
Logró llegar al exterior, se sintió feliz e impulsivamente giró sobre sí para abrazar a Eurídice. Ella estaba demorada, todavía le faltaba un paso para salir a la luz. Entonces fue que su amada Eurídice se desvaneció para siempre ante sus ojos desesperados. No habría una segunda oportunidad. Orfeo la perdió para siempre.
Regresó a su morada, pero la mitad de su ser ya no estaba, su corazón jamás halló consuelo, quedó triste y eternamente desolado. Su andar y su música evidenciaban una angustia infinita, irrecuperable. Parecía que solo esperaba la muerte para poder reencontrarse con Eurídice.
Las bacanales lo persiguieron y trataron de seducirlo. Las mujeres tracias también quisieron conquistarlo, pero ninguna logró su objetivo.
Después de mucho tiempo, desmejorado, depresivo, murió de un modo extraño. Cuenta la leyenda que, finalmente, en el Hades se reencontró con Eurídice. Allí, en el Infierno, morada de los muertos, recuperó la alegría y deambula junto a su amada regalándole su canto cada vez más enamorado.
¡Qué amor grande el de Orfeo! El amor más allá de la muerte. Como ven, Cupido siempre anda rondando, aunque no lo veamos. ¿Seguimos?
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