Él le explicó los detalles de la misión que tenía y por qué debía mantenerse invisible ante sus ojos. Psique aceptó la condición impuesta con tal de no perderlo y así vivieron por mucho tiempo, unidos de noche y separados de día. Cupido dormía junto a ella en la oscuridad y no le permitía que encendiera ninguna lámpara. Por las mañanas, partía antes del amanecer, receloso de ser visto.
Ella era feliz, se sentía segura, aunque no lo viese, estaba muy enamorada y consideraba que Cupido era el esposo anhelado. Pero sus padres la extrañaban, reclamaban su presencia, y un día la armonía de los enamorados se terminó.
—He tomado una decisión—dijo su padre el rey a su esposa.
—¿Qué has pensado? ¿Podremos verla? —le preguntó la reina.
—Nuestras otras hijas saldrán en busca de su hermana Psique y nos traerán noticias— afirmó e inmediatamente dio instrucciones a las hermanas para que partieran.
Cuando Cupido se enteró del arribo de las jóvenes a su morada, pensó en prohibirle a su esposa que las recibiera, pero, luego, enternecido por la ilusión que ella tenía, accedió y le impuso una condición:
—Mi amor, temo tanto por esta felicidad que hasta ahora nada ha enturbiado… Sin embargo, te veo triste y no puedo prohibirte que veas a tus hermanas —dijo a la par que le acariciaba sus hermosos cabellos y se mantenía invisible a sus ojos.
—No te preocupes, amor mío, será solo un encuentro de pocos minutos, una breve visita. Me verán feliz y llevarán tranquilidad a mis padres —lo tranquilizó.
—Debes prometerme algo, Psique, no debes seguir los consejos ni ideas que pretendan infundir tus hermanas.
—Quédate tranquilo, todo saldrá bien – le afirmó ella con ternura.
La visita de las hermanas fue breve, alegre, tranquila. Todas estaban muy emocionadas y felices de verse y contarse vivencias.
Psique les habló de su dicha y les dio ricos presentes para sus padres.
El problema se vislumbró durante la segunda visita, cuando las hermanas quisieron saber más sobre su amado:
—¿Cómo es? Danos detalles de su aspecto, de sus ojos, de esa belleza que tanto se comenta —insistieron.
—En realidad, nunca lo he visto —terminó por confesarles—no me lo permite, dice que si lo viera los dioses se enfurecerían y nuestra unión terminaría —explicó algo triste y temerosa de lo que estaba confesando.
Las hermanas, un tanto preocupadas por la situación y sobre todo envidiosas del suntuoso palacio en que Psique vivía, antes de partir la aturdieron con mentiras:
—Oye, hermana, el Oráculo de Apolo nos ha dicho que tu esposo es un monstruo —dijo una de ellas.
—Además, dicen que, convertido en una serpiente venenosa acabará con tu vida de una manera horrible—agregó la otra hermana. Partieron dejándola afligida.
Psique aceptó el consejo de sus hermanas y la noche siguiente, mientras su esposo dormía, decidió usar su espada para darle muerte; cuando encendió la lámpara no vio un monstruo sino una figura hermosa. Se arrepintió, pero ya era tarde.
Se desesperó e intentó usar la espada contra ella misma. La espada se le cayó y entonces se dirigió al arco con flechas. Se lastimó un dedo con la punta de una de ellas, gimió, y Cupido despertó.
—¿Qué haces? —le preguntó él sorprendido, completamente iluminado, visible, angustiado por lo que sucedería y dolido por su traición.
—Perdón, amado, perdón —lloraba suplicante Psique —creí en mis hermanas, por favor, perdóname— rogó desesperada y se aferró a su pie. Pero Cupido emprendió vuelo y la elevó con él. Enloquecido, quería arrojarla desde lo alto y perderla para siempre.
—¡Cupido, amado, detente! —suplicaba llorosa, pero él no la escuchó, estaba herido y desilusionado, después de un tiempo la dejó caer y continuó su vuelo.
Psique vagó por bosques y montañas, trató de ahogarse en un río; sin embargo, las aguas la arrojaban hacia la orilla una y otra vez. Volvió a la casa de sus padres y se vengó de sus hermanas. Pensó que con esta acción Cupido la perdonaría. No fue así. Se dirigió a la casa de Venus y le suplicó:
—Venus, por favor, pide a tu hijo que regrese, que perdone mi comportamiento—. Las lágrimas la cubrían y se arrodilló a los pies de la diosa.
—Lo enamoraste, por ti traicionó la misión que yo le había encomendado, me engañó, te ocultó para amarte y tú lo desilusionaste, miserable —le gritó Venus mientras la maltrataba, le tiraba los cabellos, le rompía la ropa, la golpeaba. De nada sirvieron las lágrimas, las súplicas, el arrepentimiento, la diosa la escondió en su morada y durante mucho tiempo la sometió a las más duras tareas, sacrificios y sufrimientos.
Un día Cupido arribó a la morada de su madre, la diosa Venus y le habló:
—Madre, mi amor por Psique no ha disminuido, llevo mucho tiempo errando, castigándome, tratando de borrarla de mi ser. No he podido.
—Ya nada puedo hacer por ti, hijo —le respondió orgullosa la diosa y se retiró dejándolo a solas con Psique.
Cupido, que jugaba con sus flechas provocando el amor y el desamor en todos los seres había caído prisionero de sus propias redes. Abrazó a su amada dañada con heridas en el cuerpo, con los cabellos descuidados, irreconocible por los golpes recibidos y le habló dulcemente:
—Psique, no he logrado arrancarte de mí, volvamos a casa, deseo casarme contigo.
—Te amo, Cupido. Haré lo que me pidas, jamás volveré a dudar de tus palabras— expresó con un hilo de voz débil, sumisa, serena y emocionada.
Cupido desplegó sus alas, la llevó otra vez consigo a su morada, la cuidó amorosamente, la alimentó hasta que Psique recuperó fuerza, ánimo y belleza. A pesar de la indignación de Venus, Cupido, o Eros, y Psique continuaron unidos y felices.
¿Les gustó? Como ven, estamos en manos de Cupido cuando de amar se trata.
Les hago una preguntita: ¿conocen la palabra “psicología”?
¡Vean qué curioso! “Psique” significa “mente” y en varias palabras verán el nombre de esta bella mujer que enamoró a Cupido o, también, Eros, como lo llamaban los griegos. ¡Ahhh! A propósito de Eros. ¿Escucharon la palabra “erótico”? Allí, escondido… está el amor. ¿Qué les parece?
¿Les cuento otro mito? ¡Vamos!
¿Sabían que los deportistas, guerreros y poetas recibían como premio una corona de laurel? Es un símbolo de victoria y se usa, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos. Ahora vamos a averiguar por qué.
Eros o Cupido, ese niño con alas, travieso y juguetón andaba siempre arrojando flechas de oro para encender amor y flechas de plomo para generar sentimientos contrarios, de rechazo al amor.
Apolo, dios de las musas, de la música y la poesía siempre se burlaba de Cupido cuando se lo cruzaba por ahí:
—¡Hola, pequeño afeminado! ¿Para qué tienes tantas flechas si no sabes usarlas?
—Un día te arrepentirás de tus burlas, Apolo— le respondía Cupido.
Este diálogo se repetía con frecuencia y Cupido iba acumulando rabia y deseos de venganza.
Con paciencia esperó el momento oportuno. Una tarde, corriendo por el bosque, vio a Apolo y lo sorprendió con sus travesuras. Apolo estaba concentrado en dar muerte a la serpiente Pitón que aterrorizaba a los habitantes de la isla de Delfos, y no se dio cuenta de la presencia del niño alado. Tampoco había visto a una ninfa que, muy cerca de él, recogía flores.
—¿Qué me sucede? —gritó Apolo —un ardor en el pecho me desespera.
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