Antonio de Hoyos y Vinent - A flor de piel

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En el Madrid de los primeros años del siglo XX se mezcla la aristocracia, el artisteo y el folclore en los tablaos y cafés, llenándose de la algarabía de los golfos, la melancolía de los bohemios, la petulante educación de la nobleza venida a menos y el derroche de los burgueses. Un pintoresco popurrí que se presta a habladurías y cotilleos.Son los personajes que protagonizan esta novela fiel reflejo de esa mezcla, destacando el triángulo amoroso formado por la condesa Monreal, Willy, el escultor, y Lucerito Soler. Pero, por encima de todo, la decadencia, la demolición del ser humano por vía de la pérdida de su estatus y su riqueza, destrucción que puede tocar hasta a los más poderosos, transformándoles en caricaturas de lo que una vez fueron, traicionados, vilipendiados y convertidos en foco de risas y bromas de mal gusto.Antonio de Hoyos y Vinent en A flor de piel le hace el amor al lenguaje en cada descripción, adentrándose en el terreno de la sensualidad y el deseo más mundano con elegancia. Desata la crudeza de la traición y el olvido, del poder del dinero y la capacidad del ser humano de ser interesado y cruel, sin importar los años ni la cercanía. Una historia que te enganchará desde la primera página y que saborearás hasta el final, como se degustan los manjares más deliciosos. Prólogo y relato original de Carlos Venegas Además de la obra, revisada y enriquecida con notas a pie de página, se acompaña de un prólogo y un relato original de Carlos Venegas, un relato basado en la relación de dos de los protagonistas de la novela, Lucerito y Willy, un fragmento que profundiza en su adictiva relación y explica algunos porqués de la obra.

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Julito insistió:

—¿Vamos adentro?

Willy vacilaba; el deseo de conocer a aquella mujer que desde el tablado le impresionara luchaba en él con la perspectiva de una cuestión con Lina, pues que ésta ignorase la aventura siendo Julito de la partida era punto menos que imposible, pues pedir secreto al chismoso era pedir peras al olmo; hizo al fin un gesto de desdén.

—Es una lata: yo no entro.

El elegante, seguro de pinchar en firme, murmuró:

—Si es por Lina…

—¿Por Lina?… Vamos allá.

E irritado, penetró en el portal.

¡Era mucho cuento! Se habían llegado a creer que él era un monote 13de aquella dichosa Lina. ¡Estaba divertida! Ya no podía más. Hasta la punta de los pelos. Llamó.

—¿Venís?

El héroe se despidió del marqués; él entraba. Curiosidad, mera curiosidad… y con Julito fueron a reunirse a Willy.

Un golfo empujó a otro con el codo:

—¡Ninchi, cómo la va a correr el abuelo!

Y una mujer no muy vieja, pero sí muy envejecida, que arrebujada en raidísimo mantón, tocada la cabeza de mugriento pañuelo de percal que dejaba escapar lacios mechones de su pelo rubio, cenizoso, y llevando de una mano mocoso rapaz, imploraba un bien de caridad, comenzó a plañir:

—¡Bribonas! ¡bribonazas! ¡Puás! Allá adentro dándole regalo al cuerpo, y ella, una madre de familia… ¡Lástima de jarabe de fresno donde yo me sé!…

Los golfos rieron burlones.

—Vamos, señá Nicasia, entre a ver si la convidan.

—¡Granujas, más que granujas!, ¡hijos de mala madre!, ¡golfos!, ¡si os cojo!

Y amenazadora corrió tras ellos calle arriba, arrastrando en pos de sí al crío, que lloraba apretándose rabiosamente los ojos con el puño libre.

Una vieja menudita, cubierta de pies a cabeza por un manto color ala de mosca, la detuvo.

—Déjeles, señora, déjeles, que no es a bien que una persona decente alterne. —¡Válame 14Dios, señora, válame Dios, que una se vea así!

Y volviéndose hacia el teatro fulminó con el brazo en alto, tremolando el cerrado puño con ademán apocalíptico, agoreras palabras preñadas de anatemas:

—¡Comidas de sarna sus veáis, grandísimas tales! y vosotros así lloréis más lagrimas que aguas tiene la mar.

Y lentas se alejaron, renqueando la vieja, maldiciendo la joven, seguidas del niño, que berreaba sin tregua.

Un can famélico les aulló al pasar.

—Esa mujer es un peligro para ti, créeme.

—Y Julito, apoyado en el brazo de su amigo, le hablaba casi al oído, mientras el general se atusaba los mostachos, soñando tal vez con guardar prisionera entre sus guías alguna prójima.

—No es capaz de querer —siguió el elegante—, y tiene algo en sí que atrae, que fascina. Creo que no ha querido nunca, y para una vez que dicen que quiso le costó la vida al interesado. Además, ha rodado mucho. Si fueses sólo un snob , pase; pero tú eres un detraqué15 , y es peligroso. Ten cuidado: es un instrumento de placer que puede matar: éter, atchis o morfina.

Willy sonrió entre serio y burlón.

—¿Lorrain?

—No te rías. A la española: luz en los ojos, miel en los labios, fuego en las venas; basta.

Habían llegado a la puerta del cafetín, bautizado con el pomposo nombre de Foyer 16 de artistas ; Willy, por toda respuesta, empujó la vidriera. Densa humareda llenaba el local, ni amplio ni alto de techo. Emanaciones de tabaco, de bebidas, de perfumes baratos y de cuerpos sudorosos hacían la atmósfera irrespirable. Decoraban las paredes pésimas pinturas representando diversos pasos de bailes inverosímiles y algunos cuadros dorados conteniendo postales con el retrato de artistas célebres en los tablados de los cafés conciertos; divanes de terciopelo verde bastante sucios rodeaban el salón. En un ángulo, un caballero viejo, reclinada la cabeza en el respaldo del sofá, fumaba, entornados los ojos, sin prestar sino vaga atención a una mujer pequeñita y morena que, conservando aún el traje de escena, bajo el abrigo color de ratón, le hablaba, apoyados los codos en el mármol de la mesa y el rostro en las palmas de las manos, interrumpiéndose de vez en cuando para toser con tos seca y desgarrada. Más allá unos cuantos jóvenes de bohemio atavío discutían de pintura bebiendo cerveza. Bulliciosos, se agrupaban en torno a dos veladores cuatro o cinco cadetes y otros tantos mozos imberbes que reían y gritaban en compañía de algunas prójimas cosmopolitas —Margaritas de Tolón, Lucrecias napolitanas—, y, por fin, casi junto a la puerta del escenario, Lucerito Soler, una dama de venerable aspecto que vestía negro traje y peinaba en cocas los argentados cabellos, la Gioconda y el Niño de las Verónicas departían amigablemente.

Cruzó Julito la sala con amanerados andares, sin hacer caso de algunas risas que el exagerado entallado de su gabán levantó en el grupo de los bullangueros, y seguido de sus amigos llegose a la peña, saludó con un «¡hola, barbianas!», y procedió a las presentaciones, pomposamente, con ademanes afectados de corrección exquisita.

—Lucerito Soler, reina sin trono; su imperio es uno de esos imperios del Sol, fabulosos y magníficos; un imperio de ensueño.

—Pero, ¡qué cosas tienes, guasón!

Y rieron locas. Julito prosiguió, señalando a la vieja:

—Doña Trotaconventos, noble dueña. Fue compañera del buscón Pablillos en sus andanzas cortesanas; fabricadora de untos para reedificar doncellas.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué cosas tiene este don Julio de mis pecados!

Y la interesada —¡y tan interesada!— mostró en sonrisa servil la dentadura, que negra mella mancillaba con algo de innoble, inspirador de aversión.

.Julito siguió, cogiendo por la barbilla a la otra pájara:

—Mi Gioconda. Fíjate en el enigma de esos ojos Tout chargés de mystère17 .

El introductor gustaba de epatar con raros nombres, citas extrañas y peregrinas sentencias que fluían brillantes de sus labios como chispas de una rueda pirotécnica en un festival de fuegos de artificio. Sin embargo, en esta ocasión decía bien. La criatura que ofrecía a Willy bajo el peregrino nombre de la Gioconda era una mujer fina, con el pelo partido en crenchas iguales aureolando el rostro donde los finos labios de carmín, y los ojos grises punteados de verde, parecían callar un enigma.

—Pero —prosiguió Julito—, aquí donde la ves, el encanto exige que permanezca muda, inmóvil; porque si habla, si ríe, queda roto, y mi Gioconda se convierte en hermosa verdulera de deliciosa de ordinariez —y acariciándole la barbilla amicalmente—: ¿Verdad que has nacido para pintura o estatua, mi chula?

—¡Pa poste!

—No; para estatua. Para dormir en las salas de un museo.

—¡Quita de ahí, esaborío!

Y, al reír, el enigma quedaba roto: los ojos brillaban alegres y los labios se abrían mostrando el triunfo de una dentadura plebeya.

Llegó su turno al torero, tipo aflamencado, de fino perfil, vivos ojos y chulesco atavío. El elegante, apoyando familiarmente la mano en su hombro, hizo las presentaciones:

—Mi amigo Esteban, el Niño de las Verónicas, émulo de Costillares; Willy Martínez, escultor —y con fina ironía—: los dos artistas.

Sintió nerviosa repugnancia de ofrecer su mano al torero; pero ante la que éste le ofrecía abierta, no quedole otro remedio que estrecharla fuertemente bajo la mirada burlona de su amigo.

—Tanto gusto.

—Servidor.

Se sentaron todos. Willy junto a la gitana, en sitio que amable le hiciera doña Trotaconventos, recogiendo los nobles pliegues de su falda brochada, los otros a la buena de Dios. Charlaron. El general se comía con los ojos a una jamona que, dejando admirar bajo el traje de mora que lucía morbideces apetitosas, acababa de entrar; la zurcidora de gustos asentía bondadosa a todo; el Niño de las Verónicas, con reserva espartana, contentábase con monosilabear de vez en cuando; Willy contemplaba codicioso el nevado cuello de la Soler, y la Gioconda hacía con Julito el gasto de la conversación. Habíase encarado Calabrés con el torero:

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