—¡Pepeee… Pepeee… !
Se vio a lo lejos oscilar la luz de un farol de un vigilante nocturno, y luego caminar en dirección adonde ellos estaban. El sereno se acercaba, una sonrisa de camaradería en los labios:
—Empieza el fresco, ¿eh?…
Y luego con grosera malicia:
—Con qué gusto se toma la cama, ¿eh?
Willy se sintió humillado, y sorda irritación crispó sus nervios. La celestina, en su elemento, rio amable; Rosarito no hizo caso.
Ascendieron lentos por la escalera lóbrega, sucia, estrecha, que chirriaba bajo sus pies como si fuera a hundirse, alumbrados por la vieja, que sostenía en su mano una cerilla, a cuya luz tomaban las cosas aspecto siniestro. En el piso segundo se detuvieron, y doña Trotaconventos tiró del cordón de la campanilla, que repiqueteó procaz haciéndole estremecer. Tras breve espera, una fámula desgreñada, soñolienta, estremecida de frío, les abrió la puerta. En la antesala, pendientes de una soga, unas medias de color de carne se balanceaban insultantes, impúdicas, semejantes a dos piernas de prostituta tras un postrer espasmo. La zurcidora de voluntades se encaró con la criada:
—Acuéstese, Cirila; yo alumbraré al señor.
La bestia de carga se alejó sumisa, cubriéndose los pechos flácidos con la roja toquilla.
Penetraron en el santuario. Willy paseó por él los ojos. Papel gris florido de amarillo cubría las paredes, que decoraba un espejo con dorado marco; los muebles eran negros, tapizados de reps 18encarnado, y entre ellos se destacaba el tocador colgado de gasa roja, pieza de mancebía, que irritó su nerviosidad. La cama —único mueble decente— era de nogal, muy baja e inmensa, pero fría, sin atrayente coquetería ni voluptuoso secreto.
Estaban solos, frente a frente, y el gran misterio de amor, ese misterio de que depende a veces el porvenir, dicha o desdicha, de una vida entera, se aproximaba. Desposeído del gabán, habíase sentado el escultor en el sofá, y después de dejar vagar un rato su mirada por el cuarto habíala detenido en la sombra de la gitana, que oscilaba en la pared. Era una silueta elegantísima, sutil, llena de armoniosa gracia, que, al reflejarse en el muro, tenía un no sé qué de inmaterial, de aéreo, como sensual ensueño de un voluptuoso. Las vestiduras fueron cayendo una a una, lentamente, y cada uno de sus movimientos, el más insignificante de sus gestos, tenía una gracia definitiva. Pero al perder el ropaje la figura perdió su elegancia, aquella serenidad en el reposo y en la acción, que tenía algo de quimérico, y la silueta graciosamente desvergonzada de mujer, con pantalón y corsé, evocaba las ilustraciones de una novela de Paul de Kock para uso de estudiantes y viejos libidinosos. Willy cerró los ojos, temiendo que el ensueño que renacía volviese a morir en germen. Cuando los abrió nuevamente, la figura de pornografía estudiantil habíase evaporado, y vio erguirse en su lugar, espléndida y turbadora en su perversa belleza, retratada en el muro como en diabólica linterna mágica, la satánica arrogancia de Astarté, el demonio de la lujuria, la trágica hermosura de Medusa. Una silueta de mujer desnuda, de perversidad baudelairesca, se dibujaba sobre el sucio fondo. Rizos crespos como enroscadas sierpes nimbaban la cabeza, que se ladeaba sobre el airoso cuello. Las colinas suaves de sus pechos se erguían provocadoras; armoniosa, la suave curva del vientre impúber. Las piernas eran nerviosas, de rara elegancia. Y aquella figura se movía con algo de serpiente sabia, que inquietaba. Nuevamente cerró los ojos. Una fragancia intensa le envolvía ahora: aroma de nardo indiano que mata, de ovonia que enloquece, olor de mujer joven y hermosa, olor de vida, mezcla crispadora de olores, fragancia de naturaleza y de perfumes. Y sintió una respiración jadeante que le quemaba la piel, y sus manos temblorosas corrieron las curvas llenas de armonía del desnudo cuerpo, que se le ofrecía, con sencillo impudor, seguro de su belleza victoriosa, y unos labios frescos como cerezas, ardientes como brasas, mordieron sus labios, y unos brazos le aprisionaron en un abrazo de infinita pasión…
Encendió un cigarro y se subió el cuello del gabán. Escuchose el ruido de la llave al rechinar en la cerradura; después el arrastrar de pies de la celestina, que se alejaba, y después nada; un silencio de muerte posesionose de la calle. Clareaba. En la luz verdosa del amanecer, esfumábanse las casas en una vaguedad de ensueño. La muerte, victoriosa, parecía haber cruzado la ciudad, sumiéndola en una inexistencia sideral. Arriba, en el cielo, de un verde acuoso, se apagaba el globo esmerilado de la luna; abajo, en la calle, ni una puerta abierta, ni alma humana que transitara. Willy, parado en el umbral, sentía la tristeza infinita de las cosas y el presagio de los grandes dolores. Algo fatal que dormía en el fondo de su alma, como duerme la planta venenosa en el fondo de un estanque, acababa de despertar.
Un carro pasó redoblante por el otro extremo de la calle, alegrándola con el tintineo de sus campanillas; un viejo somnolaba en lo alto, y un rapaz pelirrojo llevaba la mula de la brida, entonando una tonadilla:
Por la vida adelante
voy caminando;
penas y alegrías
me van llegando.
La tristeza sin límites de lo irremediable conturbó su espíritu.
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