Antonio de Hoyos y Vinent - A flor de piel

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En el Madrid de los primeros años del siglo XX se mezcla la aristocracia, el artisteo y el folclore en los tablaos y cafés, llenándose de la algarabía de los golfos, la melancolía de los bohemios, la petulante educación de la nobleza venida a menos y el derroche de los burgueses. Un pintoresco popurrí que se presta a habladurías y cotilleos.Son los personajes que protagonizan esta novela fiel reflejo de esa mezcla, destacando el triángulo amoroso formado por la condesa Monreal, Willy, el escultor, y Lucerito Soler. Pero, por encima de todo, la decadencia, la demolición del ser humano por vía de la pérdida de su estatus y su riqueza, destrucción que puede tocar hasta a los más poderosos, transformándoles en caricaturas de lo que una vez fueron, traicionados, vilipendiados y convertidos en foco de risas y bromas de mal gusto.Antonio de Hoyos y Vinent en A flor de piel le hace el amor al lenguaje en cada descripción, adentrándose en el terreno de la sensualidad y el deseo más mundano con elegancia. Desata la crudeza de la traición y el olvido, del poder del dinero y la capacidad del ser humano de ser interesado y cruel, sin importar los años ni la cercanía. Una historia que te enganchará desde la primera página y que saborearás hasta el final, como se degustan los manjares más deliciosos. Prólogo y relato original de Carlos Venegas Además de la obra, revisada y enriquecida con notas a pie de página, se acompaña de un prólogo y un relato original de Carlos Venegas, un relato basado en la relación de dos de los protagonistas de la novela, Lucerito y Willy, un fragmento que profundiza en su adictiva relación y explica algunos porqués de la obra.

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El telón acababa de alzarse nuevamente, y en el centro del reducido escenario, alumbrado por algunas luces rojas y verdes, reapareció Lucerito Soler. Falda sedeña de color musgo, mediana cola y anchos volantes, descendía de su cintura grácil; un mantón verde también, donde florecían enormes rosas amarillas, de calentura, ceñía, el cuerpo andrógino, casi impúber, dibujando las suaves curvas de los senos y las más opulentas de las caderas. No podía decirse si era bella; era inquietante, perversa; turbadora en la alegría de su gracia gitana; reveladora en la divina languidez de su melancolía moruna. Tenía terso el pecho de niña o de adolescente, marcándose apenas el nevado montículo de las sagradas colinas; el cuello no muy largo, fino, lechoso, filigranado de venas azules, se erguía sosteniendo ladeada la bella cabeza. La frente clásica, tal ateniense estatua de Minerva; el pelo negro, de un negro azulado como las alas del cuervo, encrespado, formaba cortos rizos en torno a la cabeza. Sus ojos eran bellos y eran trágicos; ojos de misterio, ojos de lujuria, ojos de dolor. No eran negros como la noche, ni celestes como el ensueño; eran sombríos y brillantes. Guardados en el cofrecillo de alabastro de sus párpados que las pestañas de seda cerraban, cobijadas por el arco armonioso de la ceja, tenían fulgores de negra luz. Hacían pensar a veces en las carceleras, en las soleares, en los cantares serranos donde se llora a la madre muerta y al amor que pasa, donde se canta el azulado flamear de las navajas y las rejas carcelarias, a las calladas ternuras y a los amores trágicos en que la sangre corre mezclada con los vinos de oro, y otras evocaban los fieros ojos de las heroínas bíblicas, los fieros ojos de Judith, matadora. Y desgarrando la palidez marmórea del rostro, se abría, tal sangrienta herida, la boca, de finos labios bermejos.

La orquesta preludiaba las notas de la Farruca y había en el aire como una evocación de guzlas morunas tañendo en Alhambras filigranadas como encajes, añorar de canciones entonadas por el agua al caer en los tazones de mármol del patio de los Leones, nostalgias del cielo de Damasco y de los cármenes de Granada. Tenía aquella música voluptuosidades y misterios: primero notas temblorosas, como despertar de sensualidades; después más intensas, sostenidas en trémolos interminables, como palpitaciones de contenida pasión; luego violentas, brutales, agudas, vibradoras, tempestades de lujuria demoníaca, para concluir en una nota temblorosa, interminable, cansada, gemidora.

Lucerito, de pie en el centro del escenario, ligeramente ondulado el cuerpo, un brazo en alto, a la par del pecho el otro, danzaba lentamente, moviendo el cuerpo con ritmo ofidiano, entornados los ojos y entreabiertos los labios por leve jadear. Danzaba despacio, con espasmos interminables de cansada lujuria; después más deprisa, sacudida por un vendaval de pasión, retorciéndose, descoyuntándose, flageladora la cabellera de enroscadas sierpes, en blanco los ojos y crispada la boca en un gesto casi doloroso; y, de pronto, como poseída de un vértigo de locura, saltaba prodigiosamente, iba y venía en giros rapidísimos, caía y tornaba a levantarse, desbaratándose, en el claroscuro rembrantesco de la luz roja y verde, las líneas divinas de su cuerpo, para volver presto a unirse con apariencias monstruosas de goyesco capricho. Y al fin, en un desesperado chirriar de los violines, caía de rodillas para seguir retorciéndose, presa de diabólico maleficio, hasta quedar inerte en supremo desfallecer.

La silueta del que en el fondo del palco yacía aburrido, fumando cigarrillo sobre cigarrillo, se había ido incorporando. Ahora Willy Martínez miraba interesado, y en su enfermiza imaginación desnudaba a aquella mujer. El escultor dejaba paso al hombre, y éste se recreaba, en imaginar la leve gracia del cuerpo casi infantil. Sin querer había mirado dos o tres veces a Lina, y comparaba aquella pubertad semejante a espléndido amanecer de los trópicos con la cansada belleza de otoñal crepúsculo veneciano de la Monreal. E hizo un parangón entre los ojos que tenían el fulgor de los brillantes negros con las pálidas esmeraldas que tantas veces viera veladas de lágrimas, y la sangrienta herida de la boca con las pálidas rosas que florecían en los marchitos labios de su amiga. Y pensó en las pasiones fuertes que consumen con su llama todas las demás pasiones, como el incendio de un bosque anula fundiendo en sí pastoriles hogueras, y en aquellas otras pobres pasiones que tenían la vergonzosa tristeza de un Calvario. Y, Willy, egoísta como todos los que se sienten muy amados, pensó en la molestia de ayudar a soportar la cruz a quien por él la llevaba, y ansió vivir y ser dichoso, pensando con brutal egoísmo: «Antes estoy yo que ella».

Los ojos tristes se posaban en él interrogantes con inquieta sorpresa. Al fin, Lina, no pudiendo contenerse más, fue hacia donde él estaba. Apoyó la rodilla en el diván y la mano en su hombro.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Te aburres?

—¡Pch!

Callaron. Ella cubría la vista del escenario y le miraba ansiosa. Él se inclinó para seguir contemplando a la gitana que en el tablado ritmaba sensualidades.

—Willy…

—¿Qué quieres?

La voz del galán tenía dejos de impaciencia. La pobre mujer, con esa clarividencia de los que aman mucho, notolo, y sus ojos tornáronse más tristes.

—Siento que hayamos venido —dijo—. Si hubiese sabido que ibas a aburrirte… Pero, por obsequiar a Edda.

—Ahora no me aburro. Déjame ver.

Con la garganta seca preguntó la dama:

—¿Te gusta la Soler?

Y aunque quería aparentar alegre ironía, la voz sonaba, con extraño timbre metálico.

Hizo él un gesto de impaciencia.

—¡Qué me va a gustar!… Baila bien… Déjame ver.

—¡Hijo, que aproveche! —la voz de la dama era desgarrada, llena de despecho; pero no se movió.

Él calló, deseando acabar la cuestión, y siguió mirando.

Lina rompió el silencio:

—¿Ves? ¿Lo ves como no se puede ir contigo a ninguna parte?

Willy clamó, impaciente:

—Contigo es con quien no se puede ir ni a la esquina, ¿oyes?, ¡ni a la esquina! Lo único que nos faltaba, un escandalito delante de ese demonio de extranjera. ¡Si acabaremos por no poder estar con nadie! Tendremos que pasar todo el día solos, como los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él.

—¡Ojalá! —y aquella palabra, que apenas formularon sus labios, cobraba en los de aquella mujer no sé qué grandeza, como ráfaga de un gran misterio de dolor que rompía la corteza de su frívolo vivir.

Cada vez más irritado, prosiguió:

—Pues, ¿para qué me has traído aquí? Será para lucirme como a un faldero, o para estar mirándote toda la noche como a retablo gótico.

—¿Y por qué no?

Y había lágrimas en su voz y en sus ojos.

—Vamos, déjame en paz o me voy.

Un «canalla» desfloró apenas sus labios; luego murmuró, doliente:

—¡Qué felices son las mujeres honradas!

María Montaraz se daba a todos los demonios —ninguno la quería—. ¡Aquella Lina estaba desatinada! Iba a llegar día en que no se podría ir en su compañía. Cuidado, que ella —María— no era estrecha de manga (¡qué había de ser!); pero aquellas escenas eran tan desagradables, de un mal gusto… Y más, delante de gente extraña… ¿Qué pensaría la princesa? —que, dicho sea entre paréntesis, la tal princesa era una cualquier cosa—. Y se volvió a ella para explicar la conducta un poco extraña de su amiga; pero, ¿cómo? Si le decía que Lina y Willy vivían englobaos, no le iba a entender. Buscó mentalmente en su diccionario… Si le decía que eran amoureux4 mentía a sabiendas… Un menage5 … ¡Justamente! ¡al pelo! un menage . Y comenzó a explicárselo con todos sus pelos y señales. Ya podía comprender, ponerse en su caso. —¡Se habría puesto tantas veces, que una más…!—

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