—Enric, ¿tú te acuerdas de tu abuela Rosario? Era mi madre y murió justo cuando acababas de cumplir los tres años.
—La verdad es que no mamá. ¿Y qué tiene que ver esto con la foto de las narices? —le respondí yo.
—Bueno hijo mío, es que por la descripción que me haces se parece mucho a tu abuela. ¿Tú crees que si le enseñaras a tu amigo una foto suya la podría reconocer? —me contestó ella.
—Mira mamá —le dije en un tono seco—. ¿Me estás diciendo que tú también crees en esta tontería de la vieja de la foto y que además se trata de mi abuela, que por cierto ni me acuerdo de ella?
Mi madre se limitó a levantarse de la mesa y fue a su dormitorio de donde volvió, pasados unos diez minutos, con una foto que, según me dijo, era la última que le hizo unos cinco años antes de morir (dos o tres antes de que yo viniera a este mundo). Era una foto en blanco y negro y se veía a una señora mayor, de buena presencia y que coincidía mucho con la de tu descripción. El hecho es que la llevo encima y es el motivo de nuestro encuentro. ¿Te importaría darle un vistazo y decirme si se parece o no a la que tú veías en la foto? La verdad es que no entiendo nada ni tengo nada a perder, pero no quisiera que un hecho aparentemente inexplicable llevara a pique nuestra amistad. Te vuelvo a pedir disculpas por mi comportamiento del otro día y, si no te importa, ahora te enseño la foto.
En un primer momento mostré una cierta perplejidad por la irrealidad del tema y de la situación, ya que tampoco soy muy crédulo con cosas que desafían nuestro mundo lógico y racional, pero la verdad es que a raíz de la vivencia de esa foto, en que sólo yo veía nítidamente a una señora mayor detrás de mi amigo, ya no sabía que pensar.
—Si tiene que servir para acabar con malentendidos y con una situación cada vez más surrealista, adelante: ¡Enséñamela y salgamos de dudas de una vez por todas!
Enric no se hizo de rogar y en un abrir y cerrar de ojos tenía la foto de la misteriosa dama en mis manos. En un primer momento no vi nada especial. Era la típica foto de un matrimonio adulto, en blanco y negro, hecha en casa del retratista, típica de finales de los años sesenta o comienzos de los setenta. Los dos estaban de pie y ella le tomaba el brazo derecho a él. Estaban los dos sonrientes (él más que ella) y mirando hacia delante, pero no directamente a la máquina de fotografiar. Él iba mejor vestido, con un traje de americana y pantalón propios de las ocasiones importantes. Ella también llevaba traje de falda y chaqueta, con el pelo recogido, seguramente con un moño y llevaba unos pendientes tipo perla Majorica que destacaban en aquella cara redonda.
Enric estaba en silencio, observando el gesto de mi cara, mientras yo hacía mi “trabajo” analizando esa foto. A medida que pasaban los segundos notaba su creciente inquietud. A medida que me iba fijando más, más “recordaba” la imagen que vi nítidamente en la foto de la discordia. Me concentré en la cara y después de un larguísimo minuto, finalmente, le dije:
—Amigo mío, en un tema tan rocambolesco como éste sé que no se puede estar del todo seguro, sobre todo cuando, aparentemente, sólo yo soy el que ve la imagen de una mujer que los demás no ven, pero estoy casi seguro que se trata de la misma persona. La que sale en esta foto que me enseñas, por eso, es un poco más joven que la que veía en la otra. Lo que me ha hecho decidir que se trata de la misma persona es, en primer lugar, la forma de la cara y el peinado y en segundo lugar, la mirada y la media sonrisa de su expresión que son casi idénticas a las de la otra foto. En cuanto al resto, como el vestido, la verdad es que no lo recuerdo. En definitiva, amigo Enric, estoy cada vez más convencido de que se trata de la misma persona. ¿Tienes suficiente con esto? Te has quedado medio jodido, pero yo también, porque ninguno de los dos creemos más allá de lo que vemos o percibimos por los sentidos o justificamos por la razón. ¿Y ahora qué? ¿Qué sacas de todo esto, si se puede saber?
—Pues algo tendremos que replantearnos. Al menos yo, porque ahora entiendo a mi madre cuando me comunicó lo que había dicho mi abuela poco antes de morir: “Me sabe muy mal morirme antes de tiempo y no poder ver crecer a mi nieto para protegerlo hasta el día que sea un hombre hecho y derecho”.
Agosto del 2003.
1¡Buen viaje!
¿Cómo puede ser que alguien que no me conozca de nada pueda saberlo todo sobre mí? Es más, ¿cómo podía saber aquella mujer qué era lo que más daño me estaba haciendo en mi vida?, ¿cómo, en definitiva, sabía aquella mujer de la tienda de piedras de Mataró, que mi hijo había muerto? y ¿cómo pudo describírmelo a la perfección?
Antes de entrar en detalles, dejadme que os diga quien soy y qué pienso de todo esto. Mi nombre es Amalia, estoy en esta etapa de la vida en que, si no fuera por la desgracia de la muerte súbita de mi hijo Sebastián, Sebas para los amigos, a causa de un accidente absurdo, estaría en mi plenitud personal. Plenitud tanto en el aspecto físico, ya que por el momento no tengo ningún problema de salud; como en el profesional, puesto que hace algo más de un año que he conseguido una plaza de bióloga médica para un equipo de investigación de un importante laboratorio; como en el personal, ya que entre mi marido y yo habíamos conseguido ver como nuestros dos hijos, Marc y Sebas, conseguían sacar adelante sus estudios, BUP y COU respectivamente, con muy buenas notas, pero sobre todo, veíamos que su desarrollo personal iba por buen camino, ya que eran muy responsables a la hora de tomar aquellas decisiones que más les convenían.
Todo eso se fue a pique aquella maldita tarde cuando recibimos la visita de la pareja de “Mossos d’Esquadra” 2, diciéndonos que nuestro hijo Sebas había tenido un accidente y teníamos que ir a Bellvitge inmediatamente. No importa ahora, si cuento o no lo que sucedió, es más, prefiero no hacerlo ya que el resultado final es el mismo: ¡Mi hijo ya no está con nosotros!
Soy una persona muy racional, tal vez viene de mi condición de científica, sólo creo en lo que se puede ver, tocar y medir. Es más, apenas tengo ninguna creencia religiosa, más allá de lo que me contaron en su momento en la escuela, pues mis padres eran unos agnósticos convencidos, por no decir ateos, pero no indiferentes. Mi creencia en un ser superior se limita a la suposición de que “algo de orden más elevado” a nuestra condición humana, es la base o el causante de lo que llamamos las Leyes del Universo, muy lejos de la visión de un ser superior, una especie de “superhombre” a lo que llamamos Dios. Creo también, como científica, que en nosotros existen dos naturalezas: la material, el cuerpo, y la energética, la que alimenta y da vida a este cuerpo mientras estamos vivos, pero que en un momento determinado, lo abandona. La parte material se descompone y la otra se transforma. ¿En qué se transforma? No lo sabemos. Tampoco he creído nunca en lo que se llama el “más allá”, aunque me hubiera gustado hacerlo ya que en el fondo me hubiera servido de gran consuelo, como a la mayoría de los que creen, cuando una desgracia como la que he sufrido te golpea sin piedad. Bueno, esto último, se está resquebrajando a raíz de la visita que hice, hace un par de meses, a aquella tienda que os comentaba al principio.
Una tarde a finales del mes de mayo, recibimos una llamada del director del centro donde estudiaba Sebas, invitándonos a mi marido y a mí, a la ceremonia de graduación de fin de curso, en la que hubiera participado mi hijo con todos los honores, diciéndonos que, a iniciativa de los compañeros de Sebas, tenían previsto hacer una ceremonia especial de despedida en su memoria. En aquel momento no le respondí, pero me comprometí que en un plazo de cuarenta y ocho horas le daríamos una respuesta. De esta forma, Joan Anton (mi marido) y yo, podíamos evaluar la invitación. A favor, teníamos el hecho de comprobar que Sebas era muy querido por sus compañeros y eso siempre hace ilusión a los padres, sobre todo cuando se pone de manifiesto de forma pública. En contra, evidentemente, la sacudida que representaba revivir públicamente su muerte. A pesar de ser una ceremonia simbólica.
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