Aquella fue la primera sorpresa, pues su descripción coincidía plenamente con la realidad, pero como había la posibilidad de que me hubiese reconocido, ya que tanto mi foto como la de mi hijo salieron durante tres o cuatro días en la prensa comarcal, le dije:
—Oiga, no me dice nada nuevo ya que usted lo puede haber reconocido porque salimos en los periódicos cuando se produjo el maldito accidente.
—Sí, efectivamente existe esta posibilidad —me dijo una vez más con aplomo— pero lo que no ha dicho ningún periódico es que su hijo tenía la costumbre, cuando estaba frente a usted, de agarrarse constantemente el pelo con las manos y hacerse una especie de cola, para que el cabello no le tapase la cara.
Eso sí que me desmontó totalmente. Efectivamente, eso sólo lo hacía cuando estaba en casa ya que tanto su padre como yo, le insistíamos, que si quería dejarse el pelo tan largo, al menos lo llevara bien cuidado. Toda mi argumentación en contra se derrumbó. Sólo me atreví a preguntarle:
—¿Y todo esto por qué? ¿Qué es lo que pretende con todo lo que me ha dicho?
—Mire —me respondió—, tengo la suerte o la desgracia, según se mire, de tener este don de la visión especial que me permite ver a seres que ya están desencarnados y normalmente sólo funciona cuando tengo que ayudar a alguien de nuestro mundo. —¿Ayudar, ayudarme a qué? —le pregunté, ahora, en un tono entre dudoso y receloso.
—Ayudar a encontrar su paz, una paz que su hijo ya ha conseguido, pero que quiere, o mejor dicho, necesita que ustedes, tanto su marido como usted, también tengan. Por eso la ha conducido hasta aquí, para que me conociera. Pero no piense en un cuerpo físico, que éste quedó en nuestro mundo, piense en la energía —en su energía— ya que ésta, siempre queda en activo, ni se crea ni se destruye, se transforma. Es la energía de su hijo la que yo puedo ver.
No supe qué decirle ya que estaba totalmente confundida. Por un lado se hundían casi todos mis planteamientos sobre la vida, la muerte y la posibilidad de la existencia de un “más allá”, pero por otro parecía ser que una nueva puerta de luz y de esperanza se abría frente a mí. Una puerta, hay que decir también, llena de misterios e incertidumbres, sobre todo para una persona como yo, que siempre había querido respuestas racionales y lógicas cuando se me planteaba cualquier tipo de problema. Sólo me atreví a decirle un “hasta pronto” al mismo tiempo que mi amiga y yo nos disponíamos a salir de aquella tienda. Mi amiga estaba pálida por todo lo que había escuchado en los diez minutos más trepidantes de nuestra existencia.
—Hasta pronto, señora —me respondió. Seguidamente, añadió—. Sé que nos volveremos a ver, porque usted volverá.
Terminé de hacer la compra del collar de plata, en la tienda que había dicho mi amiga. Después, cuando volví a casa, le conté a mi marido todo lo que me había sucedido en aquella tienda. No me dijo nada porque él es muy respetuoso con todo lo que yo digo y hago. Todavía no he vuelto a esa tienda porque sencillamente no tengo las fuerzas necesarias para enfrentarme a no sé qué, pero tengo la seguridad que, tarde o temprano, tendré que volver.
Junio del 2007.
2Policía autonómica de Cataluña.
Tengo un sobrino, José Ramón, hijo de mi hermano, que está en lo que se llama “la edad del pavo”, es decir, que a veces le daría un buen coscorrón, para ver si así, se le pasa la tontería. La verdad es que a menudo no nos acordamos de cómo éramos nosotros, ya que a su edad, también hacíamos de las nuestras y nos parecía de lo más normal. Tampoco éramos conscientes, o nos importaba un bledo, lo que pudieran pensar de nosotros nuestros padres. En fin, es ley de vida.
Retrocedamos ahora un poco y situémonos en la época de su nacimiento. Después de un embarazo complicado, con dolores, pérdidas y reposo absoluto, este sobrino mío fue el superviviente de un parto con cesárea (poco habitual en aquella época), de gemelos univitelinos, en el que el otro feto, una niña, sólo pudo vivir poco más de un par de horas antes de morir. La falta de un riñón y una lesión en la médula espinal hicieron, prácticamente inviable, su existencia de forma autónoma. Aunque no llegó a ser bautizada, siempre la llamé por el nombre que, seguramente, hubiera llevado: Rosa. José Ramón y Rosa eran los nombres que habían decidido sus padres en honor de nuestra abuela y del padre de mi cuñada.
A resultas de este parto y de unas complicaciones posteriores, mi cuñada ya no tuvo más hijos. La verdad sea dicha y es que nunca saqué nada en claro, ni me importa, la verdad, pero no sé si fue porque quedó imposibilitada (siempre defendió esta versión) o es que ya no le quedaron más ganas de volver a quedarse embarazada, con lo que José Ramón se convirtió en hijo único. Un hijo único un poco especial, por lo que a continuación os explicaré.
Hasta los dos años de edad, su crecimiento y su forma de ser era del todo normal. A partir del tercer año y a medida que iba dominando el lenguaje y a ser cada vez más autónomo en sus juegos, sus padres empezaron a observar un comportamiento un poco extraño, por no decirlo de otra forma.
Cuando se quedaba solo, siempre buscaba juegos en los que fuera necesaria la participación de un segundo jugador. Cuando su padre o su madre le hacían la observación de que para un juego en concreto, por ejemplo las damas, era necesaria la participación de otro jugador y le manifestaban la voluntad de querer jugar con él, su respuesta era siempre la misma:
—Ya estoy jugando con Rosa.
Cabe decir, que nadie le habló nunca de su malograda hermana ni de que nombre hubiera tenido en caso de haber vivido.
Primero no le quisieron dar importancia porque, tal como les habían dicho, tanto el pediatra, al ser consultado por el tema, como posteriormente los monitores de la guardería, el estímulo de la fantasía es muy necesario para los niños, pues les permite que, posteriormente y a medida que van creciendo, van aprendiendo a distinguir la realidad de su imaginario y por tanto, no hacía falta que se preocupasen.
El médico les explicó que el hecho de que la llamara por su nombre, seguramente, sería porque algún día habría escuchado el nombre de su hermana sin que ellos se dieran cuenta ni fueran conscientes de su presencia. Ésto los tranquilizó.
Sin embargo, fueron pasando los meses y los años y en lugar de disminuir, esta “relación” imaginaria iba más en aumento. Ya no eran sólo los juegos en pareja, muchos ratos en los que estaba en su habitación, se los pasaba “charlando” solo, dirigiéndose a un ser imaginario y sólo se escuchaba una parte del diálogo, la de José Ramón que seguía una línea lógica de preguntas y respuestas, propias de una criatura de su edad. Por aquella época ya tenía casi siete años.
Hay que decir que sus relaciones con los demás compañeros de escuela eran escasas, pues apenas tenía amigos con los que pasar los ratos de ocio y con los pocos que tenía, sólo se relacionaba cuando se encontraban en el patio, durante los descansos entre clases o a la hora de hacer deporte. El resto del tiempo y a diferencia de los demás niños, apenas veía la tele, se comportaba como un niño solitario y parecía encontrarse la mar de bien. Ante la preocupación de sus padres, cuando se referían a su soledad, él siempre les respondía que “no estaba solo”, ya que casi siempre estaba acompañado de su hermana Rosa.
Como es lógico, la preocupación de los padres aumentó hasta que un buen día decidieron que era la hora de encontrar un amigo para su hijo. Un amigo que viniera a casa a jugar con él y que estuviera dispuesto, incluso, a aguantar algún chasco por parte de José Ramón. Fueron a la escuela a exponer la situación al director y al tutor de su hijo, que tras analizar la situación y conociendo el talante de José Ramón, decidieron que quizás, Javier, el hijo del tutor que tenía tres años menos y que José Ramón no conocía de nada, pero que tenía un gran carácter y una gran capacidad de empatizar con todo el mundo, seguramente, conseguiría congeniar con él y de esta forma, lo sacaría poco a poco de su aislamiento y del mundo particular en que se encontraba instalado.
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