No sabía qué pensar ya que en el fondo veía que aquella mujer me estaba ofreciendo algo a cambio de nada. En ningún momento me pidió dinero alguno ni que acudiese a ninguna “consulta”. Simplemente, cuando me vio, supo que estaba embarazada, a pesar de no tener ningún signo externo que lo indicase, me vaticinó que tendría una niña y así fue. No sé como lo hizo, pero sabía que estaba trabajando en una novela que trataba de brujas e inquisidores, cuando ni tan siquiera mi marido lo sabía. Y por último, me habló de una serie de cosas que yo hasta aquel momento ni creía en ellas y aún menos creía, que pudieran afectar mi estado.
Le di las gracias y le dije que, a pesar de que mi sistema de creencias no tenía ninguna relación con lo que ella me había contado, lo tendría en cuenta por si realmente, como decía ella, al acercarse el inicio del verano, empezara a tener pesadillas.
Me separé de ella y seguí mi camino zambulléndome en mis pensamientos y en lo que acababa de vivir en los últimos quince minutos. No habían pasado ni treinta segundos cuando decidí girarme para volver a fijarme en aquella mujer tan especial y saludarla con la mano, pero ya no la vi, había desaparecido. Como estaba cerca del recodo, pensé que había seguido su camino en dirección contraria y que estaba fuera de mi campo de visión. Retrocedí hasta ese recodo, desde donde se podía divisar todo el camino, de casi un kilómetro en línea recta, con la seguridad de verla. La sorpresa que me llevé es que tampoco estaba. Es como si se hubiera evaporado, con lo que se añadió, aún más misterio al encuentro mantenido con ella.
Cuando regresé a casa, no quise contarle nada a Francisco, mi marido, porque con toda seguridad me hubiese ridiculizado. No sabía por qué, pero estaba segura que aquel encuentro había sido importante para mí.
Fueron pasando los días y lentamente me fui olvidando de aquel encuentro y me fui centrando nuevamente en mi novela, al mismo tiempo que observaba como mi cuerpo y mi organismo, en general, iban sufriendo pequeños cambios propios del estado en que me encontraba.
A mitad de junio, el día 15 para ser exactos, el ginecólogo confirmó lo que me había dicho Thelma y pude observar por primera vez el cuerpecito de lo que sería mi hermosa hija. Aquella primera noche tuve un sueño raro, del que no me acordé cuando me desperté por la mañana, pero sí sabía que había sido más bien una pesadilla, ya que mi cuerpo, al despertarme, estaba alterado y muy cansado. No le di más importancia y pensé que quizás la copiosa cena de la noche anterior, en casa de unos primos de mi marido, había sido la causa.
Pasaron cuatro o cinco días más sin que mi sueño tuviese ninguna alteración digna de mención. Si no recuerdo mal, la noche del 20 de junio tuve una pesadilla atroz que me produjo un pánico terrible como el que tienen los niños pequeños. En el sueño estaba sola, estirada en la cama y tenía la seguridad de que debajo había “algo” amenazador, pero que no me atrevía a mirar. En un momento dado, giraba la cabeza para mirar qué era lo que había y una fuerza desconocida me arrastraba hacia abajo y por más que gritaba, nadie venía en mi auxilio. Me desperté sudando y entonces me encontré de nuevo al lado de mi marido, que seguía durmiendo plácidamente. Eran las tres de la madrugada, pero ya no pude volver a conciliar el sueño.
La noche siguiente, volví a tener el mismo sueño, pero justo cuando me ponía a gritar, en el momento en que una fuerza invisible me arrastraba debajo de la cama, vi como una serie de rostros, todos desconocidos para mí, me estaban mirando con malicia y un aire de perversidad, al mismo tiempo que sonreían de una forma maligna. Nuevamente, me desperté totalmente bañada en sudor sin que Francisco, que también seguía durmiendo tranquilamente, tuviese la más mínima noción de lo que yo estaba viviendo. Tampoco pude conciliar el sueño aquella noche y en mis pensamientos recordé lo que me había dicho aquella mujer un mes atrás. Al principio me dije que era una locura y que no podía perder el tiempo en aquellas tonterías y supersticiones, pero a medida que iba recordando todo lo que me había dicho, empecé a dudar y pensé que no me haría ningún daño si lo hacía. Lo máximo que podía pasar era que siguiese teniendo aquellas pesadillas.
El día 22, a primera hora de la mañana, mi marido tenía un vuelo internacional, si no recuerdo mal iba y volvía de Buenos Aires. Entre escalas, vuelos y revisiones no regresaría a casa hasta las cuatro de la madrugada del día 24, por lo que todo el día 22 y gran parte de la noche del 23 estaría sola en mi casa.
Desde el primer momento lo tuve claro. Cuando se fue Francisco y después de haber desayunado, cogí una olla grande y la llené con tres litros de agua, le añadí la cucharada de vinagre y las gotas de aceite de almendras que había ido a comprar a una tienda de productos naturales que está al lado de mi casa. Durante unos quince o veinte minutos estuve removiendo aquel líquido en sentido inverso a las agujas del reloj, tal como me había dicho Thelma. Después, llené tres botellas de vidrio transparente, de un litro de capacidad cada una de ellas, y las puse al sol, en la terraza de mi casa. Era un día espléndido de luz y calor, de un incipiente verano que resultaría más caluroso de lo habitual.
Tal como me había dicho aquella mujer, por la noche las volví a poner fuera, esta vez a la luz de la luna.
La noche del 23 me fui a acostar temprano, aún no eran las 11 de la noche y por los alrededores se oían los estruendos de los petardos y cohetes que tiraban los chicos del barrio. ¡Era la “nit del foc”! Yo en cambio, no estaba para muchas alegrías, ya que entre el embarazo, que no llevaba muy bien, el hecho de estar sola y las pesadillas de las últimas noches, realmente me encontraba muy cansada.
Cuando me puse a dormir, enseguida aparecieron aquellos rostros malvados de mis sueños, pero esta vez casi podía “olerles” el aliento putrefacto. Quería escapar y no podía. Me sentía inmovilizada. “Aquello” amenazador me acechaba debajo de la cama... Quise gritar y no me salía voz de la garganta. Entonces, en el sueño, recordé lo de la protección que me había dicho Thelma e imaginé que estaba en el interior de una esfera reluciente que me protegía de todos los peligros externos y noté que me iba tranquilizando al mismo tiempo que los rostros se alejaban. Poco después, desperté con la sensación que hacía muy poco que me había acostado y sin embargo, eran casi las dos de la madrugada. ¡Habían pasado tres horas!
No sé por qué, pero me sentía bien y con fuerzas y volví a recordar lo que me había dicho Thelma, lo que debía hacer con el agua de las botellas. Fui a buscar la esponja de baño que me había comprado el mismo día que el aceite de almendras y me limpié todo el cuerpo con el agua de la primera botella. Con el resto del agua limpié todos los marcos de las habitaciones y finalmente, el de la puerta de casa. Eran casi las tres y media de la madrugada cuando acabé con mi “limpieza” especial. Poco después, hacia las cuatro, Francisco entraba en casa con cara de cansancio por el vuelo, pero al verme se sorprendió y me dijo: —Cariño, ¿qué haces despierta a estas horas? Has de descansar y cuidarte.
—Te estaba esperando amor y no te preocupes por mí, que ya sé cuidarme sola. ¿Cómo te ha ido el viaje? Haces cara de cansado —añadí sin decirle lo más mínimo de lo que había pasado aquella noche ni las noches anteriores.
Aquella misma mañana del día de San Juan, bajé a la calle a comprar pan y unos bollos para el desayuno. No había caminado ni cincuenta metros cuando de pronto me topé de cara con Thelma, justo cuando giraba la esquina de mi misma manzana. Me quedé sorprendida al verla ya que nunca hubiese imaginado encontrármela en aquel lugar y menos una mañana como aquella. Viendo mi cara, sonrió y me preguntó:
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