Después de evaluar los “pros” y los “contras” decidimos que iríamos, pues de una forma u otra estábamos convencidos de que nuestro hijo estaría presente, al menos en el recuerdo de todos los presentes. Es más, desde un primer momento, quise que su presencia se materializara en un medallón precioso que me había regalado él, hacía justamente un año, en motivo del día de la madre, y que llevaría puesto de forma bien visible. Sólo me hacía falta encontrar una cadena de plata adecuada, pues de este metal estaba hecha la joya. De todas las cadenas que tenía no había ninguna que me acabara de gustar del todo. Quería una de especial para que el medallón luciera como se merecía. Una amiga mía, Mónica, que en todo momento me había acompañado en aquel proceso de dolor y desesperación me dijo que conocía una tienda en Mataró, donde se hacían cadenas de todo tipo y que, con toda seguridad, encontraría lo que estaba buscando.
Quedamos para el lunes de la semana siguiente, a media mañana, cuatro días antes del día de la ceremonia, ya que ese día no tenía que ir al laboratorio. Cabe decir que, si bien vivimos en el Maresme, concretamente en Premià de Mar, siempre escogemos ir a Barcelona, ya sea para ir de compras, quedar con los amigos, ir a un restaurante, ir al cine o al teatro.
Tal vez hacía más de diez años que no había ido a Mataró. Lo encontré todo muy cambiado, tanto el paisaje urbano —había crecido mucho y se habían mejorado algunas vías de comunicación—, como el paisaje humano, se veían muchas personas provenientes de tierras lejanas. La primera impresión que tuve era que se había convertido en una pequeña ciudad, con todos los defectos de una ciudad grande y todos los defectos de un pueblo. Seguramente, si la conociese más, también encontraría todas las virtudes que sin duda tiene.
La tienda a donde me llevaba mi amiga estaba situada en el centro histórico de la villa, muy bien cuidado por cierto, por lo que empecé a cambiar esa primera opinión, no muy favorable, de la antigua Iluro romana. Poco antes de llegar a nuestro destino me fijé en una pequeña tienda que tenía el escaparate lleno de piedras de varios tipos. El conjunto constituía un universo especial y atrayente. Decidí entrar, a pesar de los requerimientos de mi amiga, pues íbamos con el tiempo justo antes de que cerrasen las tiendas al mediodía. Sin embargo, Mónica me siguió y entramos dentro, sin saber muy bien a qué, pues no era mi intención comprar ninguna piedra.
Una vez dentro, enseguida vi que el local no era muy grande, pero tenía un encanto especial. Era un poco alargado, en la parte izquierda estaban expuestos las piedras y los minerales, según variedades y colores. Cada una de ellas tenía un pequeño cartel que indicada sus cualidades y sus utilidades. En la parte derecha, vi una gran cantidad de collares, pulseras y anillos hechos con aquellas piedras ya pulidas, lo que me hizo pensar que quizás también tendrían lo que estaba buscando. Finalmente, en el mostrador central del fondo de la tienda, me fijé que tenían un apartado de artículos orientales, tales como estatuillas hindús y budistas, varillas de incienso, etc. Hasta ese momento, no me di cuenta de que, en un extremo del mostrador, estaba sentada una mujer más o menos de mi edad, que no paraba de mirarme de una forma que me pareció extraña, pero a la que no quise decir nada y me limité a darle un tímido “buenos días”.
De las primeras reticencias de Mónica, debidas a que íbamos justas de tiempo, pasamos a mirar cada una de esas fascinantes piedras y a preguntarnos sobre las que nos favorecían más. En un momento determinado, se inició una pequeña discusión entre nosotras dos. Ella me decía que una determinada piedra era la “mía” y yo insistía en otra totalmente diferente, que cuando la cogí con la mano noté la energía que desprendía, cosa que no me ocurría con la que me decía Mónica. Para salir de esa pequeña discusión sin sentido, me dirigí a la señora de la tienda y le pregunté:
—Perdone, usted que tiene más experiencia, ¿cuál cree que es “mi piedra”?
—Sin duda, la que tiene usted en la mano —me respondió—, ya que la otra es una imitación —añadió al mismo tiempo que se levantaba de la silla.
—Gracias —le respondí—. ¿No tendrá también collares o cadenas de plata? —le pregunté con la convicción de que su respuesta sería negativa.
—No, lo siento, todos los tipos de collares que tenemos están expuestos en ese mostrador —me respondió señalando el mostrador situado a mi derecha.
Cuando ya me disponía a despedirme de aquella mujer y sin darme tiempo a decirle nada, me dijo:
—Perdone por lo que le voy a decir, pero usted lleva un gran dolor y sufrimiento interno.
—¿Cómo dice señora? —le respondí sin apenas recuperarme de la sorpresa inicial después de tan inusual afirmación y en un lugar como aquél.
—Sé que usted está pasando por un trance doloroso que tiene que ver con un hecho dramático que sucedió ahora hará cosa de unos seis o siete meses. ¿Me equivoco? —añadió con un tono totalmente seguro pero deferente y respetuoso.
—Oiga, usted y yo no tenemos el gusto de conocernos, por lo que ya me dirá a santo de qué vienen estas afirmaciones tan gratuitas —le respondí en un tono no muy simpático.
—Este drama se refiere a la muerte de su hijo. Un chico muy guapo que nos dejó en la plenitud de su juventud, lleno de vida y de energía. Perdone si me meto allí donde no me llaman por lo que le voy a decir: “Sepa que no es usted la que ha venido a esta tienda, sino que la han traído”.
—¿Cómo dice? —le pregunté con la voz medio temblando por la ira contenida—. ¿Cómo se atreve a decirme lo que me está diciendo, si no me conoce de nada ni sabe lo que realmente ha pasado ni lo que estoy sintiendo? Y además, ¿qué le importa a usted y quién le ha dado vela en este entierro? —añadí con un tono más elevado y enérgico de voz.
—Una vez más, tengo que pedir que me disculpe, pero sólo tengo que decirle que ha sido precisamente su hijo quién la ha traído hasta mí.
—¿Cómo? —le dije, ahora sí en un tono muy alterado de voz y con ganas de empezar una buena bronca con la persona que me estaba hurgando en lo más hondo de mi herida—. ¿Se puede saber cómo puede decir usted que ha sido él quién me ha llevado hasta este lugar?
Durante unos segundos un silencio que se podía cortar con un cuchillo se instaló entre nosotras dos, al mismo tiempo que no dejábamos de mirarnos a los ojos. Ella mantenía una mirada firme, pero cálida; la mía era desafiante. Pasados estos segundos, que parecieron eternos, aquella mujer añadió con una seguridad y una tranquilidad exasperantes:
—Sencillamente porque está a su lado.
—¿A mi lado? ¿Dónde? ¿Dígame? ¿Dónde está mi hijo según usted? —Insistí, ahora sí un poco descontrolada y mirando por todas partes de la tienda para fortalecer aún más mi planteamiento y dejar en evidencia las tonterías que estaba escuchando.
Durante todo este rato, mi amiga Mónica se había mantenido en un segundo plano, asistiendo a aquella insólita conversación, separada medio metro de mi lado izquierdo, en silencio, pero lista para intervenir por si las cosas se complicaban.
—Está encima de su hombro derecho —me respondió con una calma fuera de lugar—. Es más —añadió—, le haré una breve descripción de su hijo.
Iba a replicarle para decirle que tal vez quería decir “era” en lugar de “es” pero algo dentro de mí me hizo callar.
—Es un muchacho alto, corpulento, con mucha vitalidad y mucha energía. Su cabello es rubio, muy largo y rizado. Sus ojos son de color verde, tiene una mirada limpia y luminosa. Sus labios son carnosos, con los que seguramente, habrá roto más de un corazón. Lleva una camisa de deporte, de manga larga, de cuadros azul cielo y amarillo; en su muñeca derecha lleva una pulsera de cuero, de color marrón oscuro. ¿Sigo con la descripción? —me preguntó.
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