Jaume Salinas - Señales 2.0

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Señales 2.0-Nuevas historias invisibles de la vida cotidiana es la continuación de la primera entrega «Señales – Historias invisibles de la vida cotidiana», aparecida hace unos años. Recoge un total de 33 hechos verídicos, algunos de ellos realmente impactantes, a través de los diversos testimonios de las experiencias vividas, tanto en el primer libro como el actual, y que evidencia que existe «algo» más allá de nuestra realidad física, ambos libros son como una especie de señales que aparecen en nuestro camino y que nos recuerdan aquel dicho de : «Hay otros mundos, pero todos están en éste».

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Tampoco le quisieron buscar una explicación lógica, porque no la había; más bien lo quisieron olvidar rápidamente. No ha sido hasta ahora, cuando Sandra ha leído una historia similar en un libro cuyo título es ‘Señales’, la que hablaba de una viejecita que se apareció a una pareja cuando caminaban deprisa por una solitaria calle de Madrid, cuando ha recordado a la abuela del Turo Park y ha dado crédito a lo que había vivido, hace ya muchos años.

¡Caramba con las viejecitas que aparecen y desaparecen cuando quieren!

Abril del 2006.

Despedida desde el autobús

Hace más de cuatro años que sucedió y parece que sólo hayan pasado diez minutos ¡Está tan vivo el recuerdo que guardo en la memoria!

Me llamo Sonia, tengo 25 años recién cumplidos y estoy estudiando el último curso de “telecos” en la UPC de Barcelona. Soy natural de una capital de comarca, localidad que está bastante lejos del lugar donde estudio, lo que me obliga a compartir piso con cuatro personas más, dos chicos y dos chicas, todos ellos compañeros de universidad, aunque de facultades diferentes.

Teóricamente, los fines de semana y en vacaciones vuelvo a mi casa. Digo teóricamente, porque esta situación de alejamiento temporal de casa de mis padres me está ayudando a emanciparme de ellos. La mayoría de fines de semana “paso” de ir a verles, unas veces porque tengo que trabajar y otras, porque me lo monto con mis colegas y nos vamos de marcha. Las lamentables condiciones en que me encuentro después de estas juergas me hacen estar impresentable ante mis padres que, al ser de otra generación, aunque tolerante y liberal, no acaban de entender la forma que tenemos de divertirnos los jóvenes de hoy en día. No quiero ser una excesiva carga económica, así que trabajo en un restaurante de comida rápida. Hago turnos, cosa que representa que uno de cada cuatro fines de semana tengo que ir a trabajar. Además, la causa de este distanciamiento es que mi abuelo, con el que habíamos vivido siempre juntos y al que estaba muy unida sentimentalmente, murió hace unos tres años y medio; a finales de mayo del 2002.

Mi abuelo tenía la costumbre de salir a pasear por el campo cada día, lloviese o no, a primera hora de la mañana, justo después de amanecer y antes de hacer la primera comida del día.

—Me gusta ver y vivir cómo se despierta el campo —me decía cuando yo le preguntaba de dónde venía con los ojos aún llenos de legañas, tras levantarme de la cama.

—Los que viven en ciudades nunca podrán disfrutar de este regalo que nos da la naturaleza —solía añadir antes de que yo le contestara.

En aquella época yo no podía apreciar el alcance de sus palabras. Ahora ya me estoy acostumbrando a ser una “urbanita” más y entiendo lo que me quería decir.

Recuerdo que cuando todavía era una niña, que no tenía más de siete u ocho años, paseábamos juntos las tardes de verano, cuando las golondrinas vuelan acrobáticamente por los campos y su susurro acompaña la despedida del sol.

—Ahora es la hora que el campo se va a dormir y todos se despiden hasta mañana —me decía muchas veces mientras me levantaba con sus poderosos brazos alimentando mi fantasiosa mente infantil.

Después, una vez volvíamos a casa y hasta la hora de cenar, él me contaba mil y una historias, algunas de ellas reales y otras quizás no tanto, de cuando era joven y trabajaba la tierra de sol a sol, sin los recursos técnicos actuales.

De mayor, en mi pubertad, se convirtió en mi paño de lágrimas. Me consolaba en los primeros fracasos que me daba la vida: los fiascos de amores fallidos, las broncas con mis padres, los desengaños con las amigas,... Sin embargo, nunca se saltó la autoridad de mis padres, aunque no estuviera de acuerdo en la forma que tenían de ejercerla.

La primavera de aquel maldito año fue muy extraña. Días de calor propios de la canícula del verano, eran seguidos por días fríos más propios del mes de febrero. El caso es que a principios de mayo, durante uno de sus acostumbrados paseos, al atravesar un arroyo, por donde pasaba siempre, ya fuera debido a la humedad de las piedras o que sencillamente puso mal el pie, resbaló y además del correspondiente golpe, cayó al agua, quedando totalmente empapado como si se hubiera tirado vestido a una piscina. No tardó mucho en regresar a casa. Explicó a mis padres lo que le había sucedido, como si fuera una anécdota divertida y recibió la consiguiente bronca por parte de mi madre:

—Ya es bastante mayorcito ¿no?... ¡A ver si escarmentamos de una vez! Sáquese inmediatamente la ropa y antes de vestirse de nuevo, pase por la ducha y estése un buen rato bajo el agua caliente. No sea que se nos haya constipado, que con este tiempo y su edad, hemos de tener mucho cuidado.

Mi abuelo, por lo que me explicaron después, se fue en silencio a su habitación con el rabo entre las piernas, igual que un niño pequeño al que le acaban de reñir y lo dejan castigado sin postre.

A pesar de que se quitó la ropa rápidamente y se dio la ducha que le dijo mi madre, no habían pasado ni diez minutos cuando empezaron los estornudos y pasadas un par de horas, apareció la fiebre que fue aumentando hasta llegar a casi cuarenta grados.

Avisaron al médico de la familia de toda la vida, que enseguida se presentó y dio un diagnóstico demoledor: lo que era un sencillo resfriado se había convertido en una neumonía. Todo fue en vano, a pesar de todos los esfuerzos del doctor, que desde el primer momento fue consciente de la gravedad de la situación. Aquella neumonía pasó a ser una insuficiencia cardiorespiratoria que lo mató a las tres semanas justas del accidente, con los pulmones encharcados de agua.

En aquella época yo me encontraba en plena fase de exámenes de fin de curso y mis padres creyeron que lo mejor era no decirme nada de la enfermedad de mi abuelo, para no distraer mi concentración y sobre todo, para ahorrarme el sufrimiento, pues eran conscientes del especial vínculo que me unía a él. Estaban seguros de que lo hubiera plantado todo para estar a su lado. Cabe añadir que, por primera vez, me quedé tres fines de semana seguidos sin subir a casa y sin apenas llamar. Quería aprovechar el tiempo al máximo, para asegurarme que superaría con éxito el primer curso de mi incipiente carrera universitaria. El éxito acompañó al esfuerzo, pero pagué un precio del que fui consciente después, ante el cadáver de mi querido abuelo: ¡No me había podido despedir de él, ni él de mí! ¡Nunca me lo perdonaría ni se lo perdonaría a mis padres!

La misma noche del último examen, un jueves, recibí la llamada de mi madre en la que, además de preguntarme cómo me habían ido los exámenes me comunicaba el estado de mi abuelo.

—Está muy grave —me dijo cuando yo, medio llorando, le pregunté por su estado. La realidad era que en aquellos momentos la rigidez de la muerte había invadido su cuerpo.

No fue hasta el día siguiente, a media mañana, que pude volver a casa, gracias a un compañero de piso que se brindó a llevarme en su coche. Aún tenía la esperanza de encontrarlo con vida, ya que sentía la imperiosa necesidad de darle el último beso, decirle que lo quería muchísimo y devolverle todo el amor que él me había dado a mí.

Cuando finalmente lo pude ver, los de la funeraria ya lo habían preparado para la última ceremonia. Había tenido la suerte de morir en su casa y no en el hospital. Sentí una profunda tristeza y lo único que fui capaz de hacer fue llorar desconsoladamente. No aceptaba las explicaciones que me daban mis padres y tampoco las motivaciones por las que me habían escondido los hechos hasta el último instante. Sencillamente no habían querido interrumpir mi actividad académica.

—Y si su muerte se hubiera producido hace diez días, ¿lo habríais enterrado sin decirme nada? ¿Sabéis lo que representa para mí el no haberme podido despedir de él en vida?

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