No respondieron. Un abismo gigantesco me separó de mis padres al mismo tiempo que una profunda amargura se instaló dentro de mí de tal forma, que casi no recuerdo como pasaron esos meses. Sólo un pensamiento presidía mi mente: el amor que sentía por él y la tristeza que sentía por no haberle dado un último beso en vida. Siempre había creído que los vínculos del amor entre los seres humanos se mantienen más allá de nuestra realidad física. No me preguntéis, lo intuía y ya está. Pero ahora sé que es real debido a lo que a continuación relataré.
No fue hasta finales del primer trimestre del curso siguiente, o sea a mitad del mes de diciembre, que, como cada día al salir de clase, cogí el autobús de la línea 7. Lo cogía al principio de su recorrido, muy cerca de la facultad, hasta la calle Balmes esquina Diputación, donde estaba mi piso. Ese día en cuestión, iba más vacío de lo habitual, pues si no recuerdo mal, había fútbol en la tele. Como casi cada día, me acompañaba Eva, una compañera de clase que bajaba dos paradas antes que la mía.
La mayor parte del trayecto lo hacíamos en silencio, ella con sus auriculares puestos escuchando música y yo absorta en mis pensamientos. Esta circunstancia me permitía fijarme bien en la fisonomía de los otros pasajeros. Me había aficionado mucho a contemplar, discretamente, las caras de las personas e imaginarme qué estaban pensando, cuál sería su vida, qué problemas tenían o cuáles eran sus ilusiones y esperanzas. Bueno, hacía un poco la cotilla. La verdad es que en más de una ocasión, capté cosas no muy agradables y otras veces, simplemente me dejaba llevar por mis propias fantasías.
Fue en la parada del Boulevard de Pedralbes, junto a “El Corte Inglés” de María Cristina, cuando vi que subía un señor mayor, con los cabellos muy blancos y bien peinados. Vestía americana de pana de color gris marengo, pantalones grises, chaleco de punto, camisa y corbata. El corazón se me aceleró porque iba vestido igual que mi abuelo, tenía la misma mata de pelo blanco e iba peinado de la misma manera. No le podía ver del todo bien la cara, ya que otro señor situado delante suyo me la tapaba parcialmente. Yo estaba sentada justo en el asiento que está al lado de la puerta de salida del autobús, por lo que la escena de la entrada me quedaba un poco lejos, pero la controlaba perfectamente ya que como he dicho, el autobús iba casi vacío. Se sentó en el asiento que está, justamente, al lado de la articulación móvil que une los dos vagones del autobús, al otro lado del corredor. Se dedicó a mirar por la ventana todo el rato y yo sólo le podía ver, parcialmente, el perfil.
Desde un primer momento no le saqué el ojo de encima. ¡Me recordaba tantísimo a mi abuelo! Incluso estuve tentada en levantarme y preguntarle su nombre, no fuera que se tratara de algún familiar lejano, que yo no conociera, ya que con su familia, sobre todo la materna, apenas había habido relación a causa de la guerra civil y, sobre todo, de la posguerra. Habían luchado en bandos contrarios y nunca habían terminado de hacer las paces. En seguida rechacé la idea por incongruente, pues si mi abuelo cuando murió ya superaba de largo los ochenta años, ¿qué edad debería tener un pariente suyo de la rama materna…?
Sea como sea, tenía la mirada clavada en aquel hombre, estaba hipnotizada. Cuanto más lo contemplaba más veía en él a mi abuelo, tal como era cuando yo era pequeña. Tal era mi atención puesta sobre él, que incluso mi compañera de viaje se fijó en él y me preguntó qué era lo que me pasaba.
—Nada, cosas mías —le respondí para no perder tiempo en explicaciones que en aquel momento no venían a cuento.
De pronto, aquel hombre percibió que le estaba mirando, giró la cabeza, lentamente, y me miró fijamente a los ojos, aguantándome la mirada mientras me hacía una media sonrisa; la misma que me hacía el abuelo, cuando de lejos, le contemplaba al acercarme a él. Evidentemente no se trataba de mi abuelo, pero su cara, o mejor dicho, su semejanza global era idéntica. Aquella extraña situación se me hizo eterna, pero no pasó tanto tiempo, ya que en aquellos momentos, el autobús dejaba la Diagonal para coger la calle Balmes.
Entonces el hombre se levantó hacia la puerta de salida y sin quitarme la mirada de encima ni perder la sonrisa se acercó hacia donde yo estaba. Faltaba poco para llegar a la parada. Yo tenía el corazón desbocado y de un momento a otro, imaginariamente, me saldría por la boca. No sabía que hacer. Tenía la situación totalmente descontrolada y me sentía paralizada. ¿Por qué? No lo sé. Lo que sí recuerdo perfectamente, es lo que me dijo:
—Estate tranquila. Me encuentro muy bien, como no me he encontrado nunca. Siempre recordarás este momento. ¡Adiós! Y sin tener tiempo para decirle nada, el autobús paró y el hombre bajó tranquilamente, dirigiéndose hacia la Diagonal. Fue el único pasajero que bajó en esa parada. Inmediatamente después de que abandonara mi campo visual, giré la cabeza y miré por la ventana con la intención de verlo por última vez, pero no lo conseguí. No había nadie por la calle, por más que miré en todas direcciones... ¡Había desaparecido como si se hubiera evaporado en el aire!
Mi compañera de viaje se giró hacia mí y me preguntó:
—¿De qué conoces a este señor? ¿Qué te ha dicho? —No, no le conozco de nada. No le he entendido muy bien. Seguramente me ha confundido con otra persona —le respondí para zanjar el tema. Mi interior hervía como un volcán.
Por más que lo he intentado, no he podido (o no he querido, para decirlo claro) encontrar explicaciones lógicas a esa vivencia. ¿Fue real o fue fruto de mi desbordante imaginación? Lo que vale es lo que oí y lo que significó para mí, pues fue una plasmación, como decía más arriba, que los vínculos con los seres queridos se mantienen y traspasan la realidad física ordinaria.
Enero del 2006.
Nunca hubiera creído que la frase de Saint Exupery: “Lo invisible es lo esencial”, tuviera un significado tan real, a raíz de una extraña situación que viví con un buen amigo, Enric. Por poco no acabamos mal debido a una simple foto familiar.
La amistad con Enric viene de los lejanos días de la infancia: compartimos escuela durante muchos años hasta el momento en que él se decantó por el BUP y yo por la Formación Profesional. Después, volvimos a compartir las fatigas del Servicio Militar como soldados de reemplazo, dos años antes de que la incorporación al Ejército dejara de ser obligatoria. Fue en este período cuando nuestra relación se convirtió en una auténtica amistad, por la cantidad de ratos buenos (pocos) y los de muy malos (muchos), que compartimos a lo largo de quince meses que estuvimos juntos en el C.I.R. nº 14 de Palma de Mallorca. Una vez “licenciados”, yo fui el primero en casarme, tres años después de recuperar mi condición de ciudadano de este país. Invité a mi amigo a la ceremonia, que en aquellas fechas aún estaba libre de cualquier compromiso y no parecía haber ningún indicio de que la situación cambiase; todo lo contrario, estaba muy contento porque esta situación le permitía “volar” y hacer lo que realmente quería, sin ataduras de ningún tipo. Aunque no venga al caso, sólo tengo que añadir que al cabo de un año ya le habían recortado las alas y éramos nosotros los testigos de su nuevo estado. Un estado aparentemente feliz ya que era obligado por las circunstancias, al no haber sido muy previsor en sus aventuras íntimas y su novia estaba de tres meses de embarazo el día de la boda.
Ya fuera por el cambio de mi circunstancia personal o porque nuestras orientaciones profesionales se habían ido encarrilando en direcciones muy diferentes —él, como economista de un importante gabinete de asesoramiento fiscal y yo como técnico en electrónica—, nuestra relación se fue distanciando. Disminuyó la frecuencia de vernos y de salir de marcha. Sin embargo, dos o tres veces al año, siempre quedábamos una tarde para charlar y para ponernos al corriente de nuestras respectivas vidas. Fue en la última ocasión en que nos vimos, cuando él, la mar de contento, me enseñó una foto:
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