Acisclo Manuel Ruiz Torrero - Se necesita vigilante

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Rafael ha dejado atrás su primera juventud. Mas maduro, comienza a plantearse un futuro junto a su novia Diana que se le antoja difícil, con pocas perspectivas de progreso. De manera fortuita, decide probar suerte en un mundo tan desconocido para él como es la Seguridad Privada, un hecho que le cambiará la vida. Una historia plagada de experiencias nuevas, dramáticas y anecdoticas, en la que nuestro querido Rafa intenta sobrevivir en constante controversia consigo mismo. Su entorno, sus miedos y su propia lucha interna, hacen de este relato «Se necesita Vigilante» un reflejo social de la época ( 1987-1993), donde el amor y la amistad se convierten en la piedra angular del protagonista.

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– Cógela con las dos manos, sin miedo. Estira los brazos y haz que coincida el punto de mira en el centro del “alza”, ni más arriba ni más abajo, ni a la derecha ni a la izquierda, en el centro justo. Aprieta suavemente el gatillo y no esperes el disparo, que te sorprenda. Apunta al centro de la silueta. — Con paciencia y seguro de lo que decía.

Rafael hizo todo lo que le fue diciendo el profesor, disparo a disparo fue agotando el tambor, cuando terminó, su sorpresa fue mayúscula al acercarse y comprobar que había tenido una puntería excelente. Ni él mismo se lo creía, llegó incluso a pensar que le habían gastado una broma y había sido otro el que había disparado en su lugar. La risa del instructor llenó el local ante aquella reacción, le guiñó un ojo y con cara de pícaro le dijo “no sé de qué te extrañas, con el pedazo de profesor que tienes”.

Lo que creía que iba a ser lo más complicado resultó ser una de las cosas que mejor se le daba, jamás hubiese sospechado que dispararía tan bien. Aunque estaba disfrutando de todas las prácticas que realizaba, aquello le motivó más, lo que hizo que las horas y los días volaran literalmente.

Todos aprobaron sin problema. El último día hubo ceremonia de entrega de diplomas, en la que no faltaron los discursos de cargos de la empresa explicando de forma general su funcionamiento. Incluido su Presidente que de forma casual fue quien le entregó los diplomas a Rafael. Un señor que le cayó muy bien y que abiertamente se interesó por la estancia y desarrollo del curso. Se dirigió hacia ellos como “sus chicos”, de una forma entrañable en el pequeño discurso que pronunció.

Volvió con su compañero a casa, en esa ocasión de una forma ambivalente fueron hablando durante todo el trayecto, tristes por dejar definitivamente el Instituto, pero expectantes por cómo sería a partir de ahora la realidad de ese nuevo trabajo. Una realidad donde se veían como perfectos novatos por muy bien que se les hubiese formado.

– Bueno papá, al menos salíais con una base importante. —Después de escuchar con atención todo lo que le había contado.

– Eso es innegable hijo. — Dándole la razón.

– Lo que no me has contado es lo que hacíais en vuestro tiempo libre. — Con cara de pícaro.

– Poco tiempo libre teníamos. — Sin dar importancia al tema.

– No me puedo creer que chavales de veinte pocos años fueseis tan disciplinados. — Intentando sonsacar información.

– Poco se podía hacer allí. Bueno la verdad es que alguna partida de mus y de póquer amenizó alguna noche. —Entrando en el juego de su hijo.

– ¿Quién vigilaba por las noches el instituto?

– Había un señor que vivía allí y era el encargado de que nos portásemos bien.

– ¿Y lo conseguía? – Con tono sarcástico.

– No. — Soltando una risotada—.

– Ya me imaginaba.

– En seguida nos hicimos colegas de él y era el primero que estaba con nosotros jugando a las cartas y facilitándonos algo de beber. — Con tono melancólico.

– Ya me extrañaba que te fueras pronto a la cama. — Riéndose.

– La verdad es que no sé cómo aguantábamos el ritmo. Bueno si lo sé, que éramos muy jóvenes.

– Aún no me has contestado por qué te hiciste Vigilante Jurado.

– Pues está bastante claro hijo, por dos razones. La primera porque en ese momento lo veía como una salida laboral.

– ¿Y la segunda razón?

– La segunda está más clara todavía. Por tu madre hijo, por tu madre. — Riéndose abiertamente los dos.

CAPITULO DOS

El verano acaba de empezar y como de costumbre, los planes de vacaciones juntos se presentaban imposibles, aunque en esa ocasión el impedimento era mayor ante la inminente incorporación de Rafa a su nuevo trabajo. Aun así, aprovechando que los padres de Diana se encontraban pasando unos días en su pueblo, valoraron la posibilidad de ir con ellos y despejarse un poco de los últimos meses tan estresantes que habían tenido. Un cambio de aires fuera de la ciudad les vendría muy bien antes de afrontar la nueva etapa que se les presentaba, al menos para Rafael. Ante la incógnita de cuando le llamarían para firmar el contrato, decidió ponerse en contacto a través del teléfono que le dieron para cualquier tipo de información que necesitara, y preguntar el tiempo aproximado del que podía disponer antes de su incorporación. La respuesta por parte de la persona que atendió la llamada fue bastante clara, “como poco una semana”. Sin demora hicieron el equipaje, echaron gasolina en su flamante coche y marcharon al pueblo. Rafael avisó a su madre sobre la llamada que estaba esperando, acordó con ella telefonearla dos veces al día por si hubiese alguna novedad.

Aunque hubiese preferido ir en autocar, Diana insistió en utilizar su coche a pesar de la poca confianza que mostraba su novio a la hora de ponerse al volante. Rafa intentó escaquearse argumentando su falta de experiencia, la capacidad que tenía para perderse o la poca fiabilidad del vehículo, de nada le sirvieron las excusas. Cuando echaron cuentas, vieron que el ahorro era considerable por lo que Rafael no tuvo más remedio que claudicar y conducir. A pesar de todas las taras que tenía, pudo comprobar que esa “tartana” corría como un diablo, siempre con la sensación de que en cualquier momento se iba a desintegrar, pero correr, corría. Poco después de dos horas (con su parada correspondiente), llegaron a la plaza del pueblo y como estaba establecido pararon para que Rafael hablara con su madre desde una cabina, en principio para informar de que habían llegado bien. La respuesta no se hizo esperar “vente para acá que te han llamado para que vayas mañana a firmar”. No se lo podía creer, por un momento se quedó bloqueado, entre enfadado y sorprendido se lo fue contando a Diana.

– ¿Qué te pasa que traes esa cara? ¿Qué te ha dicho tu madre? - Intrigada, sin saber que ocurría.

– ¿Te puedes creer que nada más salir me han llamado? – Asimilando la información.

– ¿Pero no te dijeron que al menos tardarían una semana? – Tan sorprendida como Rafael.

– ¡Pues eso digo yo! —Visiblemente enfadado.

– No te preocupes, vamos a casa con mis padres y decidimos que hacer. — Con tono resolutivo.

– Pues nada, me tendré que ir hoy porque mañana tengo que estar a las diez en la oficina. — Calculando los tiempos.

– No pasa nada, tenemos tiempo. — Intentando ver el lado positivo.

– Venga, vamos a ver a tus padres.

Cuando se lo contaron a sus padres, en seguida le quitaron importancia, a pesar del cabreo momentáneo todos se dieron cuenta de que no se trataba de algo tan terrible, simplemente se trataba de volver, firmar y saber cuándo se incorporaba. Intentaron animar a Rafa para que volviera en coche, en esa ocasión se cerró en banda negándose a conducir solo tantos kilómetros. Finalmente, decidió volver en autocar esa misma tarde sin importarle el tiempo extra que tardara, “seguro que tardo menos que si voy en coche”-se justificaba a sí mismo—.

Por el momento, parecía que todo seguía en la misma línea trepidante que últimamente le acompañaba y se negaba a separarse de él. Cogió el autobús, como era previsible llegó a su casa de noche, dedicó el tiempo justo para hablar con su madre unos minutos, meterse en la cama para no dormir prácticamente nada y levantarse temprano. Como de costumbre llegó a la oficina bastante antes de la hora que le habían citado, aunque para su agrado le hicieron entrar en el momento de su llegada. Le recibió un señor de mediana edad, alrededor de quince años mayor que él, bien parecido y de trato agradable, aunque con un ojo algo desviado que ponía nervioso a Rafael. Se presentó como su inspector, le puso el contrato encima de la mesa y le explicó el servicio donde se iba a incorporar en breve. A pesar de la amplia información recibida en el Instituto sobre la duración del primer contrato, la política de empresa sobre renovaciones, el coste del curso etc., su jefe se la volvió a repetir de forma detallada aportando como única novedad el descuento de cinco mil pesetas durante los primeros seis meses, como pago por el curso realizado, según los datos que le habían facilitado en el Inem. A continuación le habló sobre el lugar que prestaría servicio, ubicación, horarios y lo que mayor satisfacción le causó, se incorporaría en cuatro días. Le proporcionó su uniforme y con un apretón de manos le deseó buena suerte dándole la bienvenida a la empresa. Salió de la oficina con prisa, en cuatro horas salía el autobús hacia el pueblo y tenía que pasar antes por casa para dejar el contrato y el uniforme. De nuevo se despidió de su madre sin la incertidumbre de que le volviesen a llamar, al menos eso esperaba. Una vez que montó en el autocar solo pensaba que al menos podría estar cuatro días relajadamente con su chica, algo era algo.

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