Jacques Fontanille - Soma y sema

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Este libro recorre las diferentes concepciones del cuerpo en la antropología, el psicoanálisis, las ciencias cognitivas y la filosofía, para extraer representaciones recurrentes y dar, de estas últimas, una formulación operativa para el análisis semiótico; recorrido que culmina en la definición y tipología de las figuras-cuerpo, las cuales desembocan a su vez en una «semiótica de la huella».

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En otra perspectiva, la pluralidad de la que surge el lapsus puede ser considerada como una “polifonía”, a la manera de Ducrot, que distingue la instancia de proferación del mensaje (el locutor ) y aquella otra que asume los enunciados (el enunciador ): en los términos de Ducrot, que, por lo que yo sé nunca ha tratado de este tema, el lapsus resultaría del conflicto entre dos enunciadores, cada uno de los cuales asumiría una enunciación diferente para controlar al locutor; el segundo enunciador, ante la imposibilidad de ocupar el lugar del primero, perturba y contamina la articulación del locutor.

La dificultad para aceptar esta eventual propuesta consiste en que está completamente desencarnada; pero, justamente, el lapsus tiene lugar porque el locutor es un ser de carne, que controla mal su lengua y que profiere “a su pesar” expresiones no programadas.

A riesgo de tomar en sentido contrario algunas posiciones canónicas en lingüística, quisiéramos justificar ahora la distinción entre el y el , de la que vamos a hacer uso para dar cuenta de la formación del lapsus.

El es esa instancia que está controlada por la atención, jalonada por sus propias operaciones coherentes, y globalmente canalizada por el proyecto de enunciación. Es una instancia en la que la identidad es confirmada, a lo largo del discurso, y fortalecida por los actos mismos del discurso. Es la instancia que se construye en el devenir del discurso en acto.

En cambio, el es ese individuo de carne y hueso que, como dice Bl.-N. Grunig:

… articula, farfulla o emite sonidos y a partir del cual se calculan los valores asumidos por los embragantes o nosotros, así como se calcularía el norte a partir de la Osa Polar 29.

El es el punto de referencia del discurso, una posición que instaura en torno suyo el campo de presencia del discurso; dicha posición está sometida permanentemente a presiones y a desplazamientos, y, por lo mismo, se encuentra confrontada al problema de su identidad: pero ese problema no se le plantea, sin embargo, al , pues es un referente sin identidad; al que se le plantea es al Sí, que construye el discurso.

En suma, Ego recubre dos identidades al menos, el y el Sí. Confrontado a la alteridad, y sometido a las presiones del devenir discursivo, el responde por medio de la resistencia: afirma y defiende su unicidad, unicidad del actante de referencia y unicidad de la carne sensoriomotriz, contra la labilidad plural de la alteridad; el es ese cuerpo que articula y profiere, y por eso lo designamos como Mí-carne . Se caracteriza por dos propiedades: la referencia y la sensoriomotricidad , las cuales derivan de dos operaciones que se le pueden atribuir: la toma de posición en el campo semiótico del discurso y la proferación verbal, respectivamente.

A la misma cuestión, el responde con la integración de la alteridad: el construye su identidad absorbiendo progresivamente las posiciones sucesivas por las que atraviesa. Aparece entonces como la instancia mediante la cual el sujeto de enunciación consigna una identidad en el mundo que él construye, en negociación permanente con las inflexiones y con las bifurcaciones que su recorrido le lleva a afrontar. Se caracteriza por dos propiedades, la composición y la permanencia , que se derivan directamente de las operaciones que se ve obligado a realizar: la integración de las diversas fases de la alteridad y la negociación de cada cambio, respectivamente.

Esa sería, en suma, la manera como el sujeto de enunciación “se siente” en el mundo, es decir, en los términos de la fenomenología, el Sí-cuerpo propio .

Por un lado, entonces, el Mí-carne , que “siente” los movimientos sensoriomotores de los que es sede, y, por otro, el Sí-cuerpo propio , que “se siente” en el mundo en construcción del discurso.

Pero, si de lo que se trata es de las identidades de la instancia de discurso, ¿cómo podemos asegurar su autonomía frente a las presiones que reciben, las cuales no todas son discursivas, pues pueden, por ejemplo, ser de naturaleza física, como en el caso del lapsus? Dicho de otro modo, ¿ las identidades de la instancia de discurso son o no reducibles a las “presiones” ? ¿O no son más que un artefacto del punto de impacto de dichas presiones? La cuestión es epistemológica: o bien nos permitimos proyectar sobre la diversidad de las instancias una tipología ideal cuya sola operatividad descriptiva aseguraría la validación, o bien tenemos que preguntarnos por el principio generador de dicha instancia, partiendo de los datos sustanciales observables. La segunda posición tiene, claro está, nuestra preferencia, ya que hemos sugerido en el capítulo anterior un modelo de la formación y de la estabilización de los iconos actanciales a partir de las presiones y tensiones que padecen los cuerpos.

Freud mismo dice que el lapsus resulta de una “represión incompleta”: las cosas pasan como si, una vez comprometido en el discurso, el sujeto resistiese , más allá de cierto umbral, a la fuerza de las presiones que padece; por otro lado, podemos constatar que el lapsus puede surgir de una marca afectiva remanente , ligada a una expresión, a un fragmento de discurso, aunque la presión correspondiente haya desaparecido. Esas dos observaciones tenderían a hacer pensar que la instancia de discurso se individualiza también en ese caso gracias a cierta inercia : a partir del cuerpo enunciante, se formaría un actante de enunciación que no podría ser excitado o inhibido más allá de ciertos umbrales, los umbrales de la inercia , precisamente; uno de ellos sería un umbral de resistencia , y el otro, un umbral de remanencia .

El Mí-carne , que opone a toda presión que lo conduce a convertirse en “otro” la resistencia de su unicidad y de su rol de referencia constante, solo accede a la identidad actancial bajo el control de los dos umbrales de saturación y de remanencia : más allá del umbral de saturación , las presiones ejercidas sobre el Mí-carne se transforman en sufrimiento o en goce, y suscitan irrupciones fóricas brutales, aparentemente incontrolables, una invasión momentánea o durable de la manifestación discursiva; más allá del umbral de remanencia, las presiones ejercidas sobre el Mí-carne comprometen su rol de referencia constante.

El Sí-cuerpo propio , que integra toda nueva alteridad para hacerla “suya”, para canalizarla o para reducirla a sí mismo, está encargado de administrar la memoria y el devenir de la acumulación de esas resistencias por saturación y por remanencia . El de la remanencia pura es el Sí-ídem , aquel que procede por recubrimiento sistemático de las fases anteriores con las fases actuales; el de la saturación pura es el Sí-ipse , que atraviesa todas las fases sucesivas limitando sus efectos dispersivos.

La distinción entre esas dos instancias, el y el , se basa, pues, en una diferencia de punto de vista: por el lado del , el principio de resistencia es un asunto de intensidad (la intensidad unificadora); por el lado del , se trata, en cambio, de guiar en la extensión –en el tiempo, en el espacio y en el número–, la memoria y el devenir de las remanencias y de las saturaciones. La tensión que los une abre la vía a un modelo de la producción de los discursos, pero a un modelo que presupone una enunciación encarnada. Si reservamos para el Mí-carne la valencia de intensidad y asignamos al Sí-cuerpo propio la valencia de la extensión, vemos aparecer, en las correlaciones entre las dos valencias, un conjunto de posiciones que son otros tantos modos posibles de producción del discurso.

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