Por principio, y de acuerdo con su mismo proyecto científico, la semiótica está destinada a tales confrontaciones, con las que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar, tanto en cuanto metalenguaje como en cuanto lenguaje-objeto. En cuanto metalenguaje, y en una perspectiva optimista, corresponde al recorrido generativo de la significación, así como a la estratificación en plano de la expresión y en plano del contenido, aportar las pruebas de que constituyen realmente lugares de acogida y de comprensión, y no de exclusión. En lo que se refiere a su propio lenguaje-objeto, la semiótica está invitada a reconocer la existencia de estilos y de regímenes , y no solamente de categorías y de procesos universales; “estilos” cuando se trata del sistema, “regímenes” cuando se trata del proceso.
Si hace eso, la semiótica volverá a encontrarse con las preocupaciones de la lingüística general. Si el objeto de hecho de la lingüística es el conocimiento de una lengua concreta, su objeto de derecho es el conocimiento de esa lengua en el seno de un grupo dado de lenguas y en el horizonte de la facultad de lenguaje.
4. Notas y referencias bibliográficas
Los principios enunciados más arriba (a propósito de la recensión y de las confrontaciones , particularmente) no podrían aplicarse sin un sistema de referencias bibliográficas: no se trata solamente de seguir uno de los ritos del discurso universitario, que, al fin y al cabo, es un género igual que otros, sino de poner claramente de manifiesto la inmersión de nuestras propuestas en la red de las adquisiciones anteriores, tanto las más próximas como las más aparentemente alejadas.
Jacques Fontanille y Claude Zilberberg
I
Valencia
Para el diccionario Littré , la valencia no era más que el nombre de una especie de naranja que provenía de Valencia (España).
Según el Robert , hay que esperar hasta 1875 para ver aparecer en el vocabulario de la química la acepción actual: el término “valencia” designa el número de enlaces químicos que un átomo o un ion puede establecer con otros átomos o iones. El término ha sido adoptado en psicología para caracterizar el “poder de atracción” de un objeto. El rasgo constante “poder de atracción” conserva una parte del sentido etimológico del bajo latín valentia (= vigor, buena salud). Lucien Tesnière lo introduce finalmente en la lingüística para designar el número de plazas actanciales ligadas a cada predicado en la estructura de base de la frase 1.
Globalmente, la valencia caracterizaría simultáneamente el lazo tensivo y el número de lazos que unen un núcleo y sus periféricos, definidos estos últimos por la atracción que ejerce sobre ellos el núcleo y por el “poder de atracción” de este, poder que se reconoce por el número de periféricos que es capaz de mantener al mismo tiempo bajo su dependencia. La cantidad estaría en ese caso bajo el control de la intensidad de manera recíproca, y las dos, en conjunto, caracterizarían las relaciones de dependencia, produciendo globalmente efectos de cohesión .
Desde otro punto de vista, la emergencia de un prototipo en una categoría semántica, a partir de la red de dependencias que unen las ocurrencias sensibles que la constituyen, dependería también de la valencia objetal, en la medida en que el prototipo sanciona una cierta forma de cohesión sensible, a partir de la cual se van a trazar los límites y, luego, las oposiciones constitutivas de la categoría.
Si el término valencia no figura ni en Semiótica 1 ni en Semiótica 2* , queda no obstante consagrado en Semiótica de las pasiones** donde aparece con ocasión de la reflexión que trata a la vez de “el valor del valor” y de la rearticulación de las axiologías que intervienen entre el nivel presuponiente y el nivel presupuesto. El término “valencia” ha sido introducido en semiótica para dar consistencia a una constatación repetidas veces verificada en el análisis de los discursos concretos: el valor de los objetos depende tanto de la intensidad, de la cantidad, del aspecto o del tempo de la circulación de dichos objetos, como de los contenidos semánticos y axiológicos que los constituyen en “objetos de valor”. Morfología de los objetos, por un lado; modulaciones de los procesos que los ponen en circulación, por otro: se trata, de hecho, de proporcionar un correlato al valor propiamente dicho y de controlar la distinción entre los investimientos semánticos dirigidos a los objetos de valor, de una parte, y las condiciones tensivas y figurales que sobredeterminan y controlan los primeros, de la otra. Lo cual significaría que ni el concepto de valencia ni el concepto de valor bastarían por sí mismos: pues sólo acceden al sentido como partes que participan de una semiosis inmanente en el seno de la cual la valencia sería la manifestada y el valor la manifestante.
El tratamiento de esta noción impone algunas precauciones particulares en la medida en que la introducción del concepto de “valencia” debería conducir a una revisión de la noción de paradigma, por el hecho de que el paradigma es una estructura que acoge los valores, en el sentido saussuriano. Para nosotros, la valencia contribuye en una medida que queda por establecer, a la significación del paradigma mismo: cada paradigma presupone, en efecto, valencias. Añadamos que el tratamiento de la valencia exige que la versión “danesa” del estructuralismo tome en nuestra mente la delantera con relación a la versión “de Praga”, puesto que el estructuralismo “danés” interviene definitivamente antes de las nociones mejor aceptadas, asumiendo el riesgo de explicitar sus presupuestos constitutivos.
2.1 Definiciones paradigmáticas
Numerosos son los elementos que indican que la noción de paradigma, en la que tanto la lingüística como la semiótica se siguen apoyando, presenta el defecto, por el que se llega a una auténtica obstrucción epistemológica, de colocar la relación paradigmática como el punto de partida de la organización de una categoría, siendo así que no es más que el resultado.
Con excepción de la obra de V. Brøndal, sobre la que volveremos más adelante, la mayor parte de las teorías se contentan con una solución de continuidad entre paradigma y definición. ¿De qué se trata, en efecto? Una magnitud semiótica se presenta como una “pasarela” entre dos niveles de articulación: dicha magnitud está comprendida en un paradigma, más o menos numeroso, más o menos estabilizado, y por otro lado, comprende su definición, es decir, según la enseñanza de los Prolegómenos 2, su división, sus articulaciones internas.
El signo, necesariamente, hace que se comunique el paradigma al que pertenece con su propia definición: el problema reside en la manera como asegura esa comunicación.
La captación paradigmática de la valencia tiene por objeto restablecer o precisar el lazo que existe entre la definición y el paradigma. En otros términos, se trata de intentar comprender cómo es que, premunida de su definición, una magnitud semiótica, intrínsecamente compleja, puede insertarse en un inventario reglado de oposiciones. Todas las definiciones son “verdaderas”, en la medida en que se apoyan en una división, y “falsas”, ya que los objetos más corrientes conocen fluctuaciones definicionales sorprendentes. Y es así como para el Littré , el perro es un “cuadrúpedo doméstico, el más apegado al hombre, que guarda su casa y sus rebaños y le ayuda en las labores de caza”, mientras que para el Micro-Robert , es un “mamífero doméstico del que existen numerosas razas domesticadas para cumplir determinadas funciones cerca del hombre”.
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