2. El comercio como mecanismo civilizatorio.
3. El derecho de guerra.
Digo “una propuesta” y no “la propuesta de Montesquieu”, porque en ninguna de sus obras se fijó como principal propósito el sortear los laberintos de la guerra y la paz. Sin embargo, eso no significa que deba realizarse una ardua labor arqueológica y artificial para encontrar una propuesta de política internacional entre las letras de Charles-Luis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu. Por el contrario, en esta obra me permito trabajar, si se me permite el atrevimiento, con un feliz accidente, con un palimpsesto que sin desearlo expresamente, dejó tras de sí el barón de Montesquieu, oculto en los trazos de su arquitectura política.
A lo largo del libro enunciaré y articularé las propuestas de Montesquieu para la paz internacional en tres niveles:
1. Antropológico (¿el hombre es un animal pacífico por naturaleza?).
2. Efecto de la estructura del Estado en la construcción de la paz internacional (sistema de incentivos y desincentivos para ir a la guerra, división de poderes, instituciones, imperio de la ley, etcétera).
3. Convivencia internacional.
En este libro me limito a integrar la propuesta de Montesquieu para la paz internacional a partir de Del espíritu de las leyes, su gran obra de madurez. Otros de sus textos serán referidos sólo de manera complementaria.
La forma en que cito Del espíritu de las leyes es la siguiente. El primer número romano es el libro, el segundo número romano es el capítulo y, finalmente, añado la página de la edición que utilizo (con la traducción de Mercedes Blázquez y Pedro de Vega) para mayor detalle de los párrafos a los que hago alusión. Actualmente, no existe una numeración canónica para esta obra. Sin embargo, dado que los capítulos son relativamente pequeños, basta citar haciendo referencia a los libros y capítulos.
Víctor Antonio Hernández Ojeda
1. El método y los objetivos
de Del espíritu de las leyes
En este apartado mi objetivo es describir las principales líneas argumentativas y metodológicas de Del espíritu de las leyes, para ubicar el lugar de Montesquieu en la historia de la filosofía política. En ese tenor, identificaré qué elementos de la filosofía política grecorromana y de la moderna hacen eco en su pensamiento, y en cuáles se distancia para realizar una propuesta política distinta.
Lo primero que notará cualquier lector en Montesquieu es una profunda influencia de la tradición clásica que le precede. Su conocimiento sobre filosofía, política y derecho de los antiguos griegos y romanos es patente a lo largo de Del espíritu de las leyes y otros de sus textos más destacados.
A primera vista, Del espíritu de las leyes parece otro texto clásico de filosofía política, un estudio sobre tres formas de gobierno; la república (que puede adoptar la forma de una democracia o de una aristocracia), la monarquía y el gobierno despótico. Al inicio de la obra, Montesquieu analiza la naturaleza o constitución de estos regímenes, lo que los hace ser esas formas de gobierno y no otras; así como su principio, el entramado de incentivos y pasiones humanas que ponen a estos gobiernos en movimiento (dicho principio, propone Montesquieu, se deriva necesariamente de la naturaleza de cada gobierno).[1]
La diferencia entre la naturaleza del gobierno y su principio es la siguiente: la naturaleza es lo que le hace ser tal; el principio lo que le hace actuar; la naturaleza es su estructura particular; el principio, las pasiones humanas que le ponen en movimiento”.[2]
El gobierno republicano es aquel en el que todo el pueblo (democracia) o sólo parte del pueblo (aristocracia), ejerce el poder soberano. El principio de la democracia es la virtud política (amor a la patria, amor a la igualdad, anteposición del bien público sobre el privado) y el de la aristocracia es la virtud de la moderación. El gobierno monárquico es en el que una sola persona ejerce el poder soberano conforme a leyes y su principio es el honor. Por último, el gobierno despótico es el gobierno de una sola persona conforme a su capricho. Su principio es el temor.[3]
Así expuesto, pareciera que Montesquieu estuviera escribiendo un libro que no se diferencia mucho de la tradición grecolatina y escolástica que le precede; pareciera un texto de filosofía política con las mismas categorías, presupuestos y objetivos. Sin embargo, la particularidad de Montesquieu es el tratamiento que da a estas tres formas de gobierno. No las estudia en términos morales, como antaño hicieron Platón y Aristóteles (describir qué forma de gobierno es la mejor, cuál es la peor, cuál fruto del vicio, cuál de la virtud, etc.), sino en términos contextuales y arquitectónicos.
Montesquieu propone que cada nación de la Tierra, dependiendo de su carácter, costumbres, historia, geografía, clima, actividad comercial, riqueza, religión… tendrá alguna de las tres formas de gobierno mencionadas. La forma de gobierno que adquiere cada pueblo, las leyes, los cargos públicos, la totalidad de la organización política, es producto de las circunstancias geográficas y sociales de cada territorio particular. Por tal motivo, Montesquieu no diseña la narrativa de su obra en términos de la mejor o la peor forma de gobierno.[4]
El primer indicio de que Montesquieu desea plantear su propuesta política no en términos absolutos (el mejor gobierno conforme a naturaleza, el mejor gobierno conforme a virtud, el gobierno más útil, etc.), sino en coordenadas contextuales, aparece en el pasaje de la refutación del gobierno paterno como modelo de todos los gobiernos.
En un pequeño párrafo, Montesquieu señala que algunos individuos han sostenido que el gobierno más conforme a la naturaleza es el gobierno de uno solo, pues ése es el gobierno que la naturaleza ha instituido en la familia, el gobierno del padre (la patria potestad). Si la autoridad del padre está fundamentada en que sea el gobierno de uno, ¿entonces cómo se justifica el gobierno de los hermanos o de los primos cuando ha fallecido el padre? Si los hermanos o los primos tienen autoridad sobre la familia, la fuente de tal autoridad no puede ser el hecho de que uno gobierne (pues más de uno está gobernando la familia), sino alguna otra cosa.[5]
Refutada la idea de un modelo universal (en este caso, de imitación de la naturaleza) al cual todas las formas de gobierno del mundo deban adecuarse, Montesquieu propone lo siguiente:
El gobierno más conforme a naturaleza es aquel cuya disposición particular se adapta mejor a la disposición del pueblo al cual va destinado.
La ley, en general, es la razón humana en cuanto gobierna a todos los pueblos de la tierra; las leyes políticas y civiles de cada nación no deben ser más que los casos particulares a los que se aplica la razón humana. Por ello, dichas leyes deben ser adecuadas al pueblo para el que fueron dictadas, de tal manera que sólo por una gran casualidad las de una nación puedan convenir a otra…
Deben adaptarse a los caracteres físicos del país, al clima helado, caluroso o templado, a la calidad del terreno, a su situación, a su tamaño, al género de vida de los pueblos según sean labradores, cazadores o pastores.[6] Deben adaptarse al grado de libertad que permita la constitución, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a su riqueza, a su número, a su comercio, a sus costumbres y a sus maneras.[7]
Como puede apreciarse en este pasaje, Montesquieu sostiene que cada forma de gobierno se establece no por capricho, sino conforme al pueblo al que va dirigido. La propuesta de Montesquieu es contextual, no arbitraria. Si en efecto la ley no es más que la razón humana aplicada a un caso particular, cualquiera podría evaluar por qué a un pueblo con determinadas características, le conviene x forma de gobierno.[8] Ése es en buena medida uno de los objetivos de Montesquieu, que cada ciudadano pueda racionalizar por qué su gobierno funciona como funciona.[9]
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