Impresión: Imageprinting Ltda.
Impreso en Bogotá, Colombia. Depósito legal según el Decreto 460 de 1995.
Nota legal
Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio –mecánicos, fotocopias, grabación y otro–, excepto por citas breves en obras académicas, sin la autorización previa y por escrito del Comité Editorial Institucional de la Universidad Cooperativa de Colombia.
Contenido
Prólogo
Introducción: el lugar de la infancia
Entre la amenaza y la libertad
En el río
Por calles y caminos
Cuidado con el monte
La casa, donde todo puede empezar… o terminar
¿Quién quiere ir a la escuela?
Ante la ley
Salvar para el trabajo: Casa de Menores y Escuela de Trabajo
Primeros pasos: una interrogación por el hecho criminal
Los “chicos de la calle”
Los cambios de énfasis
Configuración del espacio y distribución del tiempo
El personal, los premios y… los castigos
Clasificación psico-moral y modelos pedagógicos
Mano de obra o cuerpos dóciles
Un laboratorio de almas
Las artes del débil
El mundo de los niños
Fantasear y profanar
“Yo aquí no me quedo”
La interacción entre dos mundos
¿Un fin de la infancia?
Consideraciones finales
Referencias
Manuscritas
Periódicos y revistas
Fuentes orales
Impresas
Bibliografía
Sobre el autor
Índice de tablas
Tabla 1. Lugar de procedencia internos CM
Tabla 2. Causas de ingreso a la CM
Índice de figuras
Figura 1. Francisco Antonio Cano. Paisaje de Medellín, óleo sobre lienzo, Medellín, 1895
Figura 2. Benjamín de la Calle, Parque Berrío, Medellín, 1928
Figura 3. Mapa de Medellín de 1932
Figura 4. Benjamín de la Calle, Obreros de la Trilladora Ángel López, Medellín, 1923
Figura 5. Fotografía Rodríguez, Fabio Arias, Medellín, 1932
Figura 6: Detalle del “Sumario por circulación de moneda falsa”, Medellín, 1917.
Figura 7: “Taller de mecánica”
Figura 8. “Taller de encuadernación. Trabajos expuestos y obreros premiados”
Figura 9: “Primer número de Estudio y Trabajo”, 29 de mayo de 1920
Figura 10. Gabriel Carvajal, Típicas de Medellín. Picao de fútbol, Medellín, s. f.
Figura 11. Daniel Mesa, Arrieros, 1920
Figura 12. Gonzalo Escovar, “Carrera Palacé cruce con Maracaibo”, Medellín, 1908
Figura 13. Gabriel Carvajal, Caminos, Marinilla, s. f.
Prólogo
Una pregunta formulada con ingenuidad puede explotar senderos de investigación y reflexión insospechados. ¿Dónde deben estar los niños? Si esta pregunta se le formulase a un grupo de profesionales de las ciencias médicas y humanas, la respuesta probablemente sería que deben estar en la escuela y con la familia (o en orden inverso), y para sustentarla podrían valerse de teorías populares acerca de la educación, la crianza, el desarrollo y, tal vez, la religión. Si acaso se le hiciese la misma pregunta no a un grupo de profesionales sino a legos en la materia, de seguro el núcleo de sentido de las respuestas no diferiría.
Pocas veces un profesional de las ciencias humanas o de la salud invoca la historia para dar respuesta a concepciones del presente en términos de las relaciones entre las instituciones y nuestras prácticas. Es como si considerásemos que el ahora de las disciplinas (psicología, pedagogía, psiquiatría, medicina) se encuentra depurado y esmerilado por el tiempo para entregar la mejor respuesta, la más cercana a la verdad, acerca de casi cualquier interrogante que nos planteemos. ¿Alguien podría pensar en un estado mejor que el que brinda el conocimiento en contraste con la ignorancia? ¿Hay un lugar más conveniente que la escuela para transmitir el conocimiento a un niño? ¿No es mucho mejor confinar que dejar en libertad para que adquieran los niños los saberes necesarios para su formación? Nuestra línea de pensamiento incorpora la idea de progreso como una mejora en la aproximación a la verdad representada en el cuerpo de conocimiento de cualquiera de las disciplinas que se encarga de establecer un orden entre lo que debe ser un niño y la sociedad.
La respuesta desde la historia puede venir, en cambio, a modo de interrogación a nuestras prácticas cotidianas de pensamiento. Y en este punto se ubica el presente libro. Antes de dar por sentado que los niños deben estar aquí o acullá y de involucrar la noción de bienestar (motor oculto de cualquier discurso actual acerca de la niñez) como núcleo de reflexión, en lugar de emitir juicios de valor con respecto a la propiedad del discurso acerca del desarrollo y la noción de futuro que entraña, Hermes Osorio estaciona la mirada en el proceso de extrañamiento que parece acrecentarse en un poblado semirrural colombiano de finales del siglo XIX (Medellín) respecto del lugar que ocupaban o debían ocupar los niños. Y mirar hacia allí levanta el polvillo de todas las concepciones de la época acerca de los niños, las condiciones que guiaban la interpretación de sus acciones y los espacios diseñados para contener y gobernar su conducta.
La configuración del libro forma un entramado particular que va de lo exterior a lo interior en una especie de movimiento comprensor de la temática del texto. En el primer capítulo la mirada del lector campea por espacios que los niños acostumbraban a habitar: el río, el monte y las calles son lugares abiertos que permiten al autor cimentar los argumentos con base en la descripción de las interacciones que tenían los niños con los adultos. Más adelante, entre tanto, los espacios adquieren la forma de una modernización que configura las industrias y las escuelas como nuevos sitios para el emplazamiento de la figura niño y su rol en el desarrollo económico de la región. Las fotos e ilustraciones que acompañan este capítulo enriquecen y apoyan las aserciones que Osorio va enhebrando hasta abrir el mapa de su investigación.
El segundo capítulo, quizás un poco más denso y combativo, reconstruye el funcionamiento de la Casa de Menores y Escuela de Trabajo de Antioquia a partir de profusas fuentes primarias. En este, el lector asiste al levantamiento de los ladrillos epistemológicos, políticos, médicos y sociales que sostienen el discurso acerca de la conjunción entre el encierro productivo y formativo de la infancia, la prevención del crimen y la corrección de la conducta, basado en la teoría criminalística propagada en Europa y Estados Unidos desde finales del siglo XIX.
Una muestra de cómo el discurso histórico sirve para iluminar nuestro presente se hace manifiesto en este capítulo. La manera en la cual está construido, al alimón con las citas textuales agudamente elegidas de ordenanzas, tesis de grado e informes legales, nos hace entrever que algunas de las concepciones actuales acerca de la necesidad del confinamiento y la educación están cimentadas en ideas decimonónicas, y es necesario remover solo algunas rocas para descubrir los intereses económicos y políticos tras su supuesta necesidad.
El tercer capítulo cierra el círculo de interioridad mencionado anteriormente. Osorio considera que es posible interpretar algunas acciones infantiles como tácticas desplegadas por los niños para hacer frente a las estrategias, diseñadas por los adultos, que buscan imponerles un mundo de orden y trabajo. En este contexto aparece el término experiencia como el concepto articulador entre las vivencias de los niños y la interpretación que hacen de las mismas. Ya en la introducción del libro es llamativo que el autor retome a Walter Benjamin para definir el concepto experiencia, y el capítulo se inaugura con una cita del mismo filósofo. El juego, la sexualidad, la superposición del mundo adulto con el infantil y la fuga son explorados aquí con base en entrevistas y transcripciones entresacadas de los archivos históricos. Es esta última —la fuga— la que permite cerrar el sentido de la obra y comprender a cabalidad el sustantivo vagamundos que la nombra.
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