Frente a dichas definiciones, el equipo de autores del presente libro eligió el instrumento conocido como el Cuestionario de Felicidad de Oxford (Hills & Argyle, 2002). Dicho cuestionario original contiene 29 preguntas que en conjunto ofrecen una visión bastante amplia y pluridimensional de la felicidad. Sin embargo, se tuvo que utilizar una versión más simple, reducida a ocho preguntas, también desarrollada por Hills y Argyle (2002), pues no fue posible obtener siempre respuesta para la versión de 29 debido a que algunas cuestiones requieren demasiada abstracción o reflexión, a la que no están habituados los pobladores de más escasos recursos y de zonas rurales. De todos modos, con los ocho ítems fue posible calcular puntajes de felicidad en una escala del 0 al 20 (Mateu et al., 2020a). Algunas de las preguntas o ítems que la componen se aproximan más al modelo eudaimonista; otras, al hedonista; y otras, a concepciones más contemporáneas cercanas al uso de la psicología positiva. El detalle del cálculo de la felicidad con el que se trabaja para el contenido del presente libro se precisa en el anexo metodológico.
La pobreza como mal social complejo
Los países en desarrollo viven combatiendo la pobreza. Pero una visión amplia de esta puede recordarnos que incluso en sociedades desarrolladas habitan millones de personas también en situación de pobreza. Sucede que, desde hace unas décadas, académicos y hacedores de políticas públicas no la definen solo como falta de dinero, ingreso o riqueza. Esta sería una visión unidimensional, pues se reduce la pobreza a un único factor o dimensión, como el dinero o la tenencia de activos. Si bien este enfoque de la pobreza –que se llama también «monetario»– ha primado por muchos años y sigue vigente en las esferas oficiales, comienza a ser retado por comprensiones más bien multidimensionales.
La pobreza sigue siendo un mal por combatir. Pero las sociedades que han logrado ingresos altos para cada habitante no están libres de ella si se la entiende, precisamente, en términos amplios o múltiples. Por ello, en el primer volumen (Vásquez et al., 2021) y en este libro, los autores hemos preferido utilizar la visión de la pobreza multidimensional desarrollada por un equipo de investigadores de Oxford (Alkire et al., 2015), quienes a su vez se inspiraron en el nobel de Economía Amartya Sen. En realidad, como es común en varios estudios, se realizó una adaptación de la metodología según los datos disponibles. La pobreza multidimensional, como la entendemos y medimos en este libro, está constituida por tres elementos: salud o asistencia sanitaria, educación y calidad de vida –esta última referida a las condiciones de vivienda–. En Mateu et al. (2020a) explicamos el modo en que se calculó el Índice de Pobreza Multidimensional. Solo cabe añadir que esta visión, consideramos nosotros, es más rica que aquella unidimensional y tradicional, pues abarca dimensiones fundamentales para la vida y centra la atención en las privaciones que afectan a las personas.
De todos modos, conviene advertir que en algunas partes del libro –como también sucedió con el primer volumen– se utiliza la visión de la pobreza unidimensional y monetaria más tradicional. Sucede que las poblaciones objeto de estudio las constituyen muestras de jefes de hogares de los distritos más pobres y ricos del país. Estos 10 distritos fueron identificados a partir de una escala de pobreza monetaria (INEI, 2015). No existe para el Perú un mapa o ranking semejante desde la pobreza multidimensional. Por tal razón, nos vimos obligados a recurrir a la visión clásica. En el anexo metodológico de este libro, realizaremos la explicación del cálculo del Índice de la Pobreza Multidimensional basado en la encuesta especialmente aplicada.
Los problemas de definición de los valores
Corresponde, ahora sí, abocarnos al otro concepto principal no desarrollado en el primer volumen: los valores. El siglo XX se puede considerar el siglo de los valores. Se les ha prestado gran atención especialmente para asuntos educativos. Se cree que los valores podrían solucionar todos los problemas de la convivencia gracias a una robusta campaña. La educación en valores forjará seres humanos solidarios, generosos, honestos, veraces, etc., lo cual, a su vez, significaría un antídoto contra la indiferencia, la corrupción, la agresividad, la violencia y otros males que aquejan a la sociedad (Aaron, Mann, & Taylor, 1993).
Los valores son claves para la enseñanza de la ética y tienen una función insustituible. Sin embargo, van más allá de la moral e incluyen otros espacios de valoración, como lo estético o incluso lo económico. Frecuentemente se piensa en los valores como realidades ya dadas y obvias, pero se descuida ahondar más en ellos. Se asume que todos entienden o saben implícitamente que se refieren a entidades abstractas. Luego, no se ponen en cuestión. ¿Qué es un valor? ¿Qué hace que un valor sea tal? ¿Existe alguna jerarquía entre ellos? ¿Son algunos más importantes o imprescindibles que otros? ¿Para qué sirven o cuáles serían sus límites? Estas son algunas de las preguntas cuyo abordaje es importante. Sin embargo, para el sentido común y buena parte de las ciencias sociales es más fácil responder las últimas preguntas que las primeras –que, más bien, corresponderían a la axiología o una teoría de valor–. Debe comenzarse por allí: ¿qué son y/o para qué sirven los valores?
A lo largo de la historia humana, no han faltado alusiones a ideales morales con sentido limitado y de uso amplio, como aquellos ya mencionados u otros como libertad, igualdad y fraternidad, por hacer eco del lema de los revolucionarios franceses. Sin embargo, preguntarse por la naturaleza de los valores en sentido estricto es una cuestión de un par de siglos (Valcárcel, 2002). Por un lado, tal vez por herencia religiosa, algunos pueden asumir fácilmente que los valores son universales, eternos, casi de naturaleza divina. Si Dios es creador de lo bueno, lo bello o lo justo, es obvio que esto debería ser universal, es decir, válido en cualquier tiempo y lugar. Esta posición se puede catalogar de realista. Un antecedente en un sentido muy amplio se podría hallar en la teoría de las ideas que postulaba Platón en sus diálogos del siglo IV a. C. El célebre filósofo ateniense dedicó textos al bien, la justicia, el deber, la belleza, la valentía y otras ideas que una persona contemporánea podría equiparar con lo que hoy se suele denominar valor. Sin embargo, en sentido estricto él no hablaba de valores, aunque pareciera estar de acuerdo con las categorías comunes actuales. Es preciso decir que son, más bien, algunas corrientes realistas del siglo XIX las que comprendieron los valores como entidades abstractas trascendentales casi con vida propia. Valcárcel señala como ejemplo a Windelband y sus Preludios filosóficos originalmente publicados en 1884 (1949). Por otro lado, otro de los primeros y célebres pensadores que centraron su atención sistemáticamente sobre los valores fue Nietzsche. Él sostiene una posición más bien historicista, relativista o contextualista en textos como Más allá del bien y del mal o La genealogía de la moral, publicados originalmente en 1886 (1997b) y 1887 (1997a), es decir, casi coetáneos a la obra de Windelband. En ellos, señala que los valores son invenciones sociales. El ser humano, por su propia naturaleza, crea valores sin darse cuenta; luego los proyecta como si fueran entes abstractos con estatuto ontológico o vida propia. Posteriormente, pareciera que estos han cobrado vida propia. Así, el ser humano se ha vuelto inconscientemente presa de sus creaciones. En el siglo XX, las teorías de valor quisieron superar el impase entre realistas e historicistas. Se generó bastante atención y producción. Uno de los autores centrales en el debate fue Max Scheler (2001).
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