Sin embargo, había sido Aracely quien los había curado, no las rosas de Miel. La mujer había convencido a la chica para amar al chico con las manos como hojas de tulipero. El campesino había venido a verla, igual que la hija del cultivador de manzanas, para pedirle que librase a su corazón del amor por un chico demasiado tímido para corresponderla. Los dos querían una cura para el mal de amores y Aracely los citó a la misma hora. Cuando se encontraron en el salón de color índigo y se dieron cuenta de que tenían el corazón tan roto como para desear que les arrancasen el amor del pecho, se tocaron con las manos y los labios y se olvidaron del deseo de curarse.
Aracely era pura magia y habilidad. Miel no era más que un cuerpecito inquieto de cuya piel brotaban pétalos. Aracely representaba la belleza y la bondad en la casa violeta. Miel era una niña manchada de agua sucia y de la sangre de dos personas cuyos nombres no se atrevía a pronunciar.
Las tijeras plateadas, el regalo más extraño y más útil que la mujer le había hecho, chirriaron cuando separó las hojas. Las colocó hacia abajo, cerca de la piel, y cerró las cuchillas con un chasquido. El dolor le recorrió las venas. Le llegó al corazón, al estómago y a todo lo que tenía vivo dentro.
La sangre brotó en la abertura. El dolor provocó que sintiera los dedos pesados y la hizo caer al suelo. Le dolía como si la hoja de un cuchillo le presionara la muñeca con tanta fuerza que la notaba en las costillas.
Dejó que la rosa se deslizara en el agua, una ofrenda a la madre que ahora vivía en el viento, pero que había muerto en esa agua. Cuando llegaban las tormentas, Miel oía el murmullo de su voz oculta en el chillido de los vientos, como si tratara de susurrarle para que volviera a dormirse. Era el único regalo que podría ofrecerle a su madre, la obediencia de destruir las rosas que había temido. Quisiera darle más, su valentía frente al agua. Sin embargo, dentro de Miel todavía resonaba la pequeña voz de la niña que Sam había encontrado, una niña que le susurraba que no debía confiar en el agua de la que no veía el fondo.
No recordaba a su padre tan bien como a su madre. Sabía que era un curandero , de los que curan las heridas, con un talento para recolocar huesos que le consiguió trabajo como huesero . Recordaba sus manos, la suavidad con la que le cortaba las rosas y luego le cubría la herida con una venda. A veces, intentaba instalarse en ese recuerdo, pero era tan efímero que no le pertenecía de verdad.
Los pétalos se desvanecieron bajo la superficie y el agua se onduló como el dobladillo de un vestido. La luna se refractó en una docena de hoces.
A pesar de los pocos recuerdos que tenía, se acordaba de los susurros sobre que los niños a los que les crecían rosas de la piel envenenaban a sus hermanos y robaban los anillos y rosarios de las tumbas de sus familias. Daba igual si las rosas les crecían en las muñecas, como las de Miel, en los tobillos o en la espalda. Decían que todos los hijos o hijas de su familia cuyo cuerpo creaba rosas se volvían amargados e ingratos.
Antes, su familia hacía pasteles con agua de rosas y cardamomo, pero eso había sido antes de que las rosas se vieran manchadas por el miedo de las nuevas madres. Las mujeres jóvenes se preocupaban por sus hijos e hijas y buscaban los primeros signos de verde en su piel.
El río retomó su lenta corriente y el suave correr del agua le trajo el sonido de unos sollozos amortiguados que se rompieron en un llanto quedo.
Miel se sobresaltó, miró hacia el cielo y escuchó el viento. Cuando llegó, buscó la voz de su madre y deseó que no la oyera llorar. Lo único que deseaba más que a Sam era que su madre supiera que la había perdonado. Que entendía por qué había hecho lo que había hecho. Que sabía que la quería.
Sin embargo, el sonido no venía del viento. Ni de debajo del agua. Atrajo la mirada de Miel hacia la orilla.
La oscura silueta de una joven con los brazos cruzados y el pelo ondeando al viento.
Una hermana Bonner, aunque no sabía cuál.
Miel se levantó y sintió una punzada de dolor en el brazo.
—¿Estás bien? —preguntó e intentó imitar la voz calmada de Aracely, clara y limpia como un reguero de agua sobre las piedras.
Aun así, la chica se sobresaltó. La miró de sopetón y la luna igualó el color de su rostro al de su propia superficie.
Ivy Bonner. Los lazos de luz que se desprendían del río mostraron sus rasgos. Tenía las mejillas mojadas y unas pinceladas cobrizas le calentaban los bordes del pelo incluso en la oscuridad. Tenía la nariz a medio camino entre la de Chloe, que era larga, recta y altiva como la de su padre, y la de Peyton, más bien chata y respingona como la de su madre.
Ivy asintió y se secó las mejillas con los dedos. Miel no era lo bastante importante como para que fingiera que no había llorado.
El asentimiento hizo que se sintiera una intrusa, como si la hubiesen convocado y expulsado inmediatamente después. Se aferró a las tijeras plateadas y le dio la espalda al río.
Sin embargo, Ivy dio unos pasos en su dirección. No con prisa, pero sí lo bastante rápidos para que Miel se detuviera.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, al mismo tiempo que bajaba la vista hacia la muñeca desnuda de la chica y las tijeras que tenía en la mano—. Ah.
Volvió a mirarla a los ojos. A esa distancia, la sal y el agua que le perlaban las mejillas parecían una finísima capa de escarcha.
—¿Duele? —preguntó.
—¿El qué? —respondió Miel y se encogió avergonzada por la falta de seguridad en su voz.
—Cortarlas —dijo.
Decir que no sería como lanzar un desafío que jamás se atrevería a cumplir ni con Ivy ni con sus hermanas. Decir que sí sería reconocer demasiado de sí misma.
Se limitó a asentir.
No había estado tan cerca de Ivy desde que las Bonner habían dejado el instituto. En ese momento, a una distancia en la que llegaba a percibir el acuoso aroma a camelia de su jabón, lo único en lo que pensaba era en Clark Anderson, otro de los chicos que habían perdido el norte por culpa de las hermanas. Clark se había convencido de que una chica como Ivy, con un pelo que poseía el color y el brillo de los centavos nuevos, lo curaría de querer besar a John Sweden bajo la nueva torre de agua. Se acostó con ella en su habitación a plena luz del día, mientras Sam y los demás trabajadores de la granja pasaban bajo la ventana. Menos de doce horas después, volvía a besar a John, esa vez en la escalera de la torre de agua a medianoche, donde la gente solo distinguiría sus siluetas recortadas por la luz de las estrellas.
Desapareció del pueblo la semana siguiente. Sin embargo, al contrario que en el caso de Chloe y el chico que era el padre de su bebé, nadie sabía a dónde había ido.
La manera en que Ivy parpadeaba para aliviar el picor que le causaba la sal de sus propias lágrimas provocó en Miel una oleada de lástima que tuvo que expresar con palabras.
—No importa —dijo.
Ivy retrocedió.
—¿Qué?
Miel sabía que debería callarse, pero quería suavizar lo que había dicho, como quien alisa la capa de crema de un pastel de tres leches.
—Solo es un chico —dijo—. ¿A quién le importa?
La mirada de Ivy se endureció y entrecerró los ojos.
Cuando las pestañas se rozaron, Miel supo que había cometido un error. Ivy sabría que la había visto. Le guardaría rencor por haber sido testigo de una señal de que las Bonner empezaban a perder su poder con los chicos del pueblo.
La chica ladeó la cabeza y observó la muñeca de Miel.
—¿Por qué las matas? —preguntó, sin mostrarse horrorizada ni preocupada. Era pura curiosidad. Como si pensara que ahogar los pétalos era un desperdicio.
Читать дальше