Juan Larrea - Poesía y revelación

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Larrea abandona pronto la lírica para volcarse en una reflexión mística, que caracteriza su amplia producción ensayística, siguiendo una perspectiva visionaria para el conocimiento del hombre y del mundo. El lenguaje poético se convierte entonces en el medio de indagación por excelencia.Este libro recoge casi todos los poemas de
Versión celeste, junto con los textos más significativos de
Orbe, a la vez que ofrece una amplia muestra de la faceta especulativa expuesta en
Rendición de espíritu,
El surrealismo entre viejo y nuevo mundo y
La espada de la paloma. La recopilación de textos y el prólogo son obra de Gabriele Morelli, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Bérgamo y prestigiosos hispanista especializado en la generación del 27.

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«Porque tiene en cuenta, sin que yo me aperciba de ello sino a posteriori, la vida a la que se dirige. Puesto que niega el absoluto de un hombre no puede producirse afirmándolo y contribuyendo a mantener el equívoco. No hay adoración posible. De este modo el absoluto será buscado en sí, en cada hombre atraído por él y en todo, pero nunca en otro 74».

Por lo tanto, la persecución del absoluto no pasa por indagar en otra persona, sino en la otra parte de sí mismo, a la que se encamina la conciencia tras tachar un viejo yo ligado a la vida normal. En fin, el leitmotiv de la escisión del yo resulta recurrente en numerosas páginas del libro, hasta que en la parte final el poeta declara, después de alcanzar «el ser nuevo» que presentía dentro:

«Y el ser nuevo se establece dentro de mí, complejo y dueño de sí mismo. Y este ser que aparentemente es el mismo que existía en mí antes de la suprema ruptura es sin embargo substancialmente diferente. Vive en otro orden, aunque los elementos que lo compongan sean los mismos. Había dentro de mí, antaño, una dualidad que ha sido resuelta»75.

Frente a la acusación lanzada por Diego acerca de su actitud en contra de la religión católica, que asegura una visión serena y tranquilizadora de un más allá, Larrea aclara su idea en varios momentos del libro, asegurando que nunca ha querido combatir el catolicismo, en cuyo ambiente se había formado bajo la tradición de la familia, sino que se fue alejando poco a poco. A pesar de ello, critica fuertemente a la Iglesia cuando pasa revista a los hechos históricos y sociales de la vida moderna, por ejemplo cuando examina la situación de Italia, hábitat del pontífice y de los representantes de la Iglesia oficial, sobre la cual escribe:

«Italia por otra parte se está cargando para resolver, catastróficamente o no, el problema de la Iglesia católica que ya ha cumplido su misión y empieza a ser un estorbo para el mundo. Roma como sede espiritual está llamada a desaparecer dentro de breve plazo»76.

El poeta no reprime ásperos comentarios sobre alguna manifestación o acto oficial, como la publicación de la última encíclica de Pío XI:

«Curioso documento que se presenta ante mi modo de ser como un modelo de incomprensión. No ve el mundo sino su neurosis. La Iglesia ya está vieja […], ya ha cumplido su misión, no comprende su mundo. La unidad internacional es llegada. Está viviendo sus últimos años»77.

La lucha entre razón e imaginación, el dualismo entre consciente e inconsciente, junto al signo de una crisis que separa y escinde el yo, alimentan a menudo la reflexión espiritual de Orbe , en la que el poeta intenta dar una respuesta a toda pregunta de carácter ontológico y gnoseológico. El método de su crítica interpretativa, o lo que es lo mismo de su «teología de la historia», es seguro, aunque laberíntico en su expresión. Por momentos recuerda la prosa de Unamuno o Pirandello, si bien el pensamiento es preciso, pues el autor deja claro que quien escribe no es él, sino el resultado del otro yo, liberado del peso de la realidad inmanente y que ahora abre el vuelo a la vida espiritual:

«Y situándome desde el punto del yo personal, de mi noción antigua del yo, tengo que afirmar que no soy yo el autor. Más bien el libro se ha escrito en mí y para mí. Ha sido un producto de la vida en cuya elaboración ha intervenido un número increíble de elementos. Así se ha ido escribiendo desde todos los caminos, de un modo espontáneo, interviniendo en él las circunstancias pasajeras del todo. El pasado, el presente, el futuro, mi vida personal, inteligencias, razones, etc., se han puesto en él de acuerdo. A mí no me queda sino el rol material de copista»78.

LOS ENSAYOS

En enero de 1930 Larrea, junto a su mujer Marguerite Aubry, en su búsqueda pertinaz de una realidad trascendente, decide abandonar París, ciudad donde habitaba desde 1926. Se embarca en Marsella a bordo del Colombo como un aventurero del espíritu, confesará el autor, en un destino en el que la poesía y la creación habían asumido vigencias absolutas. Parte rumbo a América del Sur, hasta fijar la residencia en Juli, a cuatro mil metros de altura cerca del lago Titicaca. Su estancia en Perú se prolonga casi dos años, fascinado por el mundo precolombino, que le lleva a recopilar una importante colección de arte inca. La expuso en el Palacio del Trocadero de París, después en la Biblioteca Nacional de Madrid, y posteriormente, en 1935, en Sevilla. En septiembre de 1937 acabó regalándola al Gobierno de la República, y más adelante dicha colecticia integraría el Museo y Biblioteca de Indias, precedente del actual Museo de América.

Al final del verano de 1931, vuelve con su mujer a París y trabaja como secretario en la Junta de Relaciones Culturales, sirviendo de enlace entre el gobierno republicano y Pablo Picasso, a quien visita mientras este pinta el Guernica , mural sobre el que escribe un conocido ensayo. El 15 de abril de 1938 asiste en París a la muerte de su entrañable amigo César Vallejo, al que dedica poco después su texto «Profecía de América». En ese año Larrea empieza una febril labor ensayística, mientras intensifica su militancia republicana y su trabajo a favor de los refugiados españoles a través del Primer Comité de Ayuda y de la Junta de Cultura Española. Es nombrado presidente de este organismo junto a José Bergamín y Josep Carner; su finalidad es facilitar la emigración a América de los intelectuales antifascistas. En octubre de 1939 se traslada con la familia a México, donde al siguiente año publica las revistas España Peregrina y sobre todo Cuadernos Americanos , que dirige hasta 1948. Ambas publicaciones desean abrir el diálogo entre intelectuales españoles e hispanoamericanos. En Cuadernos Americanos , Larrea publica en 1943 su ensayo fundamental titulado Rendición de espíritu , y, al año siguiente, en tres números de la revista, sale El surrealismo entre viejo y nuevo mundo .

Relegada para siempre la experiencia de la poesía, Larrea se dedica al estudio de la relación del mártir heterodoxo Prisciliano con el apóstol Santiago el Mayor. En 1947 entrega el relato Ilegible, hijo de flauta (escrito en 1927 y perdido durante la guerra civil) a Luis Buñuel79, quien, entusiasmado por su contenido poético surrealista, decide utilizarlo para un film. Pero el proyecto, en el que colaboran Buñuel y la hija del poeta, Luciana, fracasa tras varias etapas e intentos por las distintas posiciones ideológicas de los dos autores. En 1949, una beca Guggenheim permite al poeta instalarse con sus hijos en una modesta vivienda de Nueva York y dedicarse completamente a la actividad ensayística, en la que se distingue la publicación en 1951 del texto La religión del lenguaje español . En los años siguientes estudia los nexos entre la Epístola de Clemente a los Corintios y el Apocalipsis de San Juan, e inicia asimismo la génesis del libro La espada de la paloma , que, junto a Razón de ser , aparecerá en 1956 en la colección de Cuadernos Americanos . Es el año del traslado definitivo con su hija Luciana a Córdoba (Argentina), donde enseñará como profesor en la universidad de la ciudad y se dedicará completamente al estudio cristológico y de los libros del Apocalipsis.

El pensamiento místico del poeta transforma el fracaso de la guerra civil y sus dolorosas consecuencias en metáfora apocalíptica en la que las heridas del pueblo español se identifican con el sacrificio sufrido por el cuerpo del Crucificado. En esta concepción mítico-religiosa se había impuesto la figura del héroe y mártir indohispano César Vallejo, que también se había asomado a la tragedia española con su poemario España, aparta de mí este cáliz . Larrea dedica al autor de Los heraldos negros los tres ensayos César Vallejo, o Hispanoamérica en la cruz de su razón (1958), César Vallejo y el surrealismo (1971) y César Vallejo, héroe y mártir indohispano (1973). El misticismo y el espíritu profético nutren la reflexión crítica de Larrea, y de ahí su igual aprecio por la obra de León Felipe y su amistad con el factor de Español del éxodo y del llanto . Este, en un discurso pronunciado en México en 1967, evocaba el lenguaje directo del bilbaíno, en el que a veces participaba la metáfora y la parábola, pero que nunca acababa siendo sibilino ni hermético: «Su estilo era cálido, afilado y duro como el pedernal, desde luego no era adulatorio. Su voz era grave y no se quebraba ante el tirano»80.

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