Tal asunto no se resolvería reprimiéndolos ni a balazo limpio. En el inicio de la Transición fue cuando se hicieron más visibles algunas acciones “insurreccionales”, como a ellos les gustaba definirlas, como se manifestó en la liberación de Antonioletti desde el Hospital Sótero del Río, situación en la que murieron cuatro gendarmes y un carabinero; o el famoso caso en el que dos frentistas, Fabián López Luque y Alexis Muñoz Hoffman, que se daban a la fuga luego de un frustrado asalto a un camión de valores, se resguardaron en una casa de Ñuñoa y mantuvieron como rehenes a un matrimonio y sus pequeños hijos, para finalmente ser abatidos por la policía al salir de la propiedad; o el atentado lautarista a la residencia del intendente Luis Pareto, hecho durante el cual fueron acribillados tres detectives de la PDI.
Existía, al respecto, un conflicto de alta intensidad gatillado por el insólito hecho de ver a Pinochet entregando el poder en un acto de tradición democrática. No sé si existen otros casos así en el mundo. Lo concreto es que estos grupos armados siguieron funcionando como efecto residual de la prolongada dictadura cívico-militar, pero con el objetivo principal fuera de escena, es decir, sin Pinochet en el poder.
El camino más justo –y digo justo, pues quienes formaron los grupos de resistencia durante la dictadura, al llegar la democracia, algunos de ellos se transformaron en diputados, ministros y empresarios, y los demás militantes quedaron abandonados a su propia suerte y a todo tipo de delitos– era el de usar toda la información residual, más la que se fuera actualizando, y ofrecerles una salida que les permitiera rehacer sus vidas. Nada mejor para ello que utilizar la enorme red de apoyo que se formó en el exilio.
El tiempo seguía pasando y los encuentros con Marcela Palma se hacían insostenibles. Fue en ese contexto que Belisario me comunica que es mejor que un funcionario de Investigaciones continúe la relación con ella. Fue así como una tarde me despedí de Marcela a la entrada de la calle Lord Cochrane. Ella tenía que atravesar la Alameda y caminar hasta Darío Salas, una pequeña calle al costado del Ministerio de Educación. La esperaba una funcionaria de Investigaciones, la cual caminó unos metros con ella hasta un auto donde la esperaba en su interior el comisario Jorge Barraza. Yo ignoraba que Barraza se haría cargo de la investigación, situación que se concretó entre Belisario y el general Horacio Toro.21
Algunos días después, Marcela me comentó por teléfono quién la esperaba dentro del auto y hasta ahí llegó mi comunicación con ella. No la vi más y también dejé de recibir el dinero que, mes a mes, yo le entregaba puntualmente a ella. Investigaciones se hizo responsable de todo.
Mi participación en el caso del senador Guzmán quedó plasmada en una declaración que me tomó la ministra Camposano, quien llevó la causa desde julio del 1996 en reemplazo de Alfredo Pfeiffer. En esa oportunidad me acompañó a la Corte de Apelaciones el abogado Luis Hermosilla, a quien yo consideraba mi amigo en aquel entonces.
Lo concreto –y lo digo con humildad– es que el asesinato del senador Jaime Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards se pudieron esclarecer gracias al hecho fortuito aquí narrado. Esto ha sido reconocido por Belisario Velasco en recientes entrevistas22 y también en sus memorias,23 e incluso por Ricardo Palma en una publicitada entrevista a un semanario capitalino desde París.24 Siendo objetivos, tanto el Gobierno como las policías estaban en la absoluta orfandad respecto al crimen de Guzmán y el rapto de Edwards. Cuando se trabaja en inteligencia los éxitos son del Estado o del funcionario que tenga los mecanismos y respaldos legales suficientes para seguir adelante con una investigación, pero nunca de quienes trabajaron la información.
No obstante, debo aclarar que nunca supe del lugar en que estaba recluido Cristián Edwards. Jamás conversé con Marcela Palma sobre ese tema y todo me hace pensar que ella tampoco lo sabía. Estamos hablando de una organización llamada Frente Patriótico Manuel Rodríguez y no de una tropa de boy scouts. Detalles como esos no se transmiten ni a los familiares ni a nadie y tampoco creo, por la estructura machista de ese tiempo, que se lo hubiesen transmitido a una mujer. Por tal motivo, Belisario Velasco se confunde al decir que yo “sabía con precisión los nombres de los asesinos de Guzmán y el lugar donde se encontraba este comando”,25 por tanto jamás le podría haber informado de lugar alguno y menos haberle dado información acerca del otro involucrado en el asesinato, Raúl Escobar, el “Comandante Emilio”, de quien yo no sabía absolutamente nada hasta ese momento.
Para cerrar este episodio, debo comentar que de acuerdo al Código de Ética del Colegio Médico de Chile (artículo 38, letra D), que explicita que es lícita la ruptura del secreto profesional en casos de amenazas o potencial riesgo real de daño físico a otras personas o a la comunidad, se concluye que la confidencialidad es muy importante entre paciente y terapeuta, pero no es algo blindado. La confesión de un crimen o la posibilidad de que ocurra uno, no supone que deba permanecer en secreto, al contrario, es obligación reportarla a las autoridades competentes: “Excepcionalmente, y después de una debida deliberación, el médico podrá develar información sobre su paciente […]. Cuando fuere imprescindible para evitar un perjuicio grave para el paciente o terceros”.26
Desde el caso conocido como Tarasoff (1968), las comunidades médicas adoptaron criterios éticos profesionales, que se resumen en: “deber de advertir” y “deber de proteger” a posibles víctimas.
En el caso de secuestro de Cristián Edwards, en el que había una o varias personas en riesgo real y tiempo real, la terapeuta solo cumplió con el Deber de Advertir y Proteger como lo pidió su paciente, con quién estuvo de acuerdo en “reportar” a las autoridades competentes, terminando allí, como correspondía, la relación médico-paciente y recomendando la derivación para su atención con otros profesionales de la salud mental.
15Ver: Juan Cristóbal Peña, “Los secretos de la oficina”, La Tercera, 19 de mayo de 2013.
16Cuando fue consultado por la prensa, Joaquín Lavín declaró lo siguiente: “La verdad es que en una de las varias empresas de seguridad con que trabaja la Corporación de Desarrollo de Santiago para prestar servicios en diferentes lugares de la comuna, es funcionario Lenin Guardia. Yo he estado varias veces con él, me he reunido en la calle, hemos comentando si estos guardias sirven o no sirven, (sobre) el comercio ambulante en el centro. […] Las veces que he estado con él no he tenido ningún problema”. En: “Lavín reconoció que Lenin Guardia presta servicios al municipio de Santiago”, Cooperativa.cl, 15 de noviembre de 2001.
17Al inicio del trabajo con Belisario Velasco teníamos un par de lugares donde nos encontrábamos, pero esta modalidad se fue complicando ya que lo obligaba a él a dejar su oficina y a nosotros a colocar gente para ver que no lo fueran siguiendo. Los encuentros se volvieron cada vez más incómodos pues Belisario ya era bastante conocido públicamente. A raíz de todo esto fue que me bauticé como “Víctor Cifuentes” y ocurrió que la mayoría de la Guardia de Palacio me conociera con ese nombre y con el paso del tiempo, los carabineros me saludaran con un amable “Buenas tardes, don Víctor”. Cuando Allamand pronunció su discurso en el parlamento y dio a conocer mi verdadero nombre, le dimos sagrada sepultura al señor Cifuentes.
18“Por órdenes de Marcelo Schilling fueron asesinados cobardemente y a sangre fría decenas de combatientes, hombres que lucharon frontalmente contra los esbirros de la dictadura, jóvenes como Mauricio Gómez Lira, quien recibió 9 disparos y fue rematado de dos tiros en la cabeza; José Miguel Martínez Alvarado que recibió 11 disparos en el cuerpo y fue rematado de dos tiros en la cabeza; Pedro Ortiz que recibió 15 disparos en el cuerpo y también fue rematado de dos tiros en su cabeza”. En: Mónica Echeverría Yáñez, ¡Háganme callar!, Santiago, Ceibo, 2016, p. 160.
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