El “contrato” de Pablo –permítaseme la figura– incluía todas aquellas cosas, pues el propósito de Dios para él era muy especial. ¿Qué incluirá nuestro “contrato”? No lo sé; sé parte del mío; pero, aunque no conozco todos los detalles, sé que algunas clausulas incluyen la posibilidad de “perder la vida” para ganarla –sea de forma virtual o real– estar “crucificado” con Cristo, renunciar a muchas cosas, etc. Lo que también sé es que “su voluntad” es “lo bueno, lo agradable y lo perfecto” para mí. El “contrato” –o pacto, si quieres– no obstante, nos garantiza vida eterna, que comienza aquí, dirección por medio del Espíritu Santo, fortaleza, protección, sustento, gozo, victoria, y multitud de otras cosas incluidas en la expresión “toda buena dádiva y todo don perfecto”, que usa Santiago, y que procede de “arriba” (St 1:17).
El apóstol Pedro dice: “Si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis… ni os inquietéis. Al contrario, santificad a Dios el Señor en vuestros corazones” (1 P 3:14). Y en el capítulo 4 añade:
No os sorprendáis del fuego de la prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciera. Al contrario, gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois ultrajados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (vv. 12-14).
Las implicaciones de nuestra ofrenda al Señor son las propias del sacrificio, no han de sorprendernos, y no son motivo para que entremos en depresión y desesperanza. Antes bien, debemos gozarnos porque suponen una bienaventuranza, pues la presencia del Espíritu de Dios está sobre nosotros.
El ruego de Pablo a los creyentes de Roma es especialmente válido para nosotros los pastores:
Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo , santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Romanos 12:1-2.
El ministerio genuino es una ofrenda total hecha a nuestro Señor y a favor de nuestros hermanos, es la ofrenda del servicio en imitación suya, que no vino “para ser servido”, sino “para servir”. Pablo reconoce en su carta a los Filipenses: “Que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado. Y aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros” (cp. 2:16-17).
Libación, sacrificio, servicio… GOZO.
Amén.
CAPÍTULO 3
La misericordia como norma
Porque misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.
Oseas 6:6
¡Qué tremenda palabra, misericordia! ¡Y qué ajena a la realidad humana! En el texto del encabezamiento va ligada al “conocimiento de Dios”. Podemos decir que, así como el evangelista Juan escribe que “el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4:8), quien no ejerce misericordia, tampoco lo conoce, porque el corazón de Dios está lleno de misericordia.
La misericordia es uno de los principales atributos divinos: implica emoción y sentimiento, acompañados de acción. Es una palabra muy bíblica, que aparece cientos de veces entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, mayormente referida a Dios en su relación con los seres humanos, aunque también como algo que se nos exige a nosotros como hijos de Dios.
No olvidemos que, según Santiago, “la misericordia triunfa sobre el juicio” (St 2:13), según la versión más literal de 1909, “se gloría contra el juicio”, es decir, que la misericordia prevalece sobre el juicio, al que se aferran los justicieros, los implacables y dogmáticos, los talibanes de todo credo a los que nosotros tampoco somos ajenos. La misericordia está por encima y Dios lo ha demostrado enviando a su Hijo, “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3:16).
Son varias las palabras de las Escrituras hebreas que son traducidas por misericordia. La más común es hesed , y está relacionada con benevolencia, amor, perdón, etc. El lector puede recurrir a una concordancia exegética, como la Young o la Strong, y comprobar cuántas veces aparece en cualquiera de los dos Testamentos. Es notable las muchas veces que aparece en los Salmos, un libro especialmente emocional en el que se expresan libremente los sentimientos humanos y también los divinos. ¡Cuán necesaria es la misericordia!
En la Escrituras cristianas del Nuevo Testamento, son tres las palabras griegas traducidas mayoritariamente por misericordia, pero la más común es eleos, también utilizada por los filósofos y escritores griegos profanos.
Nuestra palabra latina (en español, catalán, gallego, portugués, italiano, francés…) tiene el componente cordis , que significa corazón. El pastor según el corazón de Dios no puede prescindir de esta poderosa virtud, que está incluso por encima del sacrificio, tal como nos muestra el texto ya mencionado de Oseas.
Muchas veces la palabra misericordia se asocia a otras como amor, verdad, justicia, etc. Por ejemplo, Zacarías 7:9, “Juzgad conforme a la verdad , y haced misericordia y piedad cada cual con su hermano” (Zc 7:9).
El pastor –hombre o mujer– según el corazón de Dios ha de conocer lo que es la misericordia de Dios asociada a su verdad. Efesios 4:15 habla de “seguir la verdad en amor ”, otro ingrediente imprescindible, pero del que nos ocuparemos en el capítulo que sigue.
Ahora, ¿por qué Dios es misericordioso?
La respuesta es, porque sin sus misericordias nuestra condición de caídos no tendría remedio. El profeta Jeremías, en sus Lamentaciones, proclama: “Por la misericordia de Yahvé no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias; nuevas son cada mañana. ¡Grande es tu fidelidad!” (Jr 3:22-23). La gran característica que rige en las relaciones de Dios con nosotros, sus criaturas, es la misericordia. No puede ser de otra manera, porque su justicia requeriría el castigo por el pecado. La única solución es la amnistía, el perdón, pero para que este sea viable y aceptable en justicia, es la misericordia de Dios, su compasión por la humanidad y por su creación entera, la que ha previsto y puesto en marcha un plan de redención. Dios, como ser justo, no puede simplemente mirar a otro lado y decir, “¡Todo está bien, no pasa nada!” El apóstol Pedro afirma: “El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P 3:9).
¿Por qué todo esto cuando estamos hablando de pastores y a pastores? Porque en nuestro trato con las ovejas hemos de tenerlo muy claro, para que no pensemos que estamos en la posición de fiscales, o de perseguidores del pecado, que para eso ya hay quien se ocupa. Siempre me repito a mí mismo para que no se me olvide, lo que dice Hebreos respecto del sacerdote, que “puede mostrarse paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad” (He 5:2; cf. 7:28). Y Pablo es claro amonestando a los gálatas: “Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales , restauradlo con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo , no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Ga 6:1-2). Eso es misericordia: al errado se le corrige con “espíritu de mansedumbre”, conociendo nuestra propia debilidad e inclinación al error. Y, como nos recomienda el proverbio: “Con misericordia y verdad se corrige el pecado, y con el temor de Yahvé los hombres se apartan del mal” (Pr 16:6). Esa es nuestra misión a la hora de corregir y de restaurar. La verdad que libera, y la misericordia que recibe, sana y restaura. No hay como infundir el temor de Dios en el corazón de las personas para que se aparten del mal, como el vértigo nos aleja del borde del precipicio.
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