Como hemos dicho, son cientos los textos bíblicos que hablan de misericordia, tanto referida a Dios como parte de su carácter, como en relación con nosotros, sea por la necesidad que tenemos de experimentar la misericordia de Dios como por la invitación que se nos hace a practicarla con los demás. Un texto que me anima a hacerlo es Proverbios 11:17, que dice, “A su alma hace bien el hombre misericordioso, pero el cruel se atormenta a sí mismo”. Si fuéramos capaces de hacer un verdadero examen de muchas de nuestras actuaciones –hablo en general– nos daríamos cuenta de cuántas veces en nuestro mundo eclesiástico hemos obrado con crueldad, humillando al caído, rematando al herido, echando al equivocado, declarando en rebeldía a quien no aceptaba nuestros planteamientos, cerrando las puertas de regreso al que se había apartado del camino recto, etc. Hemos pensado que estábamos preservando la casa de Dios del error y de la contaminación, cuando en realidad estábamos actuando injustamente; fuimos justicieros, pero no justos. Siempre viene a mi mente el caso de José, el esposo de María, la madre de Jesús. El evangelio de Mateo lo llama justo por no haber querido infamar a su novia encinta sin su intervención, lo que para él era muestra evidente de su infidelidad. Sabemos lo que dice la Ley, pero como afirma Pablo, la Ley mata, porque su fin es condenar. El Espíritu vivifica, da vida, sana, restaura. Quien hace misericordia beneficia a su propia alma; no necesita terapia para su desequilibrio psicológico, porque no hay nada más equilibrante que la misericordia, que la benignidad para con los demás. Las personas patológicamente estrictas con el prójimo, los justicieros y perfeccionistas, viven amargados y amargando a los demás. Son dañinos y tóxicos. Con esto no quiero decir que tengamos que ser indulgentes con el pecado o con los errores ajenos. No, no hay que serlo; ni con los propios tampoco. Simplemente significa que hay que tratar los casos como lo haría Jesús, o como aconseja Pablo, con mansedumbre, con prudencia, con respeto hacia el caído, sabiendo que nosotros mismos podemos caer en el error, tendiendo la mano para levantar al caído tal como nos gustaría que nos la tendieran a nosotros en el caso de caer, lo cual es absolutamente probable, dada nuestra condición humana. Si no caemos más veces es porque Dios nos guarda, pero para ello hemos de permanecer humildes, porque al altivo Dios lo deja a merced de sus propias capacidades y, como es natural, más tarde o más temprano, acaba tropezando y cayendo en aquellas mismas cosas en las que ve caer al prójimo.
Mateo nos cuenta que Jesús, “Al ver las multitudes tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9:36). Por eso, a continuación, menciona la necesidad de enviar “obreros a la mies”, una metáfora del ministerio, porque “a la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos” (v. 37). La palabra traducida por “tuvo compasión” es una de las variantes del Nuevo Testamento sinónima de misericordia y que literalmente significa que se conmovió en sus entrañas ante la visión de un pueblo disperso y confundido, siendo ese pueblo el suyo propio, el Israel de Dios. Esas mismas entrañas son las que se nos han de conmover a nosotros ante nuestro pueblo, sea cual sea su condición espiritual. Débora se sintió madre en Israel, y nosotros, pastores y pastoras, hemos de sentirnos igualmente conmovidos por un profundo sentimiento de empatía con el pueblo de Dios, con nuestras congregaciones, sean como sean, imperfectas, latosas o brillantes en la fe. Ya sabemos que hay mucha gente desagradecida, mucha gente remisa, muchos oidores de la palabra y pocos hacedores, pero nuestro sentimiento ha de ser el mismo que habita en el corazón de Dios.
Se suele decir que la obra misionera está o nace en el corazón de Dios. ¡Claro que sí! Pero en el corazón de Dios hay muchas cosas más, está su obra plena, también el atender a las ovejas, protegerlas y cuidar de ellas, llevarlas a buenos pastos, curarlas, etc. “Yo soy el buen pastor [dice Jesús] y conozco mis ovejas, y las mías me conocen , así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas” (Jn 10:14-15). La labor pastoral de Jesús, y en consecuencia la nuestra, nace y ocurre en el corazón de Dios. Conocer a Dios, conocer las profundidades de su corazón, es fundamental para quien le sirve.
Como pastores según el corazón de Dios hemos de hace de la misericordia nuestra norma de actuación. He oído muchas veces la expresión, “no hagas esto o aquello, porque no le gusta al pastor”, verbalizada por alguien aconsejando a otro. ¡Qué visión más errónea de la función espiritual que ejerce el pastor! Nuestra tarea no es perseguir a las ovejas a ver qué hacen o qué no hacen, sino guiarlas a buenos pastos. Como creyentes no estamos para agradar al pastor sino a Dios, pero tampoco el hecho de que una afirmación tal no sea afortunada ha de servirnos para ir por libre por la vida, sin rendir cuentas a nadie y desoyendo los consejos pastorales. La autoridad no está reñida con la misericordia, antes bien, “La misericordia y la verdad guardan al rey, y con clemencia se sustenta su trono [símbolo del fundamento de su autoridad]” (Pr 20:28). Evidentemente, los pastores no somos soberanos sobre nuestras congregaciones, pero sí desempeñamos una autoridad delegada por Dios, que es lo que representa el rey aquí.
Dios es misericordioso y quiere que nosotros también lo seamos. La misericordia de Dios nace de su amor, ese amor que le llevó a encarnarse como ser humano y morir por nosotros, pagando así la deuda de nuestros pecados, los de toda la humanidad, satisfaciendo así su justicia.
El amor, pariente de la misericordia, es el tema del capítulo que sigue.
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