En la introducción del libro Ternura, la revolución pendiente , escrito por varios autores, 3se dice lo siguiente: “Necesitamos revisar los discursos, las prácticas y las vivencias de la fe en los que la ternura se haya anulado e incorporarla desde las voces de los niños, las niñas y los adolescentes” (p. 24).
La pastora de la iglesia Presbiteriana-Reformada de Cuba, Ofelia Ortega, en el capítulo que le corresponde escribir, titulado “Presencia de la ternura en el Primer Testamento”, hace una descripción de la ternura con un alto contenido poético, que me permito reproducir:
La ternura es una palabra o un silencio que se convierte en ofrenda para el que sabe escucharlo con confianza. Es nuestra mirada de asombro ante todo cuanto nos ofrecen; es nuestra mirada de amor ante todo cuanto nos dan. Es saber dar y recibir al mismo tiempo; es saber aceptarnos en el momento presente; es aprender a desarrollar nuestra capacidad para no vivir de la nostalgia, de los recuerdos o de la amargura del pasado. Es aprender a no perseguir el futuro, idealizándolo o anticipándonos a él. Es aprender a aceptar realmente dónde estamos. Es una galaxia que viaja por el cielo de los encuentros, que nos prolonga hasta las estrellas de la vida. (P. 179).
Jesús es nuestro modelo de ternura, de afecto y de cercanía, de misericordia. Nadie como él. El libro, en general, corrige el error de considerar al Dios del Antiguo Testamento como severo y justiciero, rescatando del olvido que Dios, justo por supuesto, es sobre todo Dios de misericordia, manifestada infinitamente con su pueblo, un pueblo “rebelde y contradictor”. La parábola del hijo pródigo es una muestra de ello. El padre, personaje principal, que representa a Dios, es capaz de correr al encuentro de su hijo rebelde, el “malo”, y de dialogar con el mayor, supuestamente el “bueno”, rompiendo todos los esquemas propios de su tiempo y cultura. Ese mismo es el Dios del Antiguo Testamento, un Dios tierno y amoroso, de misericordia sin límites. Ese es también nuestro Dios hoy.
En los capítulos que siguen nos ocuparemos de dos sentimientos que habitan el corazón de Dios, el amor y la misericordia, porque ambos han de habitar en nuestros corazones igualmente. No olvidemos que ambos son frutos del Espíritu Santo, es decir, que no nacen de nuestro propio corazón, sino que solo él los puede producir. El corazón de Dios es nuestra fuente inagotable de recursos para el buen desarrollo y cumplimiento de nuestra misión pastoral, que no es otra que la que Jesús encomendó a Pedro a orillas del mar de Galilea: “Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas” (Jn 21:15-17).
1. Isaías 64:4
2. Recordar la máxima de M. McLuhan, “El mensaje es el medio”.
3. Segura, Harold, y otros autores, editado por CLIE. Es un libro interesante por la perspectiva básica que presenta, aunque debido a ser escrito por diversos autores de distinta procedencia y adscripción el resultado es bastante desigual. Hay buenos capítulos, con buen contenido y exégesis interesantes. Otros no tanto, con un lenguaje más propio de la teología de la liberación y su consiguiente ideología política que de un libro de contenido teológico propiamente dicho. No obstante, siguiendo la máxima paulina de “examinarlo todo y retener lo bueno”, merece la pena leerlo y sacar conclusiones propias. Es un libro escrito principalmente para tratar los problemas de la niñez y la adolescencia y de qué manera las iglesias cristianas pueden responder a ellas en el contexto de la América Latina, con sus especiales características. Requiere, por tanto, una lectura con mente abierta sin eliminar el espíritu crítico si lo leemos desde otras perspectivas.
CAPÍTULO 2
Oficio o sacrificio
Que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que nohe corrido en vano, ni en vano he trabajado. Y aunquesea derramado en libación sobre el sacrificio y serviciode vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros.
Filipenses 2:16-17
Nos enfrentamos aquí a la naturaleza del ministerio pastoral: ¿es un oficio o profesión, o en realidad es un sacrificio , en el sentido de la entrega que uno hace de sí mismo ante el sublime llamamiento divino?
Hace años, habiendo sido invitado a compartir la Palabra con mis colegas de las Asambleas de Dios de Francia reunidos en una convención regional, consulté con uno de sus máximos líderes, la persona que me había invitado, acerca del tema que quería tratar, que no era otro que el ministerio pastoral. Usaba yo la palabra métier , la equivalente francesa a la española oficio, para referirme a su tarea rutinaria, su labor como siervo o sierva de Dios. Se me desaconsejó usarla, porque mayoritariamente sería malentendida. Evidentemente, no la usé en mi exposición. Puede que, en los medios de habla española, tanto en España como en las Américas u otras tierras donde se hable nuestro idioma, haya personas a quienes también pueda desagradar el uso de la palabra oficio referida al ministerio, pero lo cierto es que nuestras Escrituras traducidas al español la usan. Lo importante no es la palabra en sí, sino cómo se usa, qué significado se le da y qué contenido conlleva. Veamos.
En el Antiguo Testamento la palabra se aplica a cualquier actividad laboral humana (ej. el oficio de copero, en Gn 40:21) como a la labor a desarrollar por sacerdotes y levitas (Nm 4:4,19,24). La palabra hebrea hace referencia a su labor o responsabilidad en el servicio del tabernáculo, a su ministerio.
En nuestras versiones Reina-Valera modernas del Nuevo Testamento, la palabra oficio aparece también con el doble significado, con la particularidad de que, por ejemplo, en Hechos 1:20, relativo a la sustitución de Judas como apóstol, en la frase “tome otro su oficio” (“que otro tome su cargo”, dice la Biblia de las Américas), la palabra griega traducida por oficio o cargo es episkopen , correspondiente, como todos podemos identificar, con episcopado o supervisión. La versión RV1909, traduce literalmente por obispado . Pero cuando se habla de oficio como actividad laboral, por ejemplo, cuando se habla de Pablo que era fabricante de tiendas, como sus compañeros Aquila y Priscila (Hch 18:3), la palabra original griega para oficio es techne , de donde se derivan técnico, tecnología, tecnicismo, etc. y se refiere a la labor artesana.
Tras este breve análisis, podemos decir que, en cierto modo y según el contexto en que lo digamos, ocasionalmente el ministerio pastoral es un oficio , es decir, una actividad a la que nos dedicamos, aunque sea de carácter espiritual. No hay que escandalizarse por ello, pero, con todo, el ministerio pastoral es mucho más que un oficio. Por eso en el título del capítulo lo contrapongo a sacrificio . Ambos vocablos tienen en común el sufijo - ficio , que es indicativo de algo que se realiza, que se hace. El primero de los vocablos se refiere a una labor indeterminada, de cualquier índole, normalmente artesana, aunque habitual. La raíz del segundo de los vocablos es sacri -, que hace referencia a lo sagrado, por eso sacrificio es equivalente a ofrenda , lo que se ofrece de manera voluntaria y, en este caso, habitual. No olvidemos que la etimología de la palabra sacerdote es uno que hace u ofrece sacrificios. Todos los creyentes en Cristo somos sacerdotes, pues permanentemente le ofrecemos sacrificios espirituales, especialmente el sacrificio vivo de nuestra propia vida (Ro 12:1). Cuánto más quienes hemos dedicado nuestras vidas a servirle en el ministerio.
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