Y el Verbo [Logos] se hizo carne
y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad;
y vimos su gloria,
gloria como del unigénito del Padre.
Juan 1:14
Jesucristo, el Logos divino humanizado, es el mensaje más expresivo del corazón de Dios. Porque como sigue diciéndonos Juan en su prólogo al cuarto evangelio:
En el corazón de Dios, en sus más íntimas profundidades, residen sus pensamientos, sus sentimientos y sus planes, su mensaje para todo el cosmos que él creó, en donde colocó a los seres humanos; en definitiva, el Logos divino. La Biblia también se refiere a todo ello como el secreto o los secretos de Dios. Dice el profeta Amós, “Porque no hará nada Yahvé, el Señor, sin revelar su secreto a sus siervos los profetas” (Am 3;7). Precisamente, lo que reprocha Dios a los malos pastores de su pueblo por boca de Jeremías es que viven ajenos a ese secreto: “Si ellos hubieran estado en mi secreto , habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino y de la maldad de sus obras” (Jr 23:22). Las dos referencias al secreto del Señor tienen la misma raíz hebrea, que tiene que ver con fundamento, y es que, en las profundidades de Dios, en su corazón, están los fundamentos del universo y de su relación con los seres humanos.
Dios declara la infinita distancia que hay entre sus profundidades y las nuestras, entre su corazón y el nuestro: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos», dice Yahvé. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos, más que vuestros pensamientos” (Is 55:8-9). Dios piensa, siente y actúa de manera santa, es decir, totalmente diferente a como pensamos, sentimos y obramos nosotros, seres humanos. Su corazón está lleno de luz, el nuestro de oscuridad y tinieblas; el suyo rebosa amor; el nuestro, egoísmo, desconfianza, enemistad, rencor y odio. Ciertamente hay una diferencia.
Pero, una vez establecida la distancia, Dios se abre para que podamos penetrar en sus profundidades, en su secreto, para que podamos conocer su corazón:
Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones [escribe el apóstol Pablo], a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef 3:17-19).
Según esta escritura, creo que podemos establecer dos principios básicos:
Uno: que, para tener un corazón según Dios, en nuestro corazón tiene que habitar Cristo, el Hijo de Dios, quien siendo Dios mismo y habitando en él ( pros ton Theon , según Juan 1:1), nos revela al Padre, porque
La Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás;
el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre,
él lo ha dado a conocer.
Juan 1:17-18
Dos: que conocer el corazón de Dios para poder adaptar el nuestro al suyo significa conocer –vivir, experimentar y comprender– su amor, que es el amor de Cristo, porque “Dios es amor”. Desarrollar el amor de Cristo en nosotros, fundamentarnos en él, nos permite conocer las profundidades del amor de Dios. Nada supera a esta experiencia. Por eso el apóstol Juan avisa: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4:8). Queda muy claro: quien no ama, no conoce a Dios. Es toda una sentencia. ¿Cómo podemos pensar que cargados de odio y resentimiento, espumando ira y violencia, llenos de rencor podemos estar en el camino de salvación? Mucho menos ejercer un ministerio, cualquiera que sea, y todavía menos, el de pastor.
Los pastores según el corazón de Dios son aquellos que lo conocen bien. Por supuesto, todo creyente genuino conoce a Dios, y de entre ellos, Dios llama a algunos para ejercer el ministerio de pastor. Pero, además, ha de ser alguien que conozca sus profundidades, que esté en “su secreto”, y eso significa que es un proclamador de la Palabra, alguien que con su mensaje –palabra y testimonio 2– hace volver a la gente de su mal camino, produce conversiones, consigue que el reino de Dios se extienda. Es alguien que, por vivir en cercanía y en intimidad con Dios, conoce bien su voluntad y, por tanto, se ajusta a ella, se conforma –en el sentido de adaptarse a su forma– y le obedece llevando así a efecto sus planes, su propósito para el individuo y para la iglesia.
Vemos esta verdad ilustrada negativamente por Saúl, primer rey de Israel. La impaciencia le llevó a cometer un error garrafal: ante la tardanza de Samuel, que se había comprometido a llegar pero que no llegaba, Saúl opta por actuar por su cuenta y ofrece el sacrificio que le correspondía ofrecer a Samuel como profeta de Dios y sacerdote. Las palabras de Samuel son definitivas:
Locamente has actuado; si hubieras guardado el mandamiento que Yahvé, tu Dios, te había ordenado, Yahvé habría confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Pero ahora tu reino no será duradero. Yahvé se ha buscado un hombre conforme a su corazón , al cual ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Yahvé te mandó. (1 S 13:13-14).
Aquel hombre conforme al corazón de Dios fue David.
El día que Samuel acudió a casa de Isaí para ungir al futuro rey de Israel, viendo al mayor pensó que no había duda, que él era el escogido, pero Dios le dijo: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Yahvé no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Yahvé mira el corazón ” (1 S 16:7). No son las apariencias, ni las capacidades humanas las que nos potencian para servir al Señor. Dios mira nuestro corazón, si en él cabe su presencia, si es dócil y moldeable; puede que sea imperfecto, como seguramente lo será, pero que sea un corazón que permita a Dios modelarlo “conforme al suyo”, como barro en sus manos al que da la forma que él quiere.
Sabemos que David, aquel hombre conforme al corazón de Dios, cometió enormes errores, pecados horribles que hicieron mucho daño, por los que pagó caro; pero siempre fue capaz de reconocerlos y de arrepentirse. Autor de toda una colección de Salmos, escribe:
¿Quién puede discernir sus propios errores?
Líbrame de los que me son ocultos.
Preserva también a tu siervo de las soberbias,
que no se enseñoreen de mí.
Entonces seré íntegro
y estaré libre de gran rebelión.
Salmo 19:12-13
Y también:
Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Salmo 51:17
Si somos pastores según el corazón de Dios , no es necesario que seamos perfectos, en el sentido que no cometamos errores, pues sin lugar a dudas los cometeremos, pero sí que nuestro corazón sea capaz de reconocerlos humildemente, pedir perdón por ellos y corregirlos. Es decir, hemos de ser moldeables, capaces de aprender de las lecciones de la vida y de cambiar por la acción del Espíritu Santo. La persona que llega a la conclusión de que ya lo sabe todo, que no necesita avanzar, ha llegado también al nivel de máxima incapacidad. La realidad lo irá dejando atrás hasta llegar a ser irrelevante. El problema suele ser que uno no se da cuenta de esta realidad hasta que se crea un desfase casi infranqueable.
Quizá, una de las lecciones importantes que hemos de aprender es la de abandonar la rigidez, la dureza –que a veces llega a ser crueldad o, como mínimo, insensibilidad– y dejarnos moldear por el Espíritu dulce y tierno de Dios. He mencionado antes algunas palabras de Pablo dirigidas a los tesalonicenses. Me refiero de nuevo a esa primera carta suya, citando palabras entrañables del apóstol para sus convertidos: “Nos portamos con ternura entre vosotros, como cuida una madre con amor a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, porque habéis llegado a sernos muy queridos ” (1 Ts 2:8). ¡Qué palabras escritas por alguien tenido por rudo o “tosco en la palabra”! ( 2 Co 11:6). Habla de ternura como característica de su trato con los creyentes, de amor materno, de afecto, de sentimiento entrañable, y se refiere a sus interlocutores como “muy queridos”.
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