¿No es un privilegio ser “embajadores” de Cristo? ¿que Dios nos use para anunciar sus buenas nuevas y ser portadores del mensaje de reconciliación entre él y los hombres? Ciertamente lo es, así como también una responsabilidad como ya hemos dicho y el mismo apóstol reconoce: “Si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciara el evangelio!” (1 Co 9:16).
Estimado compañero o compañera en el ministerio, deseo que cuanto sigue te sea de bendición e inspiración. Te lo dedico, como hace unos días decía en un encuentro telemático con pastores de la capital federal de México: no desde la cátedra de quien sabe algo, poco o mucho, sino desde el sillón de la reflexión pausada y tranquila, con el simple deseo de compartir lo que entiendo que la palabra de Dios me dice, con la ayuda preciosa del Espíritu Santo que la ilumina. Tengo en alta estima el ministerio pastoral; he cubierto casi 50 años en pleno ejercicio, con experiencias diversas, pero siempre viendo la mano de Dios y su gloria manifestándose a mi alrededor. He desempeñado funciones diversas en la obra de Dios, he cometido errores, he alcanzado metas, he aprendido mucho, he tenido que desaprender también otras cosas, porque de todo hay en la vida, que cambia constantemente y te hace cambiar, pero hasta aquí, “la mano del Señor ha estado conmigo” y con mi familia, mi esposa y mis hijos. Solo puedo darle la gloria a Dios y las gracias por su amor y misericordia.
Amén.
CAPÍTULO 1
El corazón de Dios
¡Profundidad de las riquezas, de la sabiduría ydel conocimiento de Dios!¡Cuán insondables son sus juiciose inescrutables sus caminos!
Romanos 11:33
Al abordar este capítulo sobre el corazón de Dios hemos de hacernos una pregunta: ¿A qué se refiere la Escritura cuando habla del corazón de Dios? ¿acaso Dios tiene un corazón como nosotros, o manos, o pies, como tantas veces habla la Escritura?
Cualquiera que tenga unos conocimientos de literatura o de hermenéutica sabe que esto es un recurso expresivo del lenguaje llamado antropomorfismo , que consiste en atribuir a un ser no humano, o a una cosa o idea, características humanas. Sabemos que Dios no es “hombre” –aunque se hizo hombre en Cristo Jesús, pero esa es otra historia que vino después– sino espíritu, categoría que, de nuevo, utilizando otro recurso del lenguaje llamado símil , se equipara al aliento o al viento, tratando de describir algo inmaterial que, como le dijo Jesús a Nicodemo, “sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3:8). El Espíritu de Dios es su aliento, pero Dios no tiene pulmones. Entonces, quiere decir que se equipara al “respirar” de Dios. Un cuerpo que no respira, está sin “espíritu”, está muerto. Dios es la vida, y esa vida nos es dada por medio de Jesucristo.
Es que Dios es otro tipo distinto de ser, absolutamente otro , que se categoriza en la Escritura con el concepto de santo , siendo la santidad el carácter de Dios que lo distingue de su creación. Es lo que se llama la alteridad de Dios –del latín alter , otro. Está muy claro que Dios es moralmente distinto a nosotros, los seres humanos, e incluso a los ángeles y criaturas celestes, pero sobre todo, lo que lo hace distinto es su esencia, la naturaleza de su ser. Como dijo Paul Tillich en frase sorprendente y polémica, “Dios no existe. Dios es”, porque la existencia es cualidad de los seres creados, mientras que a él le corresponde la cualidad absoluta de SER. Nosotros somos sus criaturas; él es el Creador, increado, sin origen ni fin. Existimos, porque él nos ha dado la existencia y el ser, y sin él ni existiríamos ni seríamos.
Dios, en su revelación, para que en alguna medida lo podamos entender, ha infundido el lenguaje en los seres humanos, obra cumbre de su creación; y como desea vivir en relación con nosotros, utiliza nuestros propios medios de comunicación para poder hablarnos. Es lo que la teología llama lenguaje analógico, por similitud, porque de otro modo no podríamos entender nada de Dios. Así, al menos, nos aproximamos.
Dios no tiene cuerpo físico, aunque el Logos divino, a quien llamamos 2ª persona de la Trinidad, expresión teológica para que podamos entender que Dios, aun siendo uno y solo uno, es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo, porque así lo revelan las Escrituras. Además, esos tres componentes de la divinidad única, no son meras funciones o “modos” divinos, sino que tienen voluntad propia, siendo interdependientes. A la Divinidad así revelada en las Escrituras llamamos Trinidad, término acuñado por Tertuliano y que, aunque no está en la Biblia, trata de expresar de la mejor manera posible, aunque limitada, una verdad bíblica que supera nuestra capacidad de comprensión racional pero que no por eso deja de ser cierta, porque, aunque nos cueste admitirlo, nuestra capacidad racional no es la medida de todas las cosas. El universo nos supera, no cabe duda; y Dios nos supera infinitamente más.
La Biblia también habla del corazón de los hombres, aunque bajo un diagnóstico fatal, pues ya en el libro de los orígenes, el Génesis, dice que “todo designio de los pensamientos de su corazón sólo era de continuo el mal” (cp. 6:5), o que “el corazón del hombre se inclina al mal desde su juventud” (cp. 8:21). Todos conocemos el texto de Jeremías que dice que el corazón del hombre es “engañoso más que todas las cosas y perverso” (Jr 17:9); y Jesús amplia el diagnóstico y lo detalla: “De dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo y la insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mr 7:21-23). Es evidente que esta descripción del corazón humano contrasta diametralmente con la que se hace del corazón de Dios a lo largo de toda la Biblia. Creo que Jesús lo describió con mucha precisión y no hay quien lo pueda negar.
Con todo, también se dice que Dios “todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin” (Ecl 3:11), lo que le confiere una dimensión que lo hace susceptible de entenderse con Dios y de percibir en alguna medida todo cuanto tiene que ver con su Creador, siempre y cuando actúe en él la iluminación del Espíritu Santo. El apóstol Pablo declara lo siguiente: “Si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; esto es, entre los incrédulos, a quienes el dios de este mundo les cegó el entendimiento, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co 4:3-4). El evangelio está encubierto –no lo pueden percibir ni entender– para quienes son incapaces de creer en él; y esto es así debido a que Satanás, el dios de este mundo, ha cegado sus entendimientos para que no crean, esos que “se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Ts 2:10). Así que es posible, gracias a esa dimensión de eternidad que Dios ha puesto en el corazón humano, llegar a percibir las cosas de Dios.
Es cierto que no hay un capítulo ni un párrafo concreto en alguno de los libros que constituyen las Escrituras que explique en su plenitud cómo es el corazón de Dios. Pero a todo lo largo de los escritos bíblicos se van mostrando sus atributos y las profundidades de su ser de manera paulatina y progresiva. Las propias historias bíblicas, con personas humanos reales en trato con Dios nos van mostrando cómo es él. Como reconoce Pablo glosando a Isaías: “Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre , son las que Dios ha preparado para los que lo aman. 1Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios ” (1 Co 2:9-10). El texto asocia de alguna manera el corazón humano y “lo profundo” de Dios, marcando la dificultad humana para entender esas profundidades, únicamente superada por el Espíritu Santo cuando ilumina la mente y el corazón de los que tienen a Cristo. Leyendo las Escrituras, por sus muchas referencias a determinados órganos del cuerpo, el corazón, los riñones, el vientre, los huesos, las entrañas, etc. sabemos que en realidad se habla del origen o de determinadas actitudes que residen en el interior de nuestra naturaleza. También se mencionan determinados miembros o sentidos, como los ojos, los oídos, la boca, los pies, las manos, etc. para expresar nuestras capacidades de ver, oír o actuar. En ocasiones, estas características se le atribuyen a Dios para que por analogía podamos entender en alguna medida cómo es o cómo puede obrar él en el medio natural y humano. El antropomorfismo alcanza su máxima expresión en la encarnación, tal como nos lo muestra el evangelio de Juan:
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