Jon Echanove - Los planes de Dios

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A causa del Brexit, Richard ha perdido todo lo que tiene. Ahora solo espera un milagro que lo salve o, en su defecto, hallar el valor necesario para quitarse la vida. Sin embargo, lo que encontrará será un nuevo trabajo en Manila, donde Rose sobrevive sin desear gran cosa, salvo que sus dos hijas puedan encontrar una vida digna fuera del arrabal que las asfixia. En Manila también vive Caloy, un hombre egoísta y violento que acaba de obtener un cargo importante de policía en Metro-Manila. Tres vidas que acabarán cruzándose en una tragedia inevitable porque, aunque creamos que tomamos nuestras decisiones libremente, no hacemos más que seguir los planes que Dios tiene para nosotros

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Adam le contó por encima los proyectos en los que estaba trabajando, se quejó de los burócratas que hacían imposible tener un negocio, se apasionó contando una nueva tecnología de cristales de ventanas con células fotovoltaicas en la que había invertido, y cuando sonó su teléfono, se disculpó por no poder estar más rato con Richard. Sacó una tarjeta de visita y se la ofreció.

—Me encantaría comer un día si pasas por Londres. Y de paso saber qué vas a hacer ahora. Nuestra empresa está siempre buscando nuevas oportunidades.

Richard respondió que le escribiría y le acompañó hasta la puerta, aún sin encontrar el valor o la humildad de pedirle ayuda, a pesar del elegante y delicado ofrecimiento de Adam.

Recorrió el pasillo de vuelta a la habitación de su padre, acariciando la tarjeta de visita mientras de fondo se escuchaba la retransmisión de un partido de fútbol en la televisión. Eso era garantía de que su padre estaría pegado a la pantalla, lamentándose de que Mikey se hubiera muerto. Por lo visto, tenía mimbres de gran portero.

Antes de entrar en la habitación volvió a mirar la tarjeta de Adam y, sumergido en la calidez que le había mostrado su antiguo socio, se atrevió a enviarle un mensaje:

“Muchas gracias por no mencionar que tú tenías razón y yo no. Te visitaré en Londres. No tengo ni idea de lo que voy a hacer, excepto intentar ganar urgentemente algo de dinero. Se aceptan sugerencias, aunque te parezca increíble”.

Capítulo 6

Desde la puerta del cuarto de invitados se podía ver la luz ambarina del atardecer inundando el pasillo. Se incorporó en la cama, dispuesto a salir y disfrutar una vez más de las pinceladas rosas y naranjas sobre el mar y las nubes como en tantas otras ocasiones. Pero la idea de que esa vez podría ser uno de los últimos ocasos que presenciara desde su casa, le llenó de desazón y se quedó inmóvil, paralizado por el miedo de no saber qué carajo estaba haciendo con su vida.

Hacía dos semanas que se había encontrado casualmente con Adam y desde entonces nada había cambiado. En los días siguientes de haberse atrevido a pedir ayuda a su antiguo socio, se había despertado cada mañana con la certeza de que ese sería el día en que su suerte cambiaría. Ya no esperaba que ocurriera. Poco a poco, se había difuminado la certeza de que volver a ver a Adam era un astuto plan elaborado por Dios para compensarle por el infortunio que le había ocasionado en los últimos años, uno de aquellos milagros que la Biblia aseguraba que podía hacer si le venía en gana, ejecutado en este caso en la intimidad del pasillo de un geriátrico, lejos de las miradas de sus fieles. Pero no. Dios, tras destrozarle la vida, ya se había cansado de él.

Mientras tanto, el abogado de Sarah le había entregado en mano una carta tan cargada de formalidades y términos legales que había tenido que leerla tres veces para entender su contenido, aunque a la primera ojeada el tono educado pero amenazador le hizo sentirse de inmediato en peligro y vulnerable. Aterido por el vértigo de sentir que toda su vida llegaba a un punto sin retorno donde ya no tenía control sobre nada, se había pasado todo un día llamando a Sarah para amenazarla, insultarla o suplicarle, dependiendo de la hora, sin que ella se dignara a responder. La otra única persona a la que pensó contactar para aliviar su desesperación era Adam. Estaba convencido de que su exsocio podría sugerirle alguien que le proporcionara la ayuda legal que cada vez era más evidente que necesitaba. Además, él tenía la experiencia de haberse divorciado, y por lo visto en inmejorables condiciones. Pero se contuvo. Lo que necesitaba de su antiguo socio era que se hiciera realidad la certeza con la que le había dicho “dame unos días, seguro que hay algo para ti”. No quería que Adam perdiera el tiempo buscando un abogado que, en cualquier caso, Richard no podría pagar.

Sonó el teléfono y reconoció el número de la residencia. Por un instante, fantaseó con la idea de que le llamaban para comunicarle que su padre se había muerto, y esa idea le llenó al mismo tiempo de excitación y tristeza. En los últimos años, desde que todo empezó a ir mal, había deseado que al fin falleciera. Y, sin embargo, por alguna razón oculta en su psique, que su padre ya no existiera le despertaba una intensa soledad, una derrota infinita a la que no sabía cómo enfrentarse.

—¿El señor Stevens?

Respiró hondo para aplacar el palpitar ansioso de su corazón antes de responder dubitativamente.

—Sí, soy yo.

—Soy Clara Fox, la responsable del departamento financiero de la residencia.

Richard se puso de pie con la agitación y el hastío de tener que repetir una y otra vez esas conversaciones sobre los pagos retrasados, sobre el dinero que él no tenía ni tendría a menos que vendiera su casa. Protegido por la realidad de que su padre no se había muerto, deseó que así hubiera sido, por lo menos le ofrecería algo nuevo de lo que hablar.

—Ya se lo dije a Andrew. En cuanto se resuelva un problema administrativo, os daré vuestro maldito dinero.

Clara continuó su discurso sin dar muestras de haber oído o inmutarse por las palabras de Richard.

—Hace una semana le remitimos una carta anunciando que la habitación de su padre se pondría disponible a nuevos clientes, a menos que se cubrieran las deudas antes de final de este mes. El plazo se cumple dentro de tres días. Como no hemos recibido respuesta, ni, de momento, pago alguno, solo queríamos confirmar que usted es consciente de que tendrá que recoger a su padre, el señor Victor Stevens, este viernes.

Richard no había leído la carta, que con seguridad seguía estrujada entre la montaña de correo que se acumulaba en el buzón.

—Pero ¿cuántas veces tengo que decirlo? Estoy esperando la respuesta del ayuntamiento sobre las ayudas para pagar la residencia…

—El ayuntamiento ha denegado la ayuda, señor Stevens —le interrumpió la responsable del departamento financiero con el mismo tono de voz monótono y desapasionado—. Nos hemos encargado de verificarlo antes de contactarle. Imagino que la comunicación también le ha sido remitida por carta. Puedo sugerir al ayuntamiento que le llame por teléfono, si usted quiere.

Buscó algo que decir, aparte de un susurrado “no hace falta” y, tras unos segundos en silencio, colgó. Contuvo las lágrimas y se tumbó en la chirriante cama lamentando que no supiera cómo suicidarse, frustrado de que en realidad no quisiera morirse y que quitarse la vida requiriera, si cabe, aún mayor sufrimiento y desesperación.

Envidiaba de su padre esa pasividad e intrínseco egoísmo que le había preservado de cualquier culpa o sufrimiento. Victor Stevens solo había deseado sobrevivir haciendo lo mínimo posible, convencido de que no tener nada era garantía de no perder nada. Por eso, imaginaba Richard, le había apesadumbrado tanto tener un hijo. Y el disgusto se había convertido en una tortura cuando el cáncer se llevó a la madre de Richard. Rescató de su memoria uno de los pocos recuerdos de ella, apoyada sobre unas escaleras, acariciándose el costado derecho por donde parecía brotar un dolor que le retorcía el cuerpo y el rostro. Allí estuvieron hasta que vino una ambulancia y la llevaron al hospital. Richard pasó esa noche en la casa de un vecino. No recordaba mucho más de ese evento, ni siquiera cuándo volvió a ver a su madre. En cambio, se le quedó grabado en la memoria el calor y la limpieza del cuarto donde durmió, y la impresión que le causó descubrir que otra gente vivía infinitamente mejor que él.

El teléfono vibró. Le llamaban desde uno de esos números privados que no dejan ver el origen de la llamada. Por lo visto, Clara Fox, la diligente financiera, había sugerido y convencido al ayuntamiento para que le llamaran y no dejar ni un cabo suelto en su labor de cargarle con su padre.

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