El representante de la delegación ladeó la cabeza, mirando a MC con un visible hartazgo.
—Lo sé, MC. Ya sé lo que piensas tú. Lo he oído unas cuantas veces. De hecho, millones. Pero mientras no haya un marco regulatorio que requiera de esa red de laboratorios, nadie, ni el gobierno, va a invertir en ellos.
MC le dio la razón, pero a continuación le recordó a Marcel que ya se había intentado en el pasado la construcción de un nuevo laboratorio, incluso se constituyó una asociación para asegurar el control del mercado, y ninguna de aquellas iniciativas había servido para nada. Marcel negó con la cabeza con un gesto de derrota y se dirigió a Richard.
—El experto eres tú. Da igual cuál sea el primer paso, pero el resultado final, con o sin nueva ley, debe ser una reducción de la certificación obligatoria. Es muy importante que el ministro Navarrete lo oiga de tus labios.
A partir de ahí, la reunión se transformó en una charla amistosa sobre las bondades de la vida en Manila y cuánto la iba a echar de menos Marcel, que la semana siguiente cogía vacaciones para organizar el traslado a Delhi, su nuevo destino.
—De hecho, mañana mismo vienen los de la mudanza a empaquetar, al menos eso espero. No creo que pueda acompañar al embajador al seminario, pero el responsable de prensa irá.
MC lo lamentó teatralmente y le aseguró que todo estaba bajo control, incluso sin su augusta presencia.
Richard volvió a recuperar su pasaporte y teléfono de la caja de cartón donde habían descansado durante la reunión, y descubrió que tenía un mensaje de voz. Era de la residencia de su padre, informándole de que, tras un brote de neumonía, se había hecho unas pruebas adicionales a todos los residentes, que, faltaría más, Richard tendría que pagar. MC fumaba con su sofisticada pose a unos metros de distancia y se le encogió el estómago de rabia. Todo el dinero que ganaría en esa misión iba a desaparecer con un soplo de aire y él tenía que soportar ese vértigo de no llegar a final de mes, mientras que allí, en Manila, se esperaba de él que sedujera a un ministro, codeándose con aquellos que decidían la política industrial del país. Sin embargo, y aunque fuera una lamentable pérdida, ser un reconocido experto no era más que un oasis en el desierto de su realidad, la de desear que su padre se muriera lo antes posible para que no acabase con el poco dinero que le quedaba.
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