Julieta P. Carrizo - La llamada de Siete Lagos

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Seis extraños son llevados por misteriosas circunstancias hasta Siete Lagos, un pueblo perdido en los helados bosques de Rusia. Cada uno perseguirá su propia ambición, pero el antiguo asentamiento tiene sus propios planes y ellos deberán cooperar si esperan salir de allí con vida. Intérnate en el pozo de la mente y sigue la música del miedo hasta sus últimas consecuencias para descubrir el verdadero significado de las pesadillas.
Pero no des ni un paso en falso, aquí nada es lo que parece.

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Algo positivo del pueblo, tal vez, era que todo estaba cerca, por lo que Alek solo debería utilizar el auto para llegar a su trabajo o recorrer los alrededores. El lugar en sí era igual a como él recordaba su pueblo de la infancia, aunque más chico y sin fábricas. Había casas pequeñas, distribuidas sin orden entre las granjas y campos cubiertos de nieve, con fachadas desgastadas por el tiempo.

Por suerte él iba a vivir en la denominada zona residencial , alejada algunos kilómetros del centro, en donde las casas eran más modernas. Modestas, como cabía de esperar, pero mejor mantenidas, con instalaciones nuevas y un poco más de confort.

En el centro se encontraba la comisaría, la iglesia, una sede distrital, el mercado, el banco y algunas viviendas antiguas que parecían haber nacido con el pueblo mismo.

El banco quedaba a solo tres cuadras del hotel, por lo que al día siguiente volvió a ir para buscar su dinero.

Era un edificio sencillo, como todos los que lo rodeaban, con una fachada amplia de paredes blanqueadas con cal. Tenía una puerta de doble hoja de madera pesada y gruesa. El lugar estaba prácticamente vacío, un poco más allá de la puerta había una chica rubia sentada detrás de un escritorio.

—Buenas, señorita Novikova.

—Aleksandr Vladímirovich —respondió la muchacha con timidez.

Era la segunda vez que la veía, la primera ya había notado que la muchacha era introvertida, de pocas palabras, respondía lo justo y necesario. Por unos segundos se preguntó cómo sería su vida, si el vivir en ese pueblo la había convertido en lo que era o en algún remoto pasado fue feliz, extrovertida y alegre, deslumbrando a todos con su belleza y simpatía. Sin embargo, pudo notar que detrás de sus ojos tranquilos se escondía una especie de furia contenida. Su trabajo lo había acostumbrado a observar y analizar la forma de actuar de las personas, muchas veces eso era de vital importancia para resolver algún caso.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó la chica e intentó esbozar una sonrisa.

—Quisiera saber si ya ha llegado el depósito. —Alek le tendió un papel y se sentó en la silla. Hizo un mohín con la boca, de esos que a él se le daban tan bien. La mujer se quedó observándolo apenas unos segundos.

—Llegó esta mañana. Voy por su dinero, capitán. —Con rapidez se dirigió hacia la caja fuerte. Volvió al cabo de unos minutos con los fajos en la mano—. ¿Desea algo más?

—¿Cuántos años hace que vive aquí, señorita Novikova? —cuestionó.

—Cuatro años, capitán.

—¿Le han intentado robar alguna vez? No parece que su caja fuerte tenga muy buena protección —comentó Alek, que había evaluado la oficina con ojo profesional. Un simple bandido con un poco de cerebro sabría perfectamente qué hacer para desbaratar el edificio.

—Todas las familias del pueblo tienen cosas de valor aquí. Nadie de Siete Lagos entraría a robar. Pero gracias por su inquietud, capitán —dijo Larissa cortante.

«Otra vez llamándome capitán », pensó Alek. Lo había asombrado que lo llamaran así apenas llegó al pueblo. Insistió en la comisaría que él no tenía ese rango, pero Irina le explicó que el anterior uchastkovyi era capitán y ahora, al ser él la máxima autoridad, automáticamente había recibido ese nombre. Debería acostumbrarse.

—Así que lo más emocionante que puede pasar aquí es que alguien transgreda una norma de tránsito o que alguna casa quede aislada por la nieve, ¿no? —murmuró con pesar.

—Bueno… —La joven titubeó unos segundos —. Ha habido algunas muertes, casi todas por culpa de los accidentes de coches —comentó casi en un susurro. Bajó la cabeza unos segundos y luego volvió a mirarlo—. En una época sucedieron con bastante frecuencia, fue cuando… cuando yo llegué. Pero luego todo se calmó, debe haberse tratado de una etapa. En fin, ¿desea alguna cosa más? —inquirió dándole la señal de salida.

—No, gracias. Que tenga un buen día señorita Novikova —saludó y salió al frío de la calle. Ahora que tenía su dinero iría a buscar las cosas que había dejado en el hotel para mudarse a su nuevo hogar.

Ese pueblo no parecía tener mucha vida. Alek debería conformarse con hacer su trabajo cada día y volver a su casa con la esperanza de que pronto lo llamaran para marcharse.

«Por lo menos tienen un bar», pensó mientras se subía al auto.

Al llegar a la casa, Alek hizo lo que siempre hacía cuando se iba a quedar un tiempo en un lugar nuevo, la recorrió entera y se aseguró de que no hubiera ningún reloj de pared o de cualquiera otro tipo que pudiera torturarlo con su tictac. Un residuo nocivo de los recuerdos que a veces lo asaltaban.

La casa era confortable, un estilo de cabaña de dos pisos con suficiente espacio para que vivieran cuatro personas. Tenía las habitaciones y el baño arriba; la cocina, la sala de estar y el comedor abajo. Al encontrarse en la parte residencial del pueblo estaba rodeada por árboles, casi al linde del bosque nevado. La vivienda más próxima se encontraba bastante alejada. Un lugar tranquilo donde nadie lo molestaría.

Ordenó con rapidez el poco equipaje que llevaba, colgó las prendas en el interior del armario y abrió la única caja con objetos personales que siempre llevaba consigo. En su interior había un par de libros viejos, entre ellos el antiguo tomo de tapa negra y letras plateadas que alguna vez fue de su hermano, y la extraña estatuilla que antaño lo había mirado dormir durante tantas noches. Observó a la criatura amorfa, llena de tentáculos, y esbozó una débil sonrisa. A Liov le encantaba contarle historias de miedo cuando él era apenas un crío.

Se apresuró a acomodar los libros en un estante y dejó la estatuilla donde la colocaba siempre allá donde iba: la mesita de luz.

Cuando había llegado al orfanato, veinticinco años atrás, arribó con esas mismas cosas. Al principio la figura aterrorizaba a los niños que lo acompañaban en la gran habitación, tal como le había dado miedo a él antes de que se convirtiera en el único recuerdo feliz de su infancia. Al descubrir que ese ser extraño hacía que los demás niños lo mirasen con temor, usó eso a su favor y comenzó a contarles las macabras historias que el libro negro reunía en su interior. Claro que, en general, las condimentaba con sus propias anécdotas, eso ayudó a que muchos sintieran reverencia hacia él: el niño de mirada dura y saberes desconocidos.

Una vez que se hubo instalado, comió una cena para microondas y se sentó a mirar la televisión acompañado por varias latas de cerveza. Afuera ya caía la noche, el viento soplaba con insistencia, silbando entre las hojas, haciendo que las ramas golpearan contra las ventanas. Intentó buscar una película, pero solo encontró unas sitcoms , un documental sobre nuevas técnicas de estudios cerebrales en humanos y un reality show sobre una mujer con su perro.

Casi a medianoche sonó el teléfono. Alek se había quedado dormido en el sillón y se despertó sobresaltado.

—Vladímirovich —respondió con evidente mal humor.

Al parecer tu llegada ha traído algo más a este pueblo que simples multas de tránsito —respondió la voz de una mujer del otro lado.

—¿Qué sucede Irina?

Tu primer caso serio. Una muerte, probablemente un suicidio. Se trata de un periodista que estaba cubriendo una nota aquí y se hospedaba en el hotel. Su compañera lo encontró muerto en la habitación.

—Voy para allá. —Alek se espabiló con rapidez y buscó las llaves del auto—. Llama a Artur y dile que lo espero en el hotel en quince minutos.

El toro

San Francisco, Estados Unidos, 28 de febrero de 2012.

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