Julieta P. Carrizo - La llamada de Siete Lagos

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Seis extraños son llevados por misteriosas circunstancias hasta Siete Lagos, un pueblo perdido en los helados bosques de Rusia. Cada uno perseguirá su propia ambición, pero el antiguo asentamiento tiene sus propios planes y ellos deberán cooperar si esperan salir de allí con vida. Intérnate en el pozo de la mente y sigue la música del miedo hasta sus últimas consecuencias para descubrir el verdadero significado de las pesadillas.
Pero no des ni un paso en falso, aquí nada es lo que parece.

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Al principio la habitación parecía normal, pero pequeños detalles se hicieron visibles: el ropero abierto, desordenado; los cristales de un vaso roto en el piso; la lámpara de la mesita de noche fuera de lugar, con el cable arrancado de la pared; el teléfono descolgado, y una mano sobre la alfombra asomando detrás de la cama.

Algo andaba mal, lo mejor sería volver a su cuarto, cubrirse con las sábanas y esperar a que amaneciera. Pero no podía dejar de mirar lo que se encontraba del otro lado. Debía cerciorarse que su madre estuviera bien, que los golpes solo la habían dejado inconsciente, que despertaría en cualquier momento y le diría que no había sido nada, que ella se recuperaría y que su padre no volvería a tocarlos.

Titubeó unos segundos antes de dar uno, dos, tres pasos para bordear la cama. Se topó con el cuerpo de su madre, o lo que quedaba de él.

Le costó reconocerla, lo que le reveló que era ella fue la ropa y el dije de plata que le colgaba del cuello.

El cuerpo estaba sentado en el piso, con la espalda apoyada a los pies de la cama, la cabeza caída hacia adelante. Aun así, Aleksandr vio el rostro completamente desfigurado, la mandíbula salida y colgando hacia un costado. La sangre caía por el pecho, teñía la ropa y se escurría por el piso. El lado derecho de la cara había desaparecido, reemplazado por una masa sanguinolenta de músculos, tejidos y parte del cráneo.

Aleksandr no podía descifrar la escena. ¿Qué había sucedido?, ¿por qué su mamá se encontraba así? Sus ojos grabaron cada detalle del espectáculo mientras él se repetía que aquello no estaba pasando.

TIC, TAC.

El sonido lo hizo reaccionar. Apartó la vista del cuerpo y observó la habitación desesperado.

TIC, TAC.

«Muévete Aleksandr» se reprendió en un intento por moverse, pero tenía los pies clavados en el lugar. Su cuerpo no respondía a la transmisión desesperada de su cerebro.

TIC, TAC.

«Está más cerca, por lo menos cierra los ojos e imagina que no estás aquí». Aquella orden tampoco tuvo éxito, muy por el contrario, abrió sus ojos más que nunca, sin siquiera pestañear.

TIC, TAC.

Al sonido del reloj se unió el de unos pasos que subían las escaleras con parsimonia. Los escalones terminaron, los pasos se detuvieron y luego reanudaron su andar hacia la habitación.

TIC, TAC.

La figura apareció en el umbral de la puerta, alta y tambaleante, ocupó todo el espacio que había en la entrada. Se detuvo para mirar la cama. Unos segundos después, reparó en el niño que estaba inmóvil en el lugar, junto al cadáver.

—Aleksandr. —La voz sonó gutural, ronca y algo sibilante.

TIC, TAC.

Entró en la habitación con pasos temblorosos, arrastrando la escopeta detrás, como si fuera una bolsa. El niño de pronto comprendió qué era lo que le había hecho semejante daño a su madre y comenzó a temblar mientras las lágrimas se escurrían a través de sus ojos.

TIC, TAC.

—Tu madre está dormida —dijo el hombre acercándose al niño—. Creo que… Creo que no va a despertar. —Formó una sonrisa diabólica en su rostro, los ojos le brillaron espectrales. Cuando se inclinó, el reloj de bolsillo que colgaba de una cadena se tambaleó hacia adelante.

TIC… TAC.

El hombre observó al niño unos segundos y con un rápido movimiento lo tomó del pelo con fuerza, mirándolo con furia.

—¡Apuesto que tú no eres hijo mío! —rugió—. ¡Siempre lo supe! No podía ser que alguien tan débil y estúpido como tú lo fuera. No eres ni la mitad de hombre que tu hermano.

TIC, TAC.

El cañón de la escopeta estaba apoyado en la frente de Aleksandr.

TIC, TAC.

—No…. —sollozó el niño—. Yo… sí soy… tu hijo.

TIC, TAC.

Un fuerte golpe de puño lo hizo volar hacia atrás hasta estrellarse contra la pared. La sangre empezó a emanar de la nariz hasta mancharle el mentón y el pecho.

TIC, TAC.

«Desaparece» pensó Aleksandr mientras estaba tirado en el piso.

TIC, TAC.

Esperó a que el resto de los golpeas vinieran, él siempre seguía hasta que el niño rogaba que se detuviera o estuviera inconsciente. Lo único que le martilleaba los oídos entre golpe y golpe era el sonido que emanaba de ese reloj del demonio.

TIC, TAC.

No sucedió nada. Aleksandr abrió los ojos lentamente y vio a su padre parado en el lugar, observando el cuerpo destrozado de la única mujer en el mundo que le había dado algo.

—¡Mira lo que me hiciste hacer! —dijo el hombre llorando.

TIC, TAC.

—¡Ella era una puta y tú el hijo bastardo de alguno de los vagabundos que se acostaban con ella! —rugió.

TIC, TAC.

Se secó las lágrimas, lo miró.

TIC, TAC.

—Ya no me queda nada… —añadió el hombre antes de llevarse el cañón de la escopeta hacia el mentón y apretar el gatillo.

Aleksandr no tuvo tiempo de cerrar los ojos. Vio como la cabeza estallaba y los sesos regaban el lugar.

Pasaron horas antes de que encontraran al niño en estado de shock lloroso y - фото 6

Pasaron horas antes de que encontraran al niño en estado de shock, lloroso y temblando en una esquina de la habitación, lejos del charco de sangre que se había formado alrededor del cuerpo de sus padres. Entre sus manos sostenía un reloj antiguo que había sido golpeado hasta que el vidrio se trizó y las manecillas volaron por los aires.

Aquella fue la última vez que Alek lloró. Y la última vez que tuvo miedo.

Klyuchí, Península de Kamchatka, Rusia, 22 de febrero de 2012.

—¡Mierda! Maldito aparato —musitó Alek. Estiró la mano y tomó el celular que no paraba de sonar sobre la mesita de noche—. Si, Boris. ¿Qué puta quieres? —Se sentó en la cama—. ¿Viste la hora que es? ¿Tuviste algún problema con tu guardia? ¿Acaso apareció una vaca loca y te asustó o qué…? Ok, voy para allá. No me vuelvas a llamar a no ser que sea algo realmente importante como que del cielo cayó una lluvia de meteoritos o algo por el estilo, ¿sí? —Cerró el aparato con fuerza y lo dejó sobre la mesita de nuevo.

—¿Qué sucede? —preguntó la chica de cabello castaño largo que descansaba a su lado.

—El trabajo, linda —respondió Alek. Se levantó de la cama y fue a la cocina.

Volvió un momento después, con un vaso de whisky en una mano y la botella en la otra. Lo bebió mientras observaba a la mujer desde la puerta de la habitación. Estaba completamente desnudo y ella se deleitó unos minutos con su cuerpo.

—Me gusta mucho ese tatuaje, ¿sabes? —La chica señaló el dibujo de un león que recorría la mitad de la espalda de Aleksandr. Tenía las fauces abiertas y las garras prestas en posición de ataque. Era feroz y salvaje.

—Una locura de juventud. —Sonrió él mientras se servía otro vaso.

—¿Ya debes irte? —Ella se levantó de la cama.

—Bueno, estoy en esta ciudad para trabajar —respondió Alek—. El resto viene por añadidura.

—No deberías tomar desde tan temprano —dijo señalando el vaso.

—Eso, querida, es problema mío, no tuyo. Yo no te digo a ti que no te acuestes con otros hombres, ¿o sí?

—A ellos les cobro, a ti no —replicó ella aireada.

—Pues tampoco te pagaría. —Terminó lo que quedaba en el vaso y lo dejó a un lado—. A lo que voy es que a ti te gusta el sexo y te acuestas con todos los del pueblo, a mí me gusta el alcohol y lo tomo cuando se me da la gana.

—Hablas como si fuera una cualquiera.

—Es que eres una cualquiera.

—¡Basta! ¡Me hartaste! No sé por qué mierda sigo viniendo a verte. —Dio media vuelta y comenzó a buscar la ropa que estaba regada por el piso.

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