Al ingresar al departamento Anna se encontró con una oscuridad absoluta. Las persianas y las ventanas cerradas, las luces apagadas, todo sumido en la penumbra. Encendió la lámpara que había a la entrada de la sala y vio a Cheryl sentada en el sofá, inmóvil.
—Cheryl —susurró acercándose a ella—. Por Dios, ¿qué ha sucedido? Te he llamado un millón de veces, en tu oficina están desesperados por no saber nada de ti.
La rubia se volvió apenas para mirar a su amiga, después posó la vista en la carta que había sobre la mesita.
—Alguien quiere volverme loca, Anna —murmuró—; y lo está logrando.
—Sabes que lo que dices es imposible, ¿verdad? —dijo Anna en un intento por hacer entrar a su amiga en razón. Había logrado que Cheryl comiera algo, se diera un baño y luego le contara lo sucedido.
—No sé qué pensar, créeme que he buscado todas las posibilidades, le he dado vueltas al asunto en estos días y no le encuentro explicación.
—Alguien… —comenzó Anna.
—¡No! —Le cortó Cheryl—. Admito que alguien podría imitar la letra de mi padre o copiar su firma, pero ¿el anillo? Ese anillo fue hecho especialmente para él, con el sello del águila, la misma que yo tengo tatuada en el cuello, ¿recuerdas? Mi padre fue enterrado con ese anillo porque nunca se separaba de él, había sido el último regalo que mi madre le dio antes de morir. ¿Crees que alguien podría copiarlo? No, no es posible, lo único que me queda es pensar que alguien profanó la tumba de mi padre, robó este anillo y me lo envió siete años después de su muerte. ¿Te parece probable?
Anna no respondió, la verdad es que todo le parecía una locura, por más que no quisiera darle la razón a su amiga, no encontraba explicaciones para lo sucedido.
—¿De verdad quieres ir? ¿Te ayudará ir a ese lugar? —preguntó Anna—. ¿Qué esperas encontrar?
—No lo sé. No a mi padre por supuesto, sé que está muerto. Pero algo está pasando y evidentemente las respuestas están aquí. —Tomó el mapa y lo señaló con un dedo.
—Bien —dijo Anna al cabo de unos minutos—. Iremos.
—¿Iremos? No hace falta, yo puedo sola…
—No vamos a discutir si te acompañaré o no. —La calló su amiga—. Si tú vas, yo voy contigo. Lo que sí quiero decirte es que no esperes encontrar mucho allí. Entiendo que te encierres por tres días en el departamento después de recibir esto, sé lo importante que fue tu padre para ti, pero no quiero que te ilusiones por una respuesta porque tal vez no haya nada allí y esto quede en el misterio, ¿entiendes?
—Lo sé, solo quiero sacarme la duda, no puedo seguir adelante sin ir allí y ver qué encuentro.
—Bien, entonces será mejor que reserve un vuelo lo más pronto posible. Tú llama a la oficina para tranquilizarlos a todos y pedirte unos días. Por cierto, ¿adónde vamos?
Cheryl abrió el mapa y se lo mostró.
—¿Rusia?
Nizhni Tagil, Rusia, 13 de octubre de 1987.
El haz de luz entraba por aquella pequeña rendija casi con timidez, despacio. Iluminaba a su paso la alfombra, una remera, un par de zapatillas gastadas, un autito de juguete sin ruedas y un oso de peluche que había perdido los ojos y la nariz.
Más allá, en la semioscuridad, se podía ver una estantería desvencijada que se usaba como biblioteca. Algunos libros desgastados se apoyaban sobre las tablas. La mayoría eran tan viejos que les faltaban páginas, pero a Alek le gustaba imaginar aquellas escenas faltantes de las historias. Como si se convirtiera en parte de ellas y pudiera decidir lo que hacían los personajes a continuación.
Su hermano Liov siempre le había dicho que poseía una imaginación incomparable, tal vez por eso Alek era tan diferente a los niños que conocía. Prefería pasar el día leyendo un buen libro antes que salir. Muchas veces esto le traía serios problemas con su padre, pero su hermano siempre lo había defendido.
Ahora ya nadie podía defenderlo, por eso casi no tocaba los libros destartalados que se apilaban en esa esquina. Todos excepto uno, el que su hermano adoraba; lo había ocultado bien al fondo para que su padre no pudiera desgarrarlo con sus crueles manos. Ese libro, de tapa negra con letras plateadas de estilo gótico, era su tesoro. Junto con la estatuilla extraña y extravagante que representaba a un ser antropomórfico pero monstruoso que habitaba sus pesadillas; la conservaba porque era una de las pocas cosas de Liov que había podido rescatar.
Tal vez era el contraste de la luz con la oscuridad lo que hacía que la puerta se viera pequeña, cuadrada, como si se tratara de un portal en la pared que llevaba vaya uno a saber a qué lugar de la casa. Por ese motivo fue que Alek se entretuvo mirando divertido el juego que producía la luz con la puerta, imaginándose en otro lugar, muy lejos de allí, donde no escuchaba los gritos, ni los insultos, ni el llanto, ni los golpes.
Logró despegarse de su cuerpo y volar hacia afuera, pasando por debajo de la puerta, yendo directamente hacia el haz de luz. Afuera lo esperaba una pradera extensa, verde, fresca y primaveral, una ráfaga de aire tibio lo recibió con un exquisito aroma. En ese lugar él era otra persona, allí no existían las peleas ni los puños; no había platos rotos ni vidrios destrozados y, lo que era mejor, no tenía heridas ni cicatrices que marcaran su cuerpo. Liov estaba a su lado, nada ni nadie podría hacerles daño.
Tic, tac.
El sonido que llegó a sus oídos lo sobresaltó, entonces la pradera se secó, las flores se marchitaron, su mundo desapareció. Su alma había vuelto a su cuerpo.
Tic, tac.
— Que no venga, por favor que no venga —susurró para sí. Cerró los ojos con fuerza y se tapó los oídos, como si de aquella forma pudiera ahuyentar el fantasma del miedo que amenazaba con poseerlo.
Tic, tac.
El sonido era de un reloj de bolsillo grande, redondo y antiguo; de esos a cuerda cuyos engranajes parecen oírse con mayor fuerza al moverse las manecillas. Él lo conocía de sobra, era el sonido del miedo, aquél que le prevenía cuando algo malo iba a suceder, el que lo hacía temblar.
Tic, tac.
Se acercaba, podía sentirlo subiendo las escaleras, por lo que se acurrucó más en las sábanas, mientras ahogaba un gemido de dolor al mover el brazo que tenía entablillado, cubierto con una venda vieja y sucia.
TIC, TAC.
La sombra pasó frente a su habitación, se detuvo unos segundos detrás de la puerta, luego siguió camino por el pasillo. Aleksandr se relajó, si no había entrado ya, entonces no lo haría. Cerró los ojos e intentó volver a su mundo de fantasía. Pero entonces un estruendo, seco y ahuecado como un trueno, lo hizo saltar de la cama. Se quedó allí parado, temblando, sin saber qué hacer ni qué pensar, sin atreverse a salir a mirar.
TIC, TAC.
— Mamá, ¿dónde estás? —susurró.
TIC, TAC.
—¿Por qué no vienes?
TIC, TAC.
—Tengo miedo, mamá, tengo mucho miedo.
El oscuro fantasma del temor por fin se había apoderado de él, las piernas le temblaban y tuvo que hacer un esfuerzo para ahogar el llanto que luchaba por salir. No pudo evitar que un hilillo de orina escapara allí mismo, formando un charco a sus pies.
El sonido del reloj se extinguió en la lejanía, como si hubieran apagado una radio. Eso le dio valor para ir hacia la puerta de su habitación, girar el pomo y abrirla con cuidado.
El pasillo estaba completamente vacío, casi en penumbras, con un foco a punto de quemarse que se encendía y apagaba, iluminando por momentos. Con pasos lentos y temblorosos recorrió el trecho que lo separaba de la habitación de sus padres, aguzando el oído para asegurarse de que no se oía aquel terrorífico tictac.
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