Al cumplir dieciocho años Jed le pidió a su padre una buena suma de dinero como adelanto de herencia para poner su propio negocio. Ya estaba cansado de los sermones que el viejo le daba a cada oportunidad que tenía, sobre su futuro, sus malas notas, su falta de visión. Los gritos, las cachetadas, las miradas de odio. Sin embargo, el viejo accedió. Le dio el dinero, casi esperando que fracasara. Jed lo gastó todo en fiestas, viajes y drogas. Volvió a su casa para pedir más, pero esta vez su padre se negó. Le exigió que trabajara con él en alguna de sus empresas y ganara su propio dinero. Jed se negó rotundamente y abandonó la casa.
Luego de eso le pidió ayuda a su hermana. Hacía tiempo que habían perdido el contacto, pero al parecer la dulce niña no solo había crecido, también había heredado la visión de negocios de su padre. Invirtió su parte del dinero en una galería de arte y hasta se convirtió en una fotógrafa de renombre. Jed trató de imaginar en qué momento su hermana había llegado a estudiar y convertirse en la mujer que ahora era.
Anna, por supuesto, le negó la ayuda, por lo que Jed cortó toda relación. Se dijeron muchas cosas ese día, Jed había olvidado la mayoría, pero recordaba con claridad que ella le dijo que se pondría el dinero en las venas y terminaría matándose. Como si ella supiera lo que sentía, la desidia, el entumecimiento que embargaba sus sentidos, la anestesia de sus emociones que le impedía sentir nada, hacer nada.
Lo habían empujado a esa pocilga, saltando de trabajo en trabajo y sin ambición de hacer nada con su vida. En realidad, no le importaba, sabía que cuando su padre muriera podría reclamar lo que le correspondía, entonces viviría holgadamente el resto de su vida. Solo le restaba esperar.
Cuando volvió a caer la noche, Jed seguía en su habitación, tirado en la cama mirando televisión. Los sonidos nocturnos resonaban desde la calle. Se levantó para mirar por la ventana, sus ojos recorrieron la acera hasta posarse por fin en un hombre anciano, estaba parado en la vereda de enfrente y lo miraba fijamente.
«Otra vez ese viejo», pensó mientras lo observaba. Hacía varias noches que el extraño se apostaba en ese lugar y se quedaba horas parado con la vista fija en el edificio. Estaba seguro de que era un ciego o un pordiosero que no tenía adónde ir, que en realidad no lo miraba a él directamente. Sin embargo, lo incomodaba un poco. Cerró las persianas y volvió a la cama.
El teléfono sonó.
—Diga.
— ¿Señor Jed Hartwood? —preguntó una voz al otro lado de la línea.
—El mismo.
— Mi nombre es Jessica. Lo llamo de Manpower. Tenemos su información en nuestra base de datos y hemos encontrado un puesto que se ajusta a su perfil. ¿Se encuentra escuchando ofertas?
—En realidad no —mintió Jed—. Pero dígame que me ofrecen. Yo veré si me conviene dejar el lugar donde estoy ahora. La paga es muy mala.
— Lo entiendo, está muy difícil hoy en día conseguir algo bueno con un sueldo decente. Pero teniendo en cuenta que no tiene estudios universitarios podemos ofrecerle un puesto de telefonista en una empresa de servicios de Internet. Sería jornada completa, el turno de la mañana, desde las seis hasta las dos de la tarde, la paga sería…
—¿Desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde? ¿Y usted qué se cree que soy yo? ¿Un robot? Con gente como usted este país se irá al demonio —replicó y colgó con brusquedad.
El viejo Hartwood tenía que morir pronto, sino Jed se vería obligado a aceptar alguno de esos empleos de empresas que explotaban a sus empleados.
—¡Maldito, maldito! —rugió mirando fijamente la pared. Si tan solo tuviera la fuerza para matarlo él mismo, no lo dudaría.
Eran las tres de la mañana. Jed se había quedado dormido después de una buena dosis de Dama Blanca, pero esta vez lo despertó una voz. Se sentó en la cama, seguro de que alguien lo llamaba. Aguzó el oído. Los sonidos de siempre llegaron a él: autos, risas, llantos, gemidos. De pronto una sombra se materializó en la ventana, Jed dio un respingo y se puso de pie.
El edificio empezó a crujir de nuevo, golpes en las paredes y el techo, las cañerías que se retorcían a punto de estallar. Una voz que siseó algo que no pudo descifrar. Con rapidez la figura pasó sobre la cama y se paró frente a él. Jed se encontró con el hombre viejo.
—¿Sabes qué significa eso? —El anciano señaló el tatuaje de un toro negro que Jed tenía en el brazo—. Es la entrada, el pasaje que te abrirá las puertas hacia los terrenos de Abaddón.
—¿Qué diablos…? —balbuceó el muchacho dando un paso hacia atrás.
El hombre lanzó una carcajada y se abalanzó sobre él con un cuchillo en la mano. Jed gritó, cubriéndose la cara con los brazos.
Despertó sobresaltado, con la respiración agitada, la boca seca. Encendió la luz para recorrer la vista por la habitación en busca de algún intruso.
—Fue un sueño. Una maldita pesadilla.
Fue al baño, bebió agua del grifo, se mojó la cara y vio su rostro en el espejo.
—No te ves bien —le dijo a su reflejo, a su rostro demacrado y con enormes ojeras debajo de los ojos negros.
Su cabello castaño estaba alborotado; por más que trató de peinarlo se dio cuenta que no tenía arreglo. Su cuerpo, alguna vez fornido, ahora parecía consumido. Tenía los brazos delgados como palillos, las costillas que se le notaban a través de la piel como si fuera un esqueleto. Jed era un hombre apuesto o, por lo menos, lo había sido.
Notó que la pared detrás de él tenía una sombra de humedad donde ya no quedaban cerámicos. Se volvió hacia la horrible mancha, de la que goteaba una especie de agua turbia y espesa. La mancha parecía tener vida propia, como si respirara y emitiera el suave sonido de un latido.
Algo lo atraía hacia ella. Sin pensar, se acercó lentamente. Estiró la mano. Cuando la tocó un ruido gutural escapó de la mancha, como el quejido de un animal moribundo. Jed intentó separar la mano de la pared, pero no pudo, se había quedado pegada. La inmundicia comenzó a extenderse por los costados de la pared hasta que el piso, el techo y todo el baño se convirtieron en una cavidad de humedad putrefacta.
Jed quiso gritar, pero la voz no le salió, entonces algo tiró de él con fuerza hasta hundirlo en las sombras.
Afuera, en la acera de enfrente, un hombre ciego esbozó una sonrisa y se perdió entre el tumulto de autos y gente que abarrotaba la noche.
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