Aleksandr se le acercó por detrás, la tomó de los brazos y acercó su rostro por un costado. Ella pudo sentir la calidez de su cuerpo.
—Sigues viniendo porque te gusto —susurró él—. Porque nadie te hace lo que te hago, ¿verdad? Ah claro, en ese momento no tienes problemas con el trato que te doy.
Ella titubeó unos segundos porque, lamentablemente, sabía que él tenía razón, pero al final se soltó de su agarre y se volteó a mirarlo.
—Me acuesto con otros porque es mi trabajo. —Lo miró directo a los ojos—. En cambio, a ti nadie te paga por beber.
—Es parte de mi trabajo también. —Alek hizo una mueca. Tomó de arriba de la mesa su arma reglamentaria—. En fin, será mejor que te vayas. Tú debes dormir para trabajar esta noche y yo debo ir a cumplir con mi deber.
La chica se puso el vestido sencillo, corto y escotado que usaba, y se encaminó hacia la puerta.
—Bueno… Si no termino tarde tal vez pueda pasarme —susurró desde la entrada.
—Llámame. —Aleksandr le regaló una sonrisa.
Era probable que no volviera a verla, sabía que ese era el día en que lo transferían. Todavía no le habían informado su destino, pero esperaba que se tratara de un lugar que le ayudara a subir un escalón en su carrera. Alek aspiraba a más, mucho más.
La puerta se cerró con un estruendo y el joven se apresuró a vestirse para salir hacia la comisaría. Trabajaba allí desde que se había graduado en Moscú e ingresado a la Milítsiya rusa. Su carácter temerario le había ayudado a ascender con rapidez, con solo treinta y cinco años le esperaba un gran futuro.
En realidad, su infancia lo había ayudado. No podía decir que hubiera sido feliz, muy por el contrario, había sido sumamente traumática. Después de la muerte de sus padres el estado se encargó de enviar a Alek a una institución en Magnitogorsk, donde recibió la formación necesaria. El lugar era como todos los orfanatos: desagradable, impersonal, con raciones de comida justas y asquerosas. Lleno de niños con ansias por cambiar de vida, que se iban frustrando a medida que el tiempo pasaba y nadie iba por ellos.
Cuando Alek entró en el orfanato ya tenía diez años, era grande para que alguien lo aceptara, sobre todo teniendo en cuenta que había sufrido de maltrato infantil y había visto cómo su padre mataba a su madre y luego se suicidaba.
Realizó varios tratamientos psiquiátricos, todos favorables. Aleksandr, o Vladímirovich como solían llamarlo en la institución, había bloqueado gran parte de lo sucedido. Sabía con certeza qué había pasado, pero no recordaba haber visto el cuerpo de su madre ni el momento en que su padre se volaba la cabeza frente a él. Según le explicaron, su cerebro había bloqueado aquellas imágenes para no producirle un daño irreparable.
Aun así, la personalidad de Alek empezó a forjarse y vislumbrarse al poco tiempo de haber llegado a Magnitogorsk. A los pocos meses se dio cuenta de que si quería sobrevivir en ese lugar debía ser alguien importante. Después de varias riñas, muchas heridas y algunas pruebas peligrosas a la que se sometieron con los niños del orfanato, Alek ganó la posición de líder de los niños más grandes. Fue rebelde, con un deje de maldad en sus juegos que luego trasladó a otros aspectos de su vida. Sin embargo, desde allí comenzó a sentir que le gustaba el poder y lo mucho que podía lograr cuando se lo proponía.
Su forma de ser lo llevó a los excesos. En su adolescencia terminó inclinándose a la bebida. Eso no le impidió llegar a donde quería, sabía de lo que era capaz y, al salir del instituto, se mudó a Moscú donde se graduó con honores para ingresar a la Milítsiya rusa. Su decisión de entrar en la policía no se debió solo al hecho de que su hermano mayor, que había fallecido cuando él era pequeño, deseaba pertenecer a la KGB, sino también a su creencia de que así podría redimir de alguna forma el pasado de su padre. Para Alek, ser policía le daba el poder de capturar criminales e impartir algo de justicia en la selva que era la sociedad.
Ahora había llegado el momento esperado, por fin, después de varios años de dedicado trabajo le asignarían un lugar donde él sería la autoridad máxima.
—Boris —saludó al entrar. Un policía joven, de unos veinticinco años, estaba sentado detrás de un escritorio mirando un partido de béisbol en un televisor chico.
—Aleksandr Vladímirovich. —Se puso de pie algo sobresaltado por haber sido sorprendido por su superior.
—¿Ya está aquí? —Alek lo miró, divertido ante la reacción del muchacho.
—Vladislav Petróvich lo espera.
Fue hacia la oficina de su jefe sorteando las mesas, la mayoría vacías por ser demasiado temprano.
—Señor —dijo Alek ante Vladislav. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años con algunas canas que le salpicaban el cabello negro azabache, bien vestido y con modales impecables. Justamente todo lo contrario a él. Sin embargo, a pesar de las diferencias, habían tenido buena relación desde el principio. Vlad había visto el potencial del muchacho y lo había ayudado a calmar sus explosiones de furia cuando sucedían.
—Siéntate, por favor. —El hombre hizo un ademán con la mano—. Discúlpame que te haya hecho venir tan temprano, es que recibí la información hace apenas unas horas y tienes que marcharte pronto, así que preferí decírtelo cuanto antes.
—No hay problema.
—En realidad… —Vlad titubeó unos segundos—. No es lo que esperabas. Pero es un buen lugar, un pueblo chico…
—Sí… —No le gustaba el tono de voz de su jefe, era ese que utilizaba para mantenerlo calmado.
—Bueno mejor míralo por ti mismo, aquí tienes los papeles. —Le pasó una carpeta. Alek la leyó con rapidez y volvió la vista hacia su jefe.
—¿Siete Lagos? ¿Qué mierda es ese lugar? ¿Quién lo conoce?
—Es un pueblo pequeño; el uchastkovyi falleció, tú ocuparas su lugar. Sé que no era lo que esperabas, pero es un ascenso y no puedes dejarlo pasar. Será por un tiempo, prometo que buscaré la forma de sacarte de allí cuanto antes. Además, tú eres muy capaz para ocupar ese puesto, has estado en homicidios, sabes de criminalística más que nadie en este lugar. Es normal que te hayan enviado allí teniendo en cuenta que ante cualquier cosa tendrías que hacer todo el trabajo tú solo. Sabes cómo son esos lugares, no tienen muchos recursos.
Alek dejó la carpeta sobre la mesa. Se masajeó las sienes en un intento por calmar un ataque a punto de estallar. Lo logró con un poco de esfuerzo y asintió en silencio, no podía dejar pasar esa oportunidad. Si el próximo escalón en su carrera era Siete Lagos, allí iría.
—¿Cuándo debo presentarme? —preguntó.
—Cuanto antes, mejor. Si puedes, mañana mismo.
Siete Lagos, 25 de febrero de 2012.
Recién llegado al pueblo Alek se hospedó en el único hotel que había, un lugar pequeño de doce habitaciones, llamado Daemon Hotel. Había pasado por el banco, pero aún no le habían depositado el dinero para poder mudarse a su nueva casa.
Más tarde estacionó el auto frente a la comisaría, un edificio pequeño de frente blanco. En la oficina apenas cabían los escritorios necesarios y tenía unas celdas estrechas en el subsuelo.
Se presentó ante el personal. Había un policía ya entrado en años llamado Denis, de estatura media y con varios kilos de más, que lo miró con reticencia; seguramente creía que el puesto del fallecido uchastkovyi del pueblo le correspondía a él, por lo que la llegada de Alek le había destruido las ilusiones de ser algo más en ese lugar. También había un policía joven, Artur, de cabello rubio y mirada profunda que lo recibió con efusividad, como el novato que quiere agradar a su superior. Alek pensó que se llevarían bien, por lo menos tendría a alguien con quien salir a tomar unas copas. Por último, estaba Irina, una mujer de unos cuarenta años que se ocupaba especialmente de recibir y despachar los llamados al 102.
Читать дальше