Julieta P. Carrizo - La llamada de Siete Lagos

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Seis extraños son llevados por misteriosas circunstancias hasta Siete Lagos, un pueblo perdido en los helados bosques de Rusia. Cada uno perseguirá su propia ambición, pero el antiguo asentamiento tiene sus propios planes y ellos deberán cooperar si esperan salir de allí con vida. Intérnate en el pozo de la mente y sigue la música del miedo hasta sus últimas consecuencias para descubrir el verdadero significado de las pesadillas.
Pero no des ni un paso en falso, aquí nada es lo que parece.

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Al llegar, el portero le dio el correo de la mañana. Las cartas de siempre más un sobre marrón bastante grande y sin remitente. Anna hizo algunas bromas sobre admiradores secretos que le enviaban vaya a saber qué cosas.

Después de que su amiga se fuera, Cheryl aprovechó y salió a correr. Se distrajo dos horas dando vueltas por el parque, luego volvió a su departamento para darse un buen baño y relajarse, esa noche iba a dormir tranquila. Había decidido que no dejaría que aquel sueño la incomodara, al día siguiente concertaría una cita con el Dr. Johnnson y se sacaría los fantasmas.

Al terminar su cena frugal se dejó caer sobre el sillón de pana de la sala y encendió el televisor. Comenzó a revisar la correspondencia de aquel día, ordenó las cartas según se tratara de boletas, folletos, propagandas o alguna que otra tarjeta, hasta que llegó al gran sobre marrón.

Una extraña sensación se apoderó de ella cuando lo tomó, se paralizó por un momento antes de volver a la realidad.

En la televisión había un programa en el que varios científicos hablaban sobre la posibilidad de estudiar diversas partes del cerebro humano, mientras una mujer pelirroja, pintarrajeada, hacía preguntas carentes de sentido. Se notaba que no entendía nada de lo que los científicos explicaban con sus palabras médicas y solo estaba allí para mostrar su prominente escote. La objetivación a la que exponían a la periodista asqueó a Cheryl.

Agarró el cortaplumas y rasgó el papel del sobre con delicadeza. Al meter la mano halló otro más pequeño, blanco, un mapa doblado y una cajita de cartón envuelta con una cinta.

Lo primero que hizo fue abrir el sobre blanco, ahora con curiosidad por saber de qué podía tratarse todo eso. Apenas desdobló el papel que había dentro sus ojos se desorbitaron y se estremeció, casi saltando del sillón.

La carta estaba fechada un día antes; escrita con una letra grande, redonda y pulcra, con algunos arabescos al final de las oraciones.

Querida Cheryl,

Mi ángel, sé que esta carta puede sorprenderte, no espero que la recibas con alegría, sino más bien con miedo e incertidumbre. Sin embargo, no puedo esperar más, no puedo permitir que esto continúe así porque necesito verte.

Sé que cuando leas esto imaginarás que es algún tipo de broma cruel que alguien quiere hacerte, pero no es así, soy yo mi princesa. Lo único que me impulsa a hacerte llegar esta carta es el anhelo de volver a verte.

Han pasado varios años, lo sé. Aun así, hoy es el día que me ha tocado contactarte. Tú sabes cuánto te amo y cuánto te he necesitado siempre, por eso no puedo seguir aquí a la espera de que tú vengas. Yo te serviré de guía.

He adjuntado a la carta un mapa que te mostrará el camino hacia donde estoy. No dudes mi querida, no dudes en venir a verme porque te estaré esperando.

Con amor,

Tu padre

Cheryl releyó la carta aún desconcertada. Su cuerpo comenzó a temblar y se dejó caer otra vez en el sillón.

¿Quién se había atrevido a hacerle una broma tan cruel?, ¿quién podía ser el desgraciado? Unas lágrimas cayeron por sus mejillas y ella no intentó detenerlas. Volvió a observar la carta, atónita. Era la letra de él, la letra inconfundible de su padre, incluso su firma pulcra, casi rebuscada, lo cual hacía que todo fuera aún más irreal, porque era imposible que él le hubiera escrito una carta un día atrás.

Era imposible porque su padre, Howard Carnaby, llevaba siete años muerto.

El reloj de la mesita de noche marcó las seis de la mañana Cheryl estaba - фото 4

El reloj de la mesita de noche marcó las seis de la mañana. Cheryl estaba sentada en una silla con los ojos enfocados en el cielo nublado a través de la ventana. Una manta la cubría de aquella mañana fría. Su vista vagaba entre los edificios que se extendían frente a ella, mirando sin ver. Varios pañuelos de papel yacían en el piso a su alrededor; ya había llorado y gritado hasta donde su cuerpo aguantó, para después sumirse en el más absoluto de los silencios.

Lo primero que había hecho después de leer aquella carta fue rechazarla. Furiosa con el gracioso que se había atrevido a hacerle aquella broma, agarró el sobre marrón, devolvió las cosas que traía en su interior y lo arrojó a la basura.

Una vez en su habitación se había dicho a sí misma que aquello no influiría en su estado de ánimo, había llorado y sufrido la muerte de su padre hacía muchos años. Aunque aún el dolor era como una espina afilada, clavada en su corazón, no dejaría que nadie jugara con ella. Para intentar dormir bien se tomó una dosis más alta de pastillas que la habitual y se acostó con el MP3 sonando en sus oídos.

No logró descansar mucho, el sueño del extraño pueblo la volvió a asaltar, solo que esta vez la que caminaba por la calle no era la mujer de veintisiete años que Cheryl era en la actualidad, sino una versión de ella misma cuando tenía nueve años. Y la frase que el niño le decía antes de despertar fue: «Debes apresurarte, Cheryl, tu padre te está esperando, no queda mucho tiempo».

Despertó sobresaltada, envuelta en un sudor frío que la hacía temblar. Se levantó, fue hacia la sala y entonces lo vio: el sobre se encontraba nuevamente sobre la mesa. Asustada, revisó el departamento, temiendo que alguien estuviera jugando con ella, pero no encontró a nadie. Después se sentó frente al sobre, no tan convencida de si lo había tirado o no. Lo observó por un largo rato.

Lo volvió a palpar con sus manos, luego dejó caer el contenido sobre la mesa. Esta vez se dedicó con más cuidado a observarlo. Volvió a leer la carta, segura de que, por más difícil que fuera, alguien se había tomado el trabajo de imitar la caligrafía y la firma de su padre.

Tomó el mapa. Observó con curiosidad que tenía un camino marcado con puntos rojos, hasta llegar a una cruz negra marcada con fibra. Por último, agarró la cajita de cartón, la movió y algo pequeño hizo ruido en su interior. No quería abrirla, tenía miedo de lo que podía encontrar dentro, pero si quería saber qué estaba sucediendo debía hacerlo.

Desató la cinta que envolvía la cajita y la abrió con cuidado. Dentro halló una tarjeta escrita con la misma letra de la carta: «Para que no dudes que soy yo». Al sacar la tarjeta se topó con un gran anillo de oro con el sello de un águila a la vista.

En ese momento le dio un ataque de nervios. En el interior del anillo estaba la inscripción que su madre había hecho para su padre, cuando se lo dio como regalo de cumpleaños. Cheryl no necesitaba ver esa inscripción para saber que el anillo era el de Howard, lo conocía de memoria y nunca había visto otro igual. La última vez que lo vio fue en el funeral de su padre, él lo llevaba puesto cuando lo enterraron.

Cheryl colapso, su cuerpo le pasaba factura, se dejó caer en la silla como si hubiera corrido cientos de kilómetros.

A las nueve sonó el teléfono, ella no atendió. Le dejaron un mensaje de la oficina diciéndole que no olvidara la audiencia que tenía esa mañana. A las diez y media le sonó el celular varias veces, Cheryl no se molestó en contestar. Se quedó allí sentada en la silla hasta que sintió sus labios demasiado secos y se forzó a levantarse para tomar un vaso de agua.

Tres días más tarde Anna se apostó en la puerta del departamento de su amiga y golpeó con insistencia.

—¡Cheryl, por Dios abre! —gritó desesperada—. ¿Estás ahí?

Anna tuvo que llamar al portero para pedirle que abriera. El hombre también estaba preocupado porque la chica hacía tres días que no aparecía, así que accedió al pedido.

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