—Ya no podemos apelar a la justicia —replicó Tom—. Las cosas se han ido de las manos, ahora no depende de abogados ni de jueces, Lucius deberá salir de allí sin la ayuda del derecho.
—¿Y quién hará el trabajo? —preguntó otro de los presentes.
—Ya tengo a alguien que se encargará de eso —respondió Tom, escueto—. Vayamos a otro tema que me preocupa. Es lamentable, pero no me queda otra opción que sacar este asunto a la luz. Hay uno de los presentes que me ha desilusionado; nos ha desilusionado a todos los miembros de la Orden. En el pueblo se empieza a hablar de lo que sucede en la última casa a la orilla del lago, no me gusta que la gente venga a meter sus narices en asuntos que no le incumben. ¿Alguien quiere hacerse cargo de las acusaciones? —Las últimas palabras quedaron flotando en la estancia.
El silencio reinó en la habitación, los hombres que rodeaban la mesa se miraron unos a otros; ninguno se atrevió a hablar. Al cabo de unos minutos, en los que Tom parecía haber quedado inmóvil como una escultura de cera, uno de ellos se puso de pie y dejó caer su capucha, dejando su rostro al descubierto.
—Sergei. —Tom por fin se movió—. Sabía que eras tú, solo quería ver si tenías las agallas para dar la cara.
—No he hecho nada malo. Nunca fui infiel a la Orden. He trabajado como todos aquí —replicó el acusado.
—¿Con quién has hablado? —cuestionó Tom.
—Hubo rumores en el pueblo, la gente de pronto hablaba de algunas cosas… ya sabes, de que cuando nuestros antepasados vinieron desde Inglaterra encontraron un pueblo desolado a causa de la guerra. El campo de prisioneros estaba destrozado y nadie había vuelto a este lugar. Sin embargo, nuestros padres y abuelos decidieron reconstruir el pueblo y pronto Siete Lagos volvió a ser un lugar próspero e incluso turístico.
—Creo que olvidas que nuestros antepasados también crearon una orden para protegernos, ¿o acaso ya te has olvidado de dónde nos encontramos? El nombre La Secta del Silencio , ¿te dice algo? —Se burló Tom—. Lucius ha sido imprudente y ahora está preso; tú has hablado de más. ¿Qué haremos contigo? No podemos dejar que las cosas continúen de esta forma.
—Tengo una familia —dijo Sergei con algo de temor—. Mi padre fue uno de los creadores. No he sido infiel, solo traté de acallar los rumores que se dicen por allí. Si hablé, fue con la mejor intención.
Tom asintió en silencio y miró hacia afuera. La niebla cubría la superficie del lago, la luna apenas se vislumbraba a través de ella.
—Creo que tendremos que dejar esta casa, no podemos permitir que alguien descubra este lugar, ni lo que sabemos. Llevaremos todo a un sitio más seguro y encontraremos un nuevo lugar de reunión. —Miró a Sergei de soslayo—. Aún puedes venir con nosotros. Mi confianza en ti está perdida, pero tendrás nuevas oportunidades de demostrar que sigues siendo fiel a la Orden. Ya no te harás cargo del Dragón Rojo, le dejaremos ese trabajo a alguien más capacitado.
Sergei asintió en silencio y volvió a sentarse.
—Cuando hayamos cambiado de lugar, este será quemado para no dejar rastro. —Tom tomó el medallón que había frente a él—. No olvidemos quiénes somos ni qué hemos venido a hacer. Siete Lagos nos necesita, siempre lo ha hecho. Ahora que comienza a respirar no podemos abandonarlo. Los antiguos nos necesitan.
«Dejadlos; son ciegos guías de ciegos;
y si el ciego guiare al ciego,
ambos caerán en un hoyo»
Evangelio de San Mateo, 15:14
«Lo más misericordioso del mundo, creo,
es la incapacidad de la mente humana
para relacionar todo cuanto esta contiene»
La llamada de Cthulhu. H.P. Lovecraft
New York, Estados Unidos, 28 de febrero de 2012.
El auto recorría la avenida a alta velocidad, hasta que se topó con la hilera de vehículos que todas las mañanas embotellaban el acceso. Cheryl miró por encima del volante e intentó contar cuántos autos tenía frente a ella.
«Medio millón más o menos», pensó mientras sacaba el celular. Marcó el número de la oficina, al instante una voz tranquila atendió del otro lado.
—Clarisa, ¿qué tal la mañana? —Se miró en el espejo retrovisor de forma inconsciente—. Estoy atascada en un atolladero de Madre y Señor mío. Ya sabes cómo es esto, te tardas unos minutos en salir y quedas en medio de la marea. —Sonrió—. Llegaré a tribunales en unos veinte minutos, a tiempo para la audiencia. Dile a John que no se preocupe.
Dejó el celular dentro de la cartera y se dispuso a esperar a que los autos se movieran. Encendió la radio para escuchar las primeras noticias del día. Lo de siempre: accidentes de tránsito, protestas en algunas carreteras, uno que otro robo, el clima, los deportes.
— Ha sido un invierno duro, todos lo sabemos, esperamos que en las próximas semanas empiecen los días más cálidos —decía la voz que salía de los pequeños parlantes del automóvil.
Cheryl observó el sol matutino y dejó que los rayos dorados le calentaran el rostro. Sí, había sido un invierno inusualmente frío, pero ella amaba esa época del año. Era ideal para pasar las tardes en el sillón, cubierta con una manta, una humeante taza de chocolate y un buen libro.
—… sería uno de los descubrimientos más importantes de la humanidad. El científico asegura que los primeros resultados podrían estar en unos meses. Esto colocaría a la empresa entre las primeras en luchar contra este mal, equiparando su labor a quienes se encargan de buscar la cura contra el cáncer, el HIV y tantas otras enfermedades que nos aquejan…
La voz de la radio se diluyó entre los pensamientos de Cheryl. ¿Acaso el presentador no tenía otra cosa más importante que hacer que dar noticias como esa? ¿No era todo culpa del gobierno? Eso es lo que decían los conspiranoicos que poblaban el mundo. Cualquier problema, cualquier enfermedad, cualquier mal, siempre es culpa de alguna sección ultrasecreta del Estado.
Esbozó una sonrisa al recordar un caso en el que había actuado hacía poco. Un hombre que trabajaba en una empresa farmacológica desarrolló una violenta enfermedad en la piel, similar a la rosácea pero más virulenta. El hombre estaba convencido de que, al vacunarlos en la empresa, les habían contagiado esa enfermedad como una especie de experimento para probar nuevos fármacos. Su paranoia llegó a tal nivel que entró en crisis en el trabajo, atacó a sus compañeros e hirió a algunos de los trabajadores.
Cheryl, como representante fiscal, al principio no había creído una palabra de la demencia de aquel hombre. Estaba convencida de que era todo un teatro para evitar la condena que le correspondía. Pero cuando lo vio por primera vez, se dio cuenta de que en verdad ese sujeto había caído preso de sus propios temores; algo en su cerebro estaba roto. Al final la fiscalía recomendó el aislamiento en un instituto psiquiátrico.
Avanzó unas cuadras y una canción conocida comenzó a sonar. Aquella melodía le traía a la memoria imágenes de cuando era niña y su padre la llevaba de viaje por la carretera, con la música sonando a todo volumen. En medio de los recuerdos, le vino a la mente el sueño que había vuelto a torturarla la noche anterior; uno que hacía tiempo la sometía a noches de insomnio.
Ella caminaba sola por una calle. A ambos costados se alzaban pequeñas casas de pueblo con techos a dos aguas cubiertos de nieve. El paisaje era blanco, nieve por todos lados: por la calle, a lo lejos en la plaza, aún más allá en las copas de los árboles, copos que caían de forma incesante desde el cielo. El lugar era desconocido para ella pero, a la vez, raramente familiar. Un pueblo enclavado en medio de un bosque.
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