Julieta P. Carrizo - La llamada de Siete Lagos

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Seis extraños son llevados por misteriosas circunstancias hasta Siete Lagos, un pueblo perdido en los helados bosques de Rusia. Cada uno perseguirá su propia ambición, pero el antiguo asentamiento tiene sus propios planes y ellos deberán cooperar si esperan salir de allí con vida. Intérnate en el pozo de la mente y sigue la música del miedo hasta sus últimas consecuencias para descubrir el verdadero significado de las pesadillas.
Pero no des ni un paso en falso, aquí nada es lo que parece.

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Cheryl cruzaba el sendero con tranquilidad, como si esperara encontrar a alguien. Observaba las construcciones que pasaba: un bar con fachada de madera, una franquicia de Burger King en una esquina, una tienda de ropa deportiva, una gasolinera un poco más allá y dos restaurantes con nombres extraños que no podía recordar. La vía desembocaba en la plaza principal que se encontraba cubierta con un manto blanco. Varias tiendas pequeñas rodeaban la plaza, a un lado había un viejo hotel y, del otro, una iglesia antigua dominaba la vista.

Se hacía a un lado, sorprendida por el sonido de una bicicleta. Un niño de unos diez años pasaba junto a ella y la saludaba con una mano, antes de comenzar a pedalear con una velocidad increíble hasta perderse por uno de los callejones laterales.

Sin saber por qué, Cheryl se apresuraba a seguirlo, se metía en las callejuelas de aquel pueblo desconocido, pasaba el linde del bosque y se internaba entre los árboles hasta toparse con una casa enorme que estallaba en llamas. Ella gritaba desesperada, pensando que el niño estaba dentro. Entonces una figura pequeña surgía desde las llamas y se le acercaba con sigilo. Era el mismo niño, podía notarlo, pero una sombra ocultaba las facciones de su rostro. De pronto el muchacho aparecía a su lado, se acercaba a su oído y decía: «Debes apresurarte, él te espera».

Eso era todo, ese sueño de un lugar que ella no conocía la asaltaba noche a noche, desde hacía dos meses. Ella despertaba siempre después de que el niño le dijera aquella frase. Intentaba restarle importancia al asunto, sin embargo, al despertar, le quedaba una extraña sensación de angustia que le impedía seguir durmiendo.

Logró por fin salir del atolladero de autos y se dirigió al Palacio de Justicia. La audiencia estaba fijada para las ocho de la mañana, por lo que llegaba apenas justo a tiempo, aunque dudaba que el juez iniciara sin un representante de la oficina del fiscal presente. Se apresuró hacia la sala, pero cuando entró no encontró nadie. ¿Acaso se había confundido de día? Un hombre que limpiaba los pasillos vio su desconcierto y se acercó a ella.

—La audiencia se aplazó —dijo, sacándola de su ensimismamiento—. El juez tuvo un problema, creo que quedó para mañana. Debería chequearlo con la secretaria.

—Muchas gracias. —Cheryl hizo una mueca. Fue a la oficina de la secretaria del juez y confirmó lo que el hombre le había dicho.

Sin nada que hacer decidió ir a la cafetería de enfrente. Pidió un café bien cargado para despejar de su mente las imágenes que aún la rondaban.

—Cheryl Carnaby. —Un hombre de unos treinta años se le acercó con una sonrisa bailándole en la comisura de los labios.

—Edward Wood, ¿qué le trae por aquí señor abogado?

—Lo mismo que a ti —respondió él, sentándose en la silla vacía frente a ella.

—No me has preguntado si espero a alguien —se quejó Cheryl.

—Pues si es así tendrá que aguardar a que me tome un café contigo. —Edward se echó hacia atrás con un gesto seductor. Cheryl suspiró. No le molestaba que Edward quisiera pasar tiempo con ella; aunque su instinto de autoconservación se encendía cuando lo tenía cerca.

Edward y Cheryl se habían conocido en la universidad. Ella empezaba el primer año de leyes, él iba un curso más avanzado. Se conocieron en una fiesta y el flechazo fue instantáneo. Él se enamoró de su belleza, de aquella cabellera rubia, larga, perfecta e inmaculada; de sus ojos almendrados de profunda mirada, de sus labios carnosos; de su cuerpo curvilíneo de piel pálida como la porcelana; de esas piernas largas, la curva de sus caderas y sus pechos en perfecta armonía. Ella quedó prendada de su encanto, de su forma de hablar y de vestir, la seguridad que emanaba su ser, su cuerpo atlético, sus ojos verdes.

Fue química pura. Sin embargo, el tiempo demostró que no tenían más nada en común.

Él venía de una familia adinerada, hijo de un gran abogado. Con el camino allanado por su padre, apenas salió de la universidad, Edward ya tenía un bufete de abogados esperándolo. Por su parte, Cheryl venía de una familia de clase media sin ningún contacto con el mundo de las leyes, tuvo que empezar desde cero, se agotó hasta salir recomendada de la universidad y batalló para conseguir un puesto en la oficina del fiscal.

Ella terminó la relación, pero a pesar de todo Edward nunca perdía la oportunidad de buscarla, como si ella no fuese más que un entretenimiento.

—Si me permites que te diga, no te veo muy bien. No me malinterpretes, estás espléndida como siempre, solo que tu rostro parece cansado.

—No he dormido bien últimamente —balbuceó Cheryl. Se había olvidado lo petulante que era Edward—. Insomnio.

—Mmm… tal vez tenga un remedio para eso. Quizás necesites a alguien que te acompañe por las noches para que puedas dormir bien, un poco de ejercicio antes de acostarte. Es recomendado por los médicos.

—Sí, imagino que podría salir a correr antes de irme a la cama. —Esquivó la indirecta. Se puso de pie y agarró su bolso.

—Sabes que no me refería a eso —replicó el joven acercándose a ella.

—Sé muy bien a lo que te referías, Ed. —Cheryl sonrió—. Créeme que si quisiera pasar la noche con alguien, no te buscaría a ti.

—Me has herido en lo más hondo. —Dramatizó él.

—Pídele a tu papi que te lleve al hospital. Debo irme Edward, tengo trabajo urgente.

La mañana en la oficina pasó con rapidez. A la hora del almuerzo se apresuró hacia el restaurante donde iba todos los miércoles a encontrarse con su mejor amiga. Anna Hartwood ya se encontraba sentada en la mesa de siempre.

—No me esperaste para la primera copa de vino —dijo Cheryl acercándose por detrás. Anna dio un pequeño respingo y luego se volvió, mirándola con una mueca de enfado.

—Casi logras que ensucie mi blusa nueva. —La chica de cabello negro señaló su camisa color coral, ajustada, casi tan pequeña como un top.

Hacía apenas unos días que Anna había decidido cortarse el cabello bien corto, dejando que unas mechas largas y algo rebeldes le cayeran por el rostro. Cheryl pensaba que el nuevo look de su amiga le sentaba muy bien, aunque no se le escapaba que Anna era flaca como un palillo, con el rostro algo alargado y enormes ojos marrones. Su cabello negro contrastaba con su piel blanca. Tenerlo corto resaltaba aún más sus facciones.

Cheryl se sentó y ambas se apresuraron a pedir la comida.

—¿Otra vez esos sueños? —preguntó Anna. Miró con seriedad a su amiga.

—¿Tanto se me nota?

—Las ojeras te delatan, a no ser que hayas tenido una noche de sexo desenfrenado y no me hayas contado. Pero conociéndote descartaría esa opción.

—Es el sueño de nuevo. No me deja en paz, cada vez es peor que la anterior. De verdad Anna, comienzo a preocuparme, ¿por qué ese sueño me molesta tanto?

—Amiga, yo me pregunto lo mismo. Tal vez deberías ver a un psicólogo, vaya a saber qué quiere decirte tu subconsciente con todo el rollo del pueblo desconocido y el niño extraño.

—Sí, quizás debería volver con el Dr. Johnnson.

Cheryl desvió sus pensamientos hacia aquel pueblo por un momento, pero la conversación cambió radicalmente de rumbo al contar su encuentro con Edward. Por su parte Anna se vería en unas pocas horas con un modelo de ropa interior que había conocido en una de sus presentaciones fotográficas.

—Necesito urgente que me devuelvas el vestido rojo que te presté —dijo cuando se disponían a marcharse.

—Anna, tienes tantos vestidos, ¿por qué el rojo?

—Porque resalta mi escote.

—Ven a casa conmigo y te lo doy.

Se dirigieron al departamento de Cheryl, un piso modesto en un edificio relativamente nuevo en la Quinta Avenida.

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