—En el momento que ella consigue zafarse y golpearlo parece que levanta un poco la cabeza. ¿Podemos volver a ver ese momento? Quiero ver si conseguimos distinguir algo —comentó la sargento Borrás.
El sargento Segura retrocedió la grabación hasta el punto que la sargento había solicitado.
—Aquí, justo ahora, avanzamos lentamente y vemos que en el movimiento el sospechoso levantará por un momento la cabeza dejando ver su rostro, ponemos en pausa et voilà —comentó Daniel
—Cojonudo, te vamos a pasar por el reconocimiento facial a ver quién demonios eres tú.
—No será necesario, ya sabemos quién es. Es un viejo conocido del grupo 5. El cabo Juan Salvá nos pondrá al corriente —comentó el sargento Segura.
El cabo Salvá sacó una fotografía de una de sus carpetas, la mostró a todos los que estaban en ese momento en el despacho del grupo 3 y comenzó a informarles.
—Francisco Escobar, alias el Indio, natural del sur de Colombia, un sicario a sueldo que no trabaja para nadie fijo, sino que ofrece sus servicios al mejor postor.
—¿El Indio? —preguntó la sargento Borrás.
—Le llaman el Indio porque es un cuarterón, su abuelo materno era un nativo del sur de Colombia. De hecho, durante los primeros años vivió en una aldea de una zona muy cercana al comienzo de la selva del Amazonas.
—¿Has dicho la selva del Amazonas?
—Sí, su aldea, el nombre lo debo tener en algún sitio, está prácticamente al borde de la selva —respondió el cabo Salvá.
—Nuestras víctimas han sido narcotizadas, por decirlo de alguna forma, con una toxina mezcla de savias de plantas del Amazonas. Una era…, espera, que aquí lo tengo anotado…, Strychnos , así se llama la planta. Del resto no tenemos ni idea. ¿Podría el Indio haber adquirido conocimientos sobre plantas selváticas de su abuelo? —continuaba preguntando Antonia al cabo.
—Si tiene conocimientos o no lo desconozco, pero sí que cualquier nativo de la selva sabe cómo crear venenos o narcóticos con la mezcla de savias de las plantas salvajes. De hecho, en algún caso en el que el Indio ha sido sospechoso las autopsias daban como resultado muerte natural por infarto sin que se encontrara ninguna sustancia que hubiese podido producirla.
La sargento Borrás afirmó con la cabeza mirando a Iñaki y volvió a consultar al cabo Salvá.
—Veamos de nuevo esa foto de archivo. Iñaki, mira, lleva una especie de aro ancho en mitad de la oreja. Eso reforzaría aún más que es el mismo tipo que estuvo en el hotel, ese aro metálico debió ser en el que se reflejó el láser de la fiesta que cegó la cámara.
—Creo que ya podemos estar cien por cien seguros de que es el mismo tipo que estaba en la fiesta —respondió Iñaki.
—Vamos a inspeccionar la zona donde se pierde la imagen de la cámara, a ver qué podemos encontrar. Muchas gracias a todos. Por favor, sargento, agradezca de mi parte a sus equipos.
Fue entonces cuando el teniente Torres intervino de nuevo.
—Yo también quiero dar las gracias a todos, ya sabéis la importancia del caso. Sargento Segura, debido a la gravedad de la situación, voy a poner al cabo Salvá a las órdenes de la sargento Borrás y permanecerá en su equipo hasta que todo quede resuelto.
—Totalmente de acuerdo, teniente. Cabo, póngase a las órdenes de la sargento Borrás y aplique todo su conocimiento para resolver este caso —respondió el sargento Segura.
—No esperemos más. Iñaki y yo vamos a Punta Ballena. Juan, tú quédate y sigue indagando.
Lunes, 24 de junio, 00:35 h Punta Ballena
Tal como se había visto en la cámara de seguridad, Mireia se encontraba de pie en la esquina de la calle que terminaba en la playa. Estaba abrazada a dos hooligans ingleses con los que se estaba dando el lote. Justo detrás de ella se colocó el Indio esperando una oportunidad para poder llevarse a la chica. En unos minutos se organizó una pelea entre hooligans y los dos borrachos ingleses que estaban con Mireia se enzarzaron en la pelea, al igual que una veintena más de sus ebrios compatriotas que había alrededor. Mireia se quedó de pie sola, manteniendo el equilibrio como pudo. El Indio se acercó y agarró a Mireia por un brazo.
—Vamos, princesita, vente conmigo si no quieres que les pase nada a tus amiguitos.
—¿Quién coño eres tú? ¿Y cómo te atreves a ponerme una mano encima, panchito de mierda?
—Te he dicho que te vienes conmigo, niñata, y no me vuelvas a llamar panchito de mierda si no quieres que este delicado bracito se parta en dos.
Mireia consiguió zafarse y salió corriendo por la calle que tenía justo a su espalda, pero le era bastante difícil correr con los tacones y la cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo. El Indio salió corriendo tras ella mientras le gritaba.
—¡Niñata de mierda, párate o será peor para todos!
Mireia corrió hasta que se terminó la parte embaldosada de la calle peatonal y tuvo que descalzarse para correr atravesando un pequeño pinar. Antes de llegar a la arena de la playa, se giró para ver a qué distancia estaba el Indio. Las luces de las farolas no alcanzaban a iluminar esa parte del pinar y no se percató de una raíz de pino que sobresalía en la tierra. Mireia tropezó y al caer al suelo se golpeó la cabeza contra un banco quedando inconsciente.
Capítulo 3
Atando cabos
Martes, 25 de junio, 12:00 h Punta Ballena
La sargento Borrás, el cabo Salvá y el agente Suengas llegaron a Punta Ballena y se situaron en el lugar desde el cual salió huyendo Mireia.
—Bien, este es el punto de partida. Situamos a Mireia en esta esquina, comienza la pelea y el Indio agarra a Mireia por el brazo. Ella consigue zafarse y sale corriendo a nuestras espaldas —comentó la sargento Borrás.
Comenzaron a andar por la zona peatonal de la calle, recorrieron unos metros y llegaron al punto donde se perdía la imagen de Mireia en la grabación de seguridad.
—Aquí más o menos es donde dejamos de verla. Seguimos andando, a ver si vemos cualquier indicio —indicó la sargento.
Caminaron en paralelo hasta que se toparon con el pequeño pinar al final de las baldosas.
—Aquí comienza la tierra del pinar, veamos si hay cualquier huella o rastro —comentó de nuevo la sargento.
—Antonia, han pasado dos días desde que Mireia pasase por aquí. Esto es Magaluf, a esta playa van cada día miles de personas y muchas cruzan por este pinar, cualquier huella o pista estará más que borrada —indicó el cabo Juan Salvá.
—Tienes razón, nosotros tres a simple vista no vamos a encontrar nada. Juan, contacta con la científica para que se desplacen hasta aquí y busquen cualquier cosa que nos pueda servir. Después vuelve a la central y busca cualquier cosa que se nos pueda haber pasado por alto de los padres. Iñaki y yo nos quedaremos aquí para seguir buscando algún indicio y esperar a la científica.
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