—Así lo haremos, se lo aseguro. Somos los primeros interesados en que atrapen al canalla que le ha hecho esto a unos críos —respondió Joana.
—Ahora tengo que ir al hotel para hablar con los padres de Mireia. Necesitamos cualquier información que nos pueda ser de utilidad en el caso.
La sargento Borrás salió del hospital, se subió a su coche y arrancó camino de Magaluf de nuevo. Cuando se incorporó a la autopista llamó a través del manos libres al agente Iñaki, que se encontraba aún en la habitación 412.
—Buenas tardes, sargento —respondió Iñaki a la llamada.
—¿Alguna novedad?
—Seguimos recopilando todas las muestras y pistas que encontramos, pero no vemos nada de momento que sea definitivo.
—Los padres de Mireia deben haber llegado al hotel. Por favor, averigua en qué habitación se alojan y diles que estoy de camino y que necesito hablar con ellos lo antes posible.
—Sargento, un detalle que antes no habríamos podido confirmar con tanta ropa revuelta y tanto lío: hemos observado que, así como el bolso de Tania estaba tirado por el suelo con todo su contenido volcado, no encontramos el bolso de Mireia. Es extraño que alguien se lleve a la fuerza a una menor de la habitación de un hotel y se preocupe por coger el bolso.
—Eso es bastante extraño. Si lo que quieres es llevarte a la chica para poder pedir un rescate, no perderías el tiempo en llevarte el bolso. Aunque puede ser tan simple como que la chica lo llevara tan fuertemente cogido que no lo soltara. Eso dando por supuesto que se la llevaran de la habitación del hotel.
—No hemos encontrado nada que corrobore o descarte esa teoría, así que seguiremos buscando indicios —aseguró Iñaki.
—Bien, estoy llegando al hotel para hablar con los padres de Mireia. Terminad de recopilar todo lo que podáis y habla con la científica para que nos faciliten lo antes posible toda la información que hayan podido procesar. ¿Se ha repartido ya la foto de la chica a todas las fuerzas de seguridad?
—Sí, hemos repartido varias fotografías a todas las unidades habituales, además del aeropuerto, aeródromos, puertos y puertos deportivos.
—Estudiaremos todo lo que tengamos mañana a las ocho de la mañana en el cuartel. Sé que es una putada, pero necesito que proceses todo lo que puedas para esa hora, y ve pasándome ya lo que tengas para que pueda echarle un primer vistazo esta tarde noche.
—Va a ser una noche de cafeína, sargento.
—Cualquier cosa que se te ocurra, sea la hora que sea, llámame. Estamos en las primeras veinticuatro horas y sabemos que son cruciales.
—Descuida, Antonia, este caso lo vamos a resolver como que me llamo Iñaki.
—Venga, voy colgando, que estoy llegando a Magaluf. Averigua la habitación y nos vemos en el hall .
La sargento Borrás llegó al hotel apenas unos minutos después de finalizar la llamada.
Se dirigió al hall del hotel y se encontró de nuevo con Iñaki.
—¿Has hablado con los padres? ¿Les has comentado que necesitamos hacerles unas preguntas.
—Sí, se alojan en la 815.
—Pues ya estamos tardando.
Ambos se dirigieron hacia un lateral del lujoso y moderno hotel. Mientras la música chill out sonaba por la megafonía, se abrieron las puertas del ascensor. Dejaron salir a unos huéspedes antes de entrar ellos.
Iñaki pulsó el botón para subir a la planta octava.
—No esperes que nos reciban con los brazos abiertos —exclamó Iñaki mientras el indicador de nivel aumentaba progresivamente hasta el número 8.
—No lo espero —respondió la sargento.
A la salida del ascensor giraron por el pasillo hasta la habitación 815.
Una vez frente a la puerta color cerezo, el agente Iñaki y la sargento se miraron uno al otro. La sargento frunció el ceño, levantó el puño y golpeó tres veces con sus nudillos.
La puerta se abrió y les recibió Oriol, el padre de Mireia.
La sargento borras se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó su identificación como agente de la UCO.
—Buenas tardes. Sargento Antonia Borrás de la UCO. Soy la responsable de la investigación sobre la desaparición de su hija. Me acompaña el agente Iñaki Suengas. Necesitamos hacerles unas preguntas.
—Adelante, les estábamos esperando.
Los tres avanzaron a través del pasillo de la lujosa suite hasta llegar a la pequeña sala de estar donde se encontraba sentada en el sillón Aina, la madre de Mireia.
—Tomen asiento, por favor. Soy Oriol padre de Mireia.
—Yo soy Aina.
—Sargento Antonia Borrás y el agente Iñaki Suengas. Como ya le he comentado a su marido, estoy a cargo de la investigación sobre la desaparición de su hija y la agresión a sus dos compañeros.
—¿Tienen alguna idea de dónde está mi hija? —preguntó entre lágrimas Aina.
—Desgraciadamente no, pero necesito hacerles unas preguntas.
—Por supuesto, sargento, estamos a su disposición para cualquier cosa que podamos aportar a la investigación que permita recuperar a nuestra hija.
—Son ustedes personas de buena posición, al igual que los padres de Tania y Gerard. ¿Alguien se ha puesto en contacto con ustedes para solicitar un rescate?
—No, en absoluto, nadie ha contactado con nosotros —respondió Oriol.
—¿Tienen una idea de quién podría querer hacerles daño? ¿Qué motivos podrían tener para querer secuestrar a su hija?
—¿Bromea? Somos una de las familias más influyentes de Barcelona, mucha gente nos envidia o nos odia, pero lo que más quieren es nuestro dinero. Sin duda, esa gente quiere dinero y se lo daremos si es necesario con tal de recuperar a nuestra hija.
—Escúcheme bien, si contactan con ustedes para pedir un rescate, háganmelo saber de inmediato. No se les ocurra pagar sin contar con nosotros, no tienen ninguna garantía de que una vez esté efectuado el pago la vayan a liberar —insistió la sargento.
—¡Es mi hija! Decidiré yo lo que considere oportuno si llega el momento. No crea que me voy a quedar de brazos cruzados esperando que una sargento y un agente de la Benemérita encuentren a mi hija. Tengo detectives privados investigando para mí. Sea quien sea esa gente, no sabe con quién se está jugando los cuartos —exclamó con cierto enfado Oriol.
—No intervenga, señor Grau i Moncada, solo va a empeorar las cosas, aunque ya vemos que no nos vamos a entender. Le advierto que además podría ser constitutivo de delito.
—¿Hemos terminado, sargento? —exclamó Oriol, haciéndole saber a Antonia que no iba a quedarse esperando a ver pasar los acontecimientos.
—De momento. Buenas tardes. Vamos, Iñaki, aquí no tenemos nada más que hablar. Por el momento.
La sargento y el agente salieron de la habitación y se dirigieron por el pasillo de nuevo al ascensor.
—No ha ido tan mal, ¿no? —comentó Iñaki.
—Podría haber sido peor.
—Buen colofón a un jodido día de junio.
Bajaron en el ascensor hasta el hall y se dirigieron al aparcamiento del hotel.
—¿Sigue en pie lo de mañana a las ocho? Porque me va a tocar poner un poco en orden toda esta cantidad de mierda —preguntó Iñaki.
—Joder, lo dices como si fuera una cita. Y sí, mañana nos veremos a las ocho con las legañas en los ojos, pero este tipo de casos son los que me revientan, una cría desaparecida y nosotros solo podemos intentar encajar las piezas de un puzle para salvarle la vida.
—Mañana nos vemos, sargento —respondió Iñaki con una risa jocosa.
La sargento se subió a su vehículo y se marchó. Iñaki por su lado también abandonó el hotel.
Camino de casa, la sargento Borrás no podía dejar de darle vueltas a todo lo sucedido durante el día, pensando en la complejidad del caso que le había tocado resolver. Con la mirada perdida, conducía su vehículo como si fuera una autómata. Se pasaba una y otra vez la mano derecha por la cabeza, desde su frente hacia atrás llegando hasta la nuca y se masajeaba las cervicales, que le dolían fuertemente.
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