– No sé cómo puedes trabajar en ese desorden -revisaba todo con irritación-. No es de extrañar que pierdas cosas. ¿Y qué hacen esas flores aquí? -su mirada se agudizó al mirarla-. ¿Son de Charles Ferrars?
– No. Las compré yo -se relajó, aliviada al tratar de nuevo con el irritable Lorimer. El le era mucho más familiar y mucho menos perturbador que el cálido hombre atractivo que le había sonreído. Era tan normal, que se preguntaba si había imaginado la carga eléctrica en el ambiente cuando se miraban uno al otro.
Con un esfuerzo, Skye recuperó la compostura.
– ¿No has visto que hay flores sobre el escritorio de Sheila? Compré algunas para la Recepción, algunas para aquí y otras para tu oficina -abrió la puerta y le mostró su escritorio con un enorme florero lleno de margaritas.
Lorimer las miró y luego a Skye, como si ella se hubiera vuelto loca.
– ¿Para qué? -sí, definitivamente estaba normal de nuevo.
– Pensé que así sería mucho más agradable -le explicó-. La oficina es tan sosa… quiero decir que todo tiene mucho gusto pero… -miraba el cuarto bien proporcionado y elegante-, necesita algo cálido, ¿no crees?
Lorimer señaló el ramo de flores sobre el escritorio de ella.
– Un florero con una flor es una cosa, pero todo un seto herbáceo es otra completamente diferente. ¿Era necesario poner tantas?
– Me pareció buena idea en ese momento -dijo Skye ingenua-. Además, charlé con la señora que tiene el puesto de flores cuando me bajé del autobús esta mañana y no me pareció apropiado comprarle sólo un ramito de margaritas. Su esposo huyó hace muchos años y ella tiene cinco hijos que alimentar, sin mencionar a su anciano padre que…
– ¡Líbrame de los detalles! -Lorimer levantó una mano para interrumpirla-. No tengo deseos de descubrir la historia de la vida de cada extraño que pasa. Sólo díme si piensas correr con los gastos de esa infortunada mujer cada mañana, comprándole el puesto entero.
– Creo que cada tres días estará bien. Cada mañana me parece excesivo.
– Me sorprende que eso te detenga -le dijo con acritud-. El exceso parece ser tu segundo nombre. ¿Se supone que yo proporcionaré los fondos para este caritativo gesto?
– No sería tanto -trató de engatusarlo-, y la oficina se vería mejor, ¿verdad? -Lorimer gruñó algo como respuesta-. Le pregunté a Murray si podía tomar algo de la caja -perseveró-, y él dijo que estaba seguro de que no te importaría, aunque pensaba preguntártelo primero, claro -añadió con rapidez.
– Me complace escuchar eso -comentó irónico y caminó hasta su escritorio, se quitó la chaqueta antes de sentarse-. Parece que ya tienes a mi contable comiendo de tu mano, y a todos en este lugar. Sheila me ha dicho que estás organizando algo así como una reunión del personal esta noche.
– Solo vamos a comer pizza. Pensé que sería agradable conocerlos a todos -Skye vaciló en el umbral, al observarlo enrollar las mangas de su camisa mientras miraba los menajes que ella le había dejado sobre el escritorio-. ¿Quieres venir?
Lorimer levantó sus cejas oscuras.
– ¿Yo?
– Eres miembro del personal -le señaló.
La miró pensativo un momento y regresó su atención hacia los menajes.
– Gracias, pero no, gracias. Ya tengo planes para esta noche.
– ¡Oh! -Skye se sintió tonta. Por supuesto que él tenía sus propios planes. Tendría mejores cosas que hacer que ir a comer pizza. Se preguntaba qué haría y con quién estaría-. ¿Quieres una taza de café?
– Gracias -Lorimer ya estaba mirando los mensajes de forma ausente.
Skye bajó al sótano donde encontró a Sheila que volvía a llenar la cafetera.
– En realidad estoy entusiasmada por lo de esta noche -comentó la recepcionista-. No pensamos en salir juntos antes de que tú llegaras, Skye y todos estaban acostumbrados a irse a casa después del trabajo y apenas hablamos entre nosotros cuando estamos aquí. No sé por qué, pero todo es más divertido desde que tú llegaste.
Caminó hasta la ventana para mirar a la calle. Era un húmedo día gris y las luces estaban encendidas en todas las oficinas.
– Le he preguntado a Lorimer si quería venir con nosotros esta noche -dijo Skye de forma casual y Sheila casi dejó caer la lata del café.
– ¡No lo hiciste!
– ¿Por qué no?
– Yo no me atrevería -susurró Sheila impresionada-. ¡Eres valiente, Skye! Yo me sentiría aterrorizada si me gritara como te grita a ti.
– Es que por lo general, me lo merezco -Skye sonreía con franqueza-. De todas formas no va a venir, así que puedes relajarte. Dijo que estaba ocupado.
– Es probable -aceptó Sheila con alivio-. Creo que sale bastante.
– ¿Con quién? ¿Tiene una novia?
– No lo sé. Lo he visto salir un par de veces con Moira Lindsay. Ella es adorable y dicen que juega el golf de forma maravillosa.
– ¿Moira Lindsay? -el nombre sonó como una campana en la cabeza de Skye-. ¿No es la chica que será la secretaria de Lorimer, después de Navidad?
Sheila asintió.
– Correcto. Parece que es muy buena. Esto se va a quedar muy triste sin ti, Skye. Apenas llevas una semana y ya es difícil recordar cómo era antes de que tú llegaras.
Skye apenas la escuchaba. Apretaba el tazón de Lorimer tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Con razón no podía esperar que transcurrieran esos tres meses… ¡Qué agradable que su novia y su secretaria se convirtieran en una! Le había dicho que Moira estaba excepcionalmente bien calificada, pero no había apreciado hasta ese momento lo que significaban sus palabras.
Se quedó silenciosa mientras regresaba con Sheila. Menos mal que había descubierto lo de Moira antes de hacer algo tan tonto como enamorarse de Lorimer.
Dejó su tazón entre el revoltijo de su escritorio y llevó el otro con cuidado a la oficina de Lorimer. Estaba muy lleno y, concentrada, trataba de no derramar el líquido caliente sobre su mano. Iba a mitad del cuarto cuando observó que Lorimer tenía esa peculiar expresión en sus ojos, la misma que había visto antes. Se detuvo, intrigada.
– Si no llenaras el tazón hasta el borde, sería más fácil llevarlo -le dijo, pero Skye tuvo la sensación de que se esforzaba para parecer irritado. Se inclinó sobre los planos extendidos sobre el escritorio y le pasó el tazón.
– Con cuidado, está caliente -le advirtió mientras él movía su mano para tomar el asa. Al sentir su piel contra la suya, respingó y el café caliente se desbordó sobre sus dedos.
– ¡Ay! -de forma instintiva retiró su mano antes de que Lorimer hubiera sostenido la taza y cayó con un ruido sobre los blancos planos, derramando el café por todos lados.
– ¡Mujer estúpida! -Lorimer echó hacia atrás su silla y se puso de pie de un salto antes de que el café tuviera oportunidad de caer en su regazo. No había nada forzado en su irritación-. ¿Por qué lo has soltado?
Skye lamía sus dedos escaldados.
– Pensé que mi mano era más importante que tus planos.
– ¡Eso es muy discutible! -respondió furioso-. ¡Mira el lío que has armado! Tendremos que copiar todos estos planos de nuevo -los arrugó y los depositó en el cesto mientras que Skye limpiaba la mesa con pañuelos desechables.
– Aquí, dame -se los quitó de la mano-. ¡Como de costumbre sólo empeoras las cosas!
– No sé por qué estás tan molesto conmigo. Ha sido un accidente.
– Hay demasiados «accidentes» cuando tú andas por aquí -le lanzó-. La oficina es un caos total desde que llegaste y yo tengo trabajo acumulándose porque eres muy lenta, pasas el tiempo distrayendo a mi personal así que nadie hace ningún trabajo y eres tan ineficiente que ni siquiera puedes tomar un recado de forma apropiada.
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