Robert Alley - El último tango en Paris

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El último tango en Paris: краткое содержание, описание и аннотация

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—¿No quieres bailar? —preguntó Paul. Comenzó a bailar solo haciendo contorsiones en medio de las parejas. Ellos no fallaban un solo paso. Era algo absurdo y Paul se divertía. Se sentía bien, volando con el whisky, y el espectáculo. Su nueva vida estaba empezando y la quería vivir plenamente a su manera. Trató de dar un salto y cayó de rodillas.

La mujer del vestido floreado estaba muda de la indignación. Los otros jueces se arremolinaron a su alrededor hablando en voz baja, pero ninguno de ellos estaba dispuesto a enfrentarse con la pareja borracha e irreverente.

—¡La pista ya está llena! —gritó la mujer de las flores agitando los brazos y avanzando hacia Paul—. Usted está exagerando.

Tomó a Paul en serio, como a todo lo demás.

Paul pensó que era muy cómico. Empezó a reírse y a bailar alrededor de la mujer como un matador.

—¡Váyase de aquí, señor! ¿Qué está haciendo?

—¡Madame! —dijo él y tomó a la mujer por la cintura en una pose de tango. Paul empezó a moverla pesadamente por la pista y ella luchó por deshacerse del abrazo.

—Es el amor —dijo Paul—. Siempre. L’amour toujours .

—¡Pero es un concurso!

Por último se pudo liberar. Sus colegas de la mesa del jurado se aproximaban con precaución.

—¿Qué tiene que ver el amor aquí? —gritó la mujer—. Váyase al cine a ver amor. ¡Ahora váyase, largo de aquí!

Jeanne tomó a Paul del brazo y lo empujó hacia la salida. Pero él se detuvo al borde de la pista. Mientras todos los jueces lo miraban, se bajó los pantalones, se agachó y les mostró el culo. Los espectadores contuvieron el aliento.

Él y Jeanne salieron tambaleantes de la pista. Se quedaron en un rincón oscuro junto a las mesas arrinconadas y se sentaron descansando pesadamente contra la pared. La música continuó indiferente y sin interrupción.

—Belleza mía, siéntate delante mío —dijo Paul y trató de tocar la mejilla de Jeanne, pero ella quitó la cara. Gimió de angustia verdadera.

—¡Garçon! —Paul chasqueó los dedos, pero el camarero no vino—. ¡Champagne! —gritó y empezó a mover las manos al ritmo de la música—. Si la música es el alimento del amor, ¡que siga sonando!

Dirigió la mirada a Jeanne y vio las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Se terminó.

—¿Qué te sucede? —repitió negándose a comprender lo que ella acababa de decir.

—Se terminó.

—¿Se terminó qué?

—Jamás nos volveremos a ver, nunca más.

—Eso es ridículo. —Paul hizo un gesto con las manos quitando importancia a sus palabras. Luego le tomó la mano y se la puso dentro de sus pantalones. Repitió suavemente: —Es ridículo.

—No es una broma. Jeanne le tomó el pene con el puño y comenzó a moverlo. Miraba fijamente hacia adelante y las lágrimas aún le corrían por las mejillas.

Paul se recostó contra la pared.

—Oh, tú, rata sucia —suspiró.

—Se terminó.

—Mira, cuando algo termina, vuelve a empezar. ¿No lo ves?

—Me voy a casar —dijo Jeanne mecánicamente—. Me voy a otra parte. Se terminó.

Movió la mano más rápidamente.

—Oh, Jesús.

Paul acabó y Jeanne retiró la mano con disgusto. Ella lo había ordeñado a él y a Paul se le fue la última pizca de energía. Ella se limpió la mano con su pañuelo.

—Mira —dijo él tratando de bromear acerca de la repulsión que sentía Jeanne—, eso no fue una correa engrasada, fue mi pija.

La música murió y el salón se llenó con sonidos de pasos y el sonoro anuncio del juez acerca de los ganadores del concurso. Jeanne no comprendió las palabras, pero no tenía importancia. Vio el escenario y se vio allí con Paul. El se había vuelto desagradable y su vida era sórdida y carecía de sentido, su sexo era inútil. Lo miró y se enfrentó a un mendigo borracho. Lo odió y se odió a sí misma.

—Se terminó —dijo y se puso de pie y se dirigió a la salida.

—Espera un minuto —dijo Paul—. ¡Tú, Bimbo idiota!

Se puso de pie con dificultad y se ajustó los pantalones. Cuando llegó a la puerta, ya Jeanne estaba caminando con paso vivo hacia el boulevard principal.

—¡Carajo! —dijo Paul deslumbrado por la súbita luz y con paso inseguro. El sonido de sus pasos asustó a Jeanne.

—Hay, Rube —llamó Paul con acento juguetón, pero Jeanne apuró aún más el paso—. ¡Ven aquí!

Ella cruzó la calle justo en la esquina cuando cambiaron las luces y Paul tuvo que esperar. En su interior crecieron la furia y la frustración. De improviso, se dio cuenta de que si ella lo dejaba ahora, jamás la volvería a ver.

—¡Ven aquí! —gritó de nuevo metiéndose entre el tráfico y los bocinazos y apurándose—. ¡Voy a alcanzarte, Bimbo!

En ese momento los dos se echaron a correr. Entraban y salían de la sombra de los Plátanus alineados en el pavimento y los espasmos de los rayos del sol enfocaban la contradicción: una chica hermosa con el abrigo abierto y el cabello al aire perseguida por un hombre lo suficientemente viejo como para ser su padre y falto de aliento y de gracia para esa carrera.

Podían haber estado ligados por una cuerda invisible que se hacía más corta a medida que ella aminoraba el paso, luego se alargaba cuando ella volvía a poner distancia entre ellos. Pero la cuerda invisible nunca se rompió. Permanecieron asociados en un ritual extraño, aislados del mundo por el que pasaban.

Era la hora de más tráfico y los Champs Elysées estaban llenos de gente. Jeanne corrió evitando una y otra vez las oleadas de transeúntes y a corta distancia de Paul. Aumentó su miedo cuando se dio cuenta de que éste no dejaba de seguirla y presa del pánico trató de pensar en un sitio donde pudiera sentirse segura. Únicamente se le ocurrió el apartamento de su madre en la Rue Vavin en Montparnasse y no dudó de que Paul no podría durar tanto.

Él ya se había quedado distanciado, ella aminoró la marcha y lo miró por encima del hombro. Media manzana uno del otro, pasaron el Grand Palais, espléndido en la luz del atardecer, la Gare d’Orsay y cruzaron el Sena, con el sonido de sus pasos perdidos en el rugido del tráfico en competencia. Paul la siguió aunque casi no tenía aliento y sentía dolores punzantes en el pecho.

Cuando llegaron a Montparnasse, Jeanne dio media vuelta y le gritó:

—¡Basta! ¡No sigas!

—¡Espera! —rogó Paul pero fue inútil. Volvió a avanzar.

Jeanne se aproximó al edificio del apartamento de su madre y caminó más lentamente. No quería que Paul la siguiese allí y no se le ocurrió ninguna alternativa. Se percató de los pasos atrás de ella. Por último, él la alcanzó, casi incapaz de respirar y la agarró del brazo.

—¡Se terminó! —dijo ella deshaciéndose de él—. Ya es suficiente.

—Eh, cálmate.

Paul se apoyó en la pared y trató de razonar con ella, pero Jeanne caminó a su alrededor.

—¡Basta! —gritó—. Se terminó. Ahora vete. ¡Lárgate de aquí!

Paul caminó a su lado todavía tratando de recuperar el aliento.

—No puedo ganar —dijo—. Dame una oportunidad.

Se esforzó por adelantarla y cerrarle el paso. Sonrió, desesperado, para ganar el control, las manos descansando en las caderas. Dijo con cariño:

—Eh, tontuela .. .

Jeanne habló rápidamente, esta vez en francés.

—Esta vez voy a llamar a la policía.

En ese momento él decidió no dejarla ir. Iba a hacer cualquier cosa para prevenir que lo abandonara. Jeanne era su última posibilidad de amor.

Ella pasó a su lado.

—Bueno, carajo, no estoy en tu camino —dijo amargamente—. Es decir, aprés vous, Mademoiselle .

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