Se hundió hasta el mango en el hinchado lomo de un dragón de treinta metros, y el mar cobró vida al instante.
El animal herido fustigó la superficie con la cola y desplegó las alas, que golpearon el agua con titánica furia, como si el dragón quisiera remontar el vuelo, y arrastrar al Brangalyn . Con la primera explosión de dolor, los dragones hembras abrieron igualmente las alas para reunir a las crías bajo un escudo protector, y se alejaron con potentes sacudidas de la cola. Mientras tanto, los animales de mayor tamaño de la manada, los monstruos consumados, se limitaron a sumergirse y se deslizaron en las profundidades con apenas un murmullo de energía. Quedó únicamente una docena de dragones adolescentes, sabedores de que algo inquietante estaba ocurriendo pero inseguros respecto a cómo reaccionar; nadaron describiendo amplios círculos en torno al camarada herido, con las alas inciertamente semiabiertas y golpeando con suavidad el agua. El arponero, que continuaba cogiendo armas con absoluta tranquilidad, clavó otro arpón en su presa, y otro más cerca del primero.
—¡Botes! —gritó Gorzval—. ¡Redes!
Se inició una extraña maniobra. Arriaron de nuevo los botes, y los cazadores se pusieron a remar. Avanzaron hacia el círculo de excitados dragones, y lanzaron al agua cierto tipo de granadas que explotaron produciendo apagados sonidos y esparciendo una espesa capa de tintura amarilla brillante. Las explosiones y, tal parecía, la tintura crearon un frenesí de terror en los restantes dragones. Sacudiendo alocadamente alas y colas, nadaron con rapidez hasta perderse de vista. Sólo quedó la víctima, perfectamente viva pero bien agarrada. También nadaba, hacia el norte aunque arrastraba tras ella toda la mole del Brangalyn y el esfuerzo iba debilitándola visiblemente poco a poco. Los tripulantes de los botes usaron más granadas de tintura para obligar al dragón a situarse más cerca del barco. Al mismo tiempo, los encargados de las redes lanzaron un colosal enredo que se abrió y extendió sobre el agua gracias a cierto mecanismo interior y que volvió a cerrarse cuando el dragón se enredó en las mallas.
—¡Cabrestantes! —bramó Gorzval, y la red se elevó del agua.
El dragón quedó suspendido en el aire. Su enorme peso hizo que el gran barco se inclinara de un modo alarmante. En lo alto, el arponero de la cúpula se dispuso a dar el golpe de gracia. Asió la catapulta con los cuatro brazos y disparó. Lanzó un furioso gruñido en ese mismo instante y un segundo después se oyó la respuesta, sorda y agónica, del dragón. El arpón penetró en el cráneo del dragón detrás de sus ojos, verdes y similares a platillos. Las poderosas alas barrieron el aire en un último y terrible espasmo.
El resto fue mera carnicería. Los cabrestantes actuaron, el dragón fue izado hasta el desolladero y se inició la despellejadura del cadáver. Valentine observó un rato, hasta que el sangriento espectáculo perdió interés: el despedazamiento de la grasa, la extracción de los órganos internos apreciados, la separación de las alas, etcétera. Valentine bajó a la bodega en cuanto se aburrió. Cuando regresó varias horas después, el esqueleto del dragón se alzaba sobre la cubierta como un ejemplar de museo, un gran arco blanco rematado por una rara cresta espinosa, y los cazadores estaban desmontando incluso eso.
—Estás muy serio —le dijo Carabella.
—No aprecio este arte —respondió él.
Valentine opinaba que Gorzval podía haber llenado por completo la bodega del barco, que era muy espaciosa, solamente con las ganancias de aquella manada de dragones. Pero había elegido un puñado de jóvenes y un solo adulto, no el de mayor tamaño, ni mucho menos, y había hecho huir al resto. Zalzan Kavol explicó que había cuotas, decretadas por coronas de siglos anteriores, para evitar el exceso de pesca: había que diezmar a las manadas, pero no exterminarlas, y un barco que regresaba demasiado pronto de su viaje tendría que rendir cuentas y someterse a fuertes multas. Además, era esencial subir a bordo a los dragones con suma rapidez, antes de que llegaran depredadores, y procesar prontamente la carne. Una tripulación que cazara con excesiva avidez no podría ocuparse de la pesca de un modo eficaz y provechoso.
La primera matanza de la temporada pareció ablandar a los tripulantes. De vez en cuando saludaban a los pasajeros, incluso sonreían alguna vez, y cumplían sus tareas con sosiego y casi con alegría. Su murrio silencio se desvaneció, se rieron, bromearon, cantaron en cubierta:
Lord Malibor era gallardo y osado,
y amaba el encrespado mar.
Lord Malibor salió de su monte un día,
pues quería ir a cazar.
Lord Malibor dispuso su barco,
un navío de imponente perfil,
con grandes velas de oro batido
y elevados mástiles de marfil.
Valentine y Carabella escucharon a los que cantaban —se trataba de la cuadrilla que embarrilaba la grasa— y fueron a popa para oírlos mejor. Carabella, que no tardó en aprender aquella melodía sencilla y vigorosa, se puso a tocarla con su arpa de bolsillo, añadiendo breves y caprichosas cadencias entre los versos.
Lord Malibor al timón se puso
y al inquieto oleaje se enfrentó,
y en busca del dragón feroz y bravo
con viento abierto navegó.
Lord Malibor pronunció un reto
con voz de sonidos atronadores.
«¡Quiero conocer, quiero combatir»,
gritó, «al dragón rey de los mares!»
«¡Te oigo, mi señor!», bramó el dragón,
y surcando el mar se acercó al bajel
Veinte kilómetros de largo,
cinco de ancho y tres de alto, así era él.
—Mira —dijo Carabella—. Allí está Zalzan Kavol.
Valentine volvió la cabeza. Sí, allí estaba el skandar, escuchando junto a la barandilla, en el extremo opuesto, con todos los brazos cruzados y una expresión ceñuda formándose en su semblante. Al parecer no le gustaba la canción. ¿Qué le ocurría?
Lord Malibor se situó en cubierta,
luchó con denuedo y valentía.
Terribles golpes se intercambiaron
y mucha sangre brotó aquel día.
Pérfido y astuto es un dragón rey,
raramente cae denotado.
Pese a toda su fuerza,
Malibor acabó por la bestia devorado.
¡Que los intrépidos dragoneros
a esta triste historia presten atención!
Aunque tengáis gran suerte y destreza,
podéis ser comida de dragón.
Valentine se rió y aplaudió. Su gesto provocó la inmediata mirada feroz de Zalzan Kavol, que avanzó hacia él, malhumorado e indignado.
—¡Mi señor! —gritó el skandar—. ¿Va a tolerar esa irreverente…?
—No tan alto eso de mi señor —dijo enérgicamente Valentine—. ¿Irreverente, dices? ¿De qué estás hablando?
—¡No respetan una terrible tragedia! ¡No respetan a una Corona caída! ¡No respetan a…!
—¡Zalzan Kavol! —exclamó Valentine—. ¿Eres amante de la responsabilidad?
—Sé lo que está bien y lo que está mal, mi señor. Mofarse de la muerte de lord Malibor es…
—Tranquilízate, amigo mío —dijo amablemente Valentine, y puso la mano en uno de los gigantes brazos del skandar—. En el lugar donde está, lord Malibor se halla muy alejado de cuestiones de respeto o falta de respeto. Y yo he pensado que la canción era deliciosa. Si yo no me ofendo, ¿por qué lo haces tú, Zalzan Kavol?
Pero el skandar continuó gruñendo coléricamente.
—Si me permite decirlo, mi señor, tal vez usted no ha recobrado aún la percepción total de la rectitud de las cosas. Si yo estuviera en su lugar, hablaría con esos marineros ahora mismo y les ordenaría que no volvieran a cantar esas cosas en mi presencia.
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