Robert Silverberg - El laberinto de Majipur

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El laberinto de Majipur: краткое содержание, описание и аннотация

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“Lord Valentine’s Castle” fue publicada fraccionada en dos volúmenes en esta colección, “El Castillo de Lord Valentine” y “El Laberinto de Majipur”, si bien el editor las presentó como dos novelas independientes.
El lector de “El castillo de Lord Valentine” dejó al protagonista convencido ya de su verdadera identidad: él era la Corona de Majipur aunque ni su cara ni su cuerpo fueran los que había tenido como tal.
Decidido a recobrar el trono, el aventajado aprendiz de malabarista debe llegar al Monte del Castillo, montaña gigantesca salpicada de ciudades inmensas en cuya cima reina el impostor Barjacid. Pero el camino hacia el Castillo es un laberinto plagado de peligros.
Valentine tendrá que convencer primero a su madre, La Dama de la Isla y del Sueño, y para ello deberá merecer ese honor, como cualquier peregrino que acude a la Isla, escalando Terraza tras Terraza.
Y antes de llegar al castillo, Valentine habrá de pasar por la prueba más peligrosa: el verdadero Laberinto de Majipur, un mundo subterráneo de tortuosas cavernas donde casi nadie ha visto el sol y donde reside el Pontífice rodeado de su impresionante burocracia.
Escenarios, personajes y monstruos fabulosos como los dragones marinos de hasta cien metros de longitud son los ingredientes principales de esta segunda parte de “El Castillo de Lord Valentine” al igual que lo eran en la primera, conformando eses mundo fantástico que tan merecida fama ha dado su creador, Robert Silverberg.

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—Dirá lo mismo —afirmó el skandar. Hizo una mueca—. Piliplok me enorgullece más que cualquier otro lugar, pero no me gusta nada cuando hace viento. ¡Qué asquerosa suerte!

—¿No hay ningún barco que se haga a la mar en esta época? —preguntó Valentine.

—Sólo los dragoneros —dijo Zalzan Kavol.

—¿Y qué son?

—Barcos de pesca. Salen en busca de dragones marinos, que en esta época del año se reúnen en manadas para aparearse y son fáciles de capturar. Estos días habrá muchos dragoneros que se harán a la mar. ¿Pero de qué pueden servirnos?

—¿Cuánto se adentran en el mar? —Preguntó.

—Tanto como sea preciso para la pesca. A veces llegan hasta el Archipiélago Rodamaunt, cuando los dragones se congregan hacia el este.

—¿Dónde está eso?

—Es una larga cadena de islas en pleno Mar Interior, aproximadamente a medio camino entre Piliplok y la Isla del Sueño.

—¿Habitadas?

—Bastante.

—Bien. Seguramente existirá comercio entre esas islas. ¿Y si contratáramos a un dragonero para que nos lleve como pasajeros? Llegaríamos al archipiélago y allí encargaríamos a un capitán local que nos transportara hasta la Isla.

—Podría ser —dijo Deliamber.

—¿Existe alguna norma que exija que todos los peregrinos lleguen en los barcos especiales para ellos?

—Ninguna, que yo sepa —dijo el vroon.

—Los dragoneros no querrán aceptar pasajeros —adujo Zalzan Kavol—. Nunca aceptan esa clientela.

—¿No podríamos avivar su interés con algunos reales? El skandar estaba indeciso.

—No tengo la menor idea. Su negocio ya es bastante lucrativo tal como está. Tal vez consideren que llevar pasajeros es un estorbo, o que traen mala suerte. Y tampoco convendrán por la fuerza en transportarnos hasta el archipiélago si las islas están más allá de la ruta de caza de este año. Ni siquiera podemos estar seguros, aunque lleguemos al archipiélago, de que alguien quiera llevarnos más lejos de allí.

—Por otra parte —dijo Valentine—, tal vez las cosas puedan arreglarse fácilmente. Tenemos dinero, y yo preferiría usarlo para convencer a los capitanes antes que gastarlo en tres meses de alojamientos y comidas en Piliplok. ¿Dónde podemos encontrar a los dragoneros?

Un sector entero del puerto, de cinco o seis kilómetros de longitud, estaba reservado para este tipo de embarcaciones, muelles y más muelles con infinidad de barcos de madera que estaban siendo pertrechados para la nueva temporada de caza recién empezada. Los dragoneros eran de un solo tipo, ciertamente ominoso y mórbido, pensó Valentine: grandes artefactos con cascos acampanados y con vados, caprichosos y enormes mástiles rematados por tres puntas, horribles mascarones dentudos en la proa y largos y puntiagudos apéndices en la popa. Casi todos los barcos tenían adornos en los costados, llamativos dibujos de ojos escarlatas y amarillos o hileras de blancos dientes de rapaz aspecto. Y por encima de las cubiertas había pasmosas cúpulas para los arponeros, monstruosos cabrestantes para las redes y plataformas manchadas de sangre donde tenía lugar la carnicería. A Valentine le pareció incongruente usar un barco asesino para llegar a la pacífica y santa Isla del Sueño. Pero no había alternativa.

E incluso esta alternativa no tardó en revelarse incierta. Valentine, el skandar y el vroon fueron de barco en barco, de muelle en muelle; de dique seco en dique seco, y los capitanes de los dragoneros escucharon sin interés las propuestas y ofrecieron secas negativas. Zalzan Kavol llevó el peso de la conversación, puesto que casi todos los capitanes eran de su raza y podían demostrar simpatía por uno de los suyos. Pero no hubo forma de persuadirlos.

—Sería una distracción para los tripulantes —dijo el primero—. Siempre tropezando con los aparejos, mareados, pidiendo servicios especiales…

—No fletan este barco para llevar pasajeros —dijo el segundo—. Las normas son estrictas.

—El archipiélago está al sur de las aguas que preferimos —declaró el tercero.

—Hace tiempo que creo —dijo el cuarto— que un dragonero que zarpa llevando a bordo gente extraña al gremio es un barco que jamás volverá a Piliplok. Prefiero no comprobar esa superstición este año.

—Los peregrinos no me interesan —les explicó el quinto—. Que la Dama os lleve flotando hasta la Isla, si lo desea. No llegaréis allí a bordo de mi barco.

El sexto capitán también se negó, y añadió que ningún capitán querría ayudarlos. El séptimo dijo lo mismo. El octavo, tras haberse enterado de que un grupo de seres de secano deambulaba por los muelles en busca de pasaje, se negó incluso a hablar con ellos.

El noveno capitán, una skandar entrecana con lagunas en la dentadura y descolorido pelaje, demostró más amabilidad que el resto aunque idéntica renuencia a hacer sitio para ellos en su barco. Pero al menos expuso una sugerencia.

—En el muelle Prestimion —dijo— encontrarán al capitán Gorzval del Brangalyn . Gorzval ha hecho varios viajes sin fortuna y se sabe que va mal de fondos. La otra noche lo vi en una taberna. Intentó conseguir un préstamo para reparar su casco. Es posible que unos ingresos inesperados por llevar pasajeros le vengan bien en estos momentos.

—¿Y dónde está el muelle Prestimion? —preguntó Zalzan Kavol.

—El último de esta fila, después de los muelles de Dekkeret y Kinniken, al oeste del dique de reparaciones.

Un amarradero junto al dique de reparaciones era muy apropiado para el Brangalyn , pensó desoladamente Valentine una hora más tarde, al echar la primera mirada al barco del capitán Gorzval. Parecía estar al borde del desguace. Era más pequeño y antiguo que los anteriores, y en cierto momento de su larga historia debió sufrir desperfectos en el casco, porque tras la reparación había quedado con deficientes proporciones, cuadernas mal ajustadas y una curiosa apariencia de estar inclinado hacia estribor. Los ojos y dientes pintados a lo largo de la línea de flotación habían perdido lustre, el mascarón de proa estaba torcido, las espigas de proa estaban partidas a dos o tres metros del armazón, quizá como resultado de un malhumorado aletazo de algún dragón furioso, y los mástiles habían perdido algunas vergas. Unos tripulantes de apariencia perezosa y desanimada estaban atareados, pero no de un modo muy eficaz, en tapar grietas, enrollar cuerdas y remendar velas.

El mismo capitán Gorzval tenía un aspecto tan fatigado y consumido como su barco. Era un skandar no tan alto como Lisamon Hultin —prácticamente un enano entre los seres de su raza—, con ligera bizquera en un ojo y un muñón dónde debía estar su brazo exterior izquierdo. Su pelaje era basto y apelotonado, tenía los hombros hundidos, y todo él era fatiga y derrota. Pero se iluminó al instante al oír la pregunta de Zalzan Kavol respecto a llevar pasajeros al archipiélago Rodamaunt.

—¿Cuántos?

—Doce. Cuatro skandars, un yort, un vroon, cinco humanos y un… y otro más.

—¿Todos peregrinos, dice?

—Todos peregrinos.

Gorzval hizo el símbolo de la Dama de un modo mecánico.

—Ya saben que es irregular que haya pasajeros en un dragonero —dijo—. Pero debo a la Dama recompensa por pasados favores recibidos. Me gustaría hacer una excepción. ¿Pago por adelantado?

—Naturalmente —dijo Zalzan Kavol.

Valentine suspiró de alivio. Se trataba de una embarcación miserable y destrozada, y seguramente Gorzval era un navegante de tercera categoría acosado por la mala suerte o incluso sumamente incompetente. Sin embargo, quería aceptarlos como pasajeros, y ningún otro capitán iba a considerar la idea.

Gorzval expuso su precio y aguardó, con obvia tensión, a que empezara el regateo. Pedía menos de la mitad de lo que sin éxito alguno habían ofrecido a otros capitanes. Zalzan Kavol, llevado por la costumbre y el orgullo, no había duda, intentó rebajar la cantidad en tres reales. Gorzval, claramente consternado, ofreció una reducción de real y medio. El skandar se dispuso a recortar algunas coronas más, pero Valentine, compadecido del desventurado capitán, se apresuró a intervenir.

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