Era una gran comedia, pensó Valentine.
Pero también una triste tragedia, porque Sleet, Carabella, Shanamir y el resto, arrastrados hacia la muerte en el naufragio del Brangalyn , habían sido víctimas de sus simpatías y de la espantosa mala suerte de Valentine. Por ellos sólo podía sentir angustia. La melodiosa voz de Carabella acallada para siempre, el milagroso talento manual y visual de Sleet perdido para siempre, los rudos skandars no volverían a llenar el aire de rotatorias multitudes de cuchillos, hoces y antorchas, Shanamir muerto cuando apenas había comenzado a vivir…
Valentine no pudo soportar estos pensamientos.
En cuanto a él, empero, su absurdo apuro sólo le causaba cómica diversión. Volvió a reírse para alejar su mente del pesar, el dolor y la pérdida, y extendió los brazos hacia las distantes paredes de la extraña habitación.
—¡Éste es el castillo de lord Valentine! —gritó—. ¡La sala del trono! ¡Os invito a todos a cenar conmigo en la gran sala de festines!
De la lóbrega lejanía surgió una voz atronadora:
—¡Por mis tripas, acepto esa invitación! Valentine se quedó desmedidamente atónito.
—¿Lisamon?
—No, somos el Pontífice Tyeveras y su tío bizco! ¿Eres tú, Valentine?
—¡Sí! ¿Dónde estás?
—¡En las entrañas de este apestoso dragón! ¿Dónde estás tú?
—¡No muy lejos de ti! ¡Pero no te veo!
—¡Canta! —gritó ella—. ¡Quédate donde estás y canta, y no dejes de cantar! ¡Intentaré encontrarte!
Valentine se puso a cantar, con toda la fuerza que pudo reunir:
Lord Malibor era gallardo y osado,
y amaba el encrespado mar…
Otra vez se escuchó el rugido. El gaznate de la enorme criatura se abrió de nuevo para admitir una cascada de agua salada y una horda de peces. Valentine se aferró de nuevo a un pilar mientras el flujo le golpeaba.
—¡Oh, por los pies del Divino! —gritó Lisamon—. ¡Agárrate, Valentine, agárrate!
Valentine se agarró hasta que se agotó la fuerza de la inundación, y se desplomó junto al pilar, empapado, jadeante. La giganta le llamó desde algún lejano lugar, y él contestó. La voz de Lisamon sonaba cada vez más cerca. La mujer le instó a seguir cantando, y así lo hizo Valentine:
Lord Malibor al timón se puso
y al inquieto oleaje se enfrentó,
y en busca del dragón feroz y bravo…
Valentine escuchó que la misma Lisamon canturreaba fragmentos de la balada de vez en cuando, con adornos amistosamente obscenos, mientras avanzaba entre los embrollos del interior del dragón. Y luego levantó la cabeza y vio la enorme forma de la mujer, imponente ante él, iluminada por la escasa claridad. Valentine sonrió. Ella sonrió también, y se echó a reír, y Valentine la imitó. Ambos se apretaron en un húmedo y resbaloso abrazo.
Pero la visión de un superviviente hizo que Valentine volviera a pensar en los que seguramente no se habían salvado, y se hundió una vez más en el pesar y la vergüenza. Se volvió, se mordió el labio.
—¿Mi señor? —dijo Lisamon, desconcertada.
—Sólo quedamos nosotros dos, Lisamon.
—¡Sí, y hay que estar agradecido!
—Pero los otros… vivirían ahora, si no hubieran cometido la estupidez de acompañarme en una correría por todo el mundo…
Lisamon le cogió por el brazo.
—Mi señor, ¿crees que llorando por ellos vas a devolverles la vida, suponiendo que estén muertos?
—Lo sé, pero…
—Estamos a salvo. Que hayamos perdido a nuestros amigos, mi señor, es motivo de pena, cierto, pero no para que te sientas culpable. Te acompañaron por propia voluntad, ¿eh, mi señor? Y si ha llegado su hora… bueno, es porque ha llegado su hora. ¿Cómo podía ser de otra forma? ¿Quieres olvidar tu pena, mi señor, y alegrarte de que estemos a salvo?
Valentine se encogió de hombros.
—A salvo, sí. Y es cierto, el pesar no devuelve la vida a nadie. ¿Pero hasta qué punto estamos a salvo? ¿Cuánto tiempo podemos sobrevivir aquí dentro, Lisamon?
—El suficiente para que yo abra un boquete y nos vayamos. Lisamon desenvainó la espada vibratoria.
—¿Piensas abrir una brecha hasta el exterior? —dijo Valentine, perplejo.
—¿Por qué no? Me he abierto paso en sitios peores.
—En cuanto ese objeto toque la carne, el dragón se zambullirá hasta el fondo del mar. Aquí estamos más seguros que si intentamos ascender a nado los ocho kilómetros que hay hasta la superficie.
—Se decía de ti que eras optimista hasta en los peores momentos —afirmó la guerrillera—. ¿Qué se ha hecho de ese optimismo? El dragón vive en la superficie. A lo mejor da unos cuantos coletazos, pero no se sumergirá. ¿Y si salimos a ocho kilómetros de profundidad? Al menos será una muerte rápida. ¿Piensas respirar eternamente esta asquerosa porquería? ¿Podrás ir muy lejos dentro de un pez gigante?
Cautelosamente, Lisamon tocó la pared lateral con la punta de la espada vibratoria. La gruesa y húmeda carne tembló un poco pero no se convulsionó.
—¿Lo ves? Aquí no tiene nervios —dijo Lisamon.
Hundió un poco más el arma y la hizo girar en sus manos para excavar una cavidad. Hubo estremecimientos y crispaduras. La giganta siguió ahondando.
—¿Crees que el dragón engulló a otros? —preguntó Lisamon.
—La única voz que oí fue la tuya.
—Y yo sólo la tuya. ¡Puaf, vaya monstruo! Intenté agarrarte cuando caímos por la borda, pero con el último golpe te soltaste. De todas formas hemos llegado al mismo lugar.
La guerrillera ya había abierto un boquete de treinta centímetros de profundidad y el doble de anchura en el estómago del dragón. El animal apenas daba muestras de notar la operación quirúrgica. Somos gusanos que roemos las entrañas del dragón, pensó Valentine.
—Mientras sigo cortando —dijo Lisamon—, ve a ver si encuentras a alguien más. Pero no te alejes demasiado, ¿eh?
—Tendré cuidado.
Valentine eligió una ruta a lo largo de la pared del estómago. Caminó a tientas en la semipenumbra, se detuvo dos veces para agarrarse al producirse nuevas inundaciones, y no dejó de lanzar gritos con la esperanza de que alguien le contestara. No hubo respuesta. La excavación de Lisamon ya era enorme. Valentine la vio dentro de la carne del dragón, todavía dando tajos. Trozos de carne partida estaban amontonados por todas partes y una sangre espesa y purpúrea manchaba todo el cuerpo de la giganta. Lisamon cantaba alegremente mientras cortaba.
Lord Malibor se situó en cubierta,
luchó con denuedo y valentía.
Terribles golpes se intercambiaron
y mucha sangre brotó aquel día.
—¿A qué distancia crees que estará el exterior? —preguntó Valentine.
—A un kilómetro, más o menos.
—¿En serio?
Lisamon se echó a reír.
—Supongo que a tres o cuatro metros. Oye, limpia el boquete detrás de mí. Esta carne está amontonándose tan deprisa que no puedo quitármela de encima.
Sintiéndose como un carnicero, y disfrutando muy poco con esa sensación, Valentine cogió los trozos de carne partida y los arrastró fuera de la cavidad. Después los lanzó tan lejos de allí como pudo. Se estremeció de horror al ver que los carnosos látigos del suelo del estómago recogían la carne y la empujaban descuidadamente hacia la charca digestiva. Cualquier proteína era bien recibida allí, o al menos así lo parecía.
Se introdujeron cada vez más en la pared abdominal del dragón. Valentine intentó calcular el grueso probable del muro, considerando que la longitud de la criatura no era inferior a cien metros. Pero la operación aritmética se embrolló. Estaban trabajando en un lugar angosto y en un ambiente hediondo y caluroso. La sangre, la carne viva, el sudor, la estrechez de la cavidad… Era difícil imaginar un lugar más repelente.
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