– ¿Desde cuándo lo sabías? -saltó Selene.
– ¿El qué?
– Tu destino.
– Desde siempre. Cristine me lo repitió hasta la saciedad. Mi única razón de existir era ser el padre de la elegida. Por eso nací. Ninguna otra Odish tiene hijos.
Anaíd se horrorizó. No era la única que se sentía obligada por el peso de un destino difícil de sobrellevar. Sus propios padres habían pasado por ello.
– Pobre Gunnar -musitó Selene-. Qué pena me das. Tenías que enamorar a una chiquilla ingenua, como Meritxell, y dejarla embarazada. Qué difícil.
– Y sabes que no lo hice
– ¿Ah, no?
– En cuanto te conocí, me negué a continuar representando ese papel.
Selene parpadeó por un instante. Fue un desconcierto momentáneo. Enseguida replicó:
– No es cierto. Te quedaste con ella.
Gunnar habló lentamente.
– Sabes que no es verdad. Sabes que la misma noche en que te conocí y nos besamos sobre el césped del campus, y accedí a acompañarte a casa, me comprometí contigo. ¿Te acuerdas de esa noche?
Selene tragó saliva y negó con la cabeza.
– Vagamente.
– ¿Qué te dije esa noche, Selene?
– No me acuerdo.
– Te acuerdas. Y yo recuerdo que tú me prometiste que me querrías siempre, pasase lo que pasase.
– No recuerdo nada.
Anaíd se indignó. Su madre le había narrado el episodio con pelos y señales y hasta confesó que hizo beber una pócima de amor a Gunnar.
– ¡Te conquistó con magia Omar!
– No hacía falta. Yo ya me había decidido… -replicó Gunnar sin retirar su mirada de los párpados de Selene, que mantenía los ojos bajos.
– Continuaste con Meritxell…
– Tú me lo pediste.
– Pero luego…
– Luego decidí ser honesto y creí que Meritxell estaba realmente embarazada.
Selene se puso en pie, tan alta como era, y adelantó un dedo acusador contra Gunnar.
– Da lo mismo. Me traicionaste, me llevaste hasta tu madre para entregarle a Anaíd. Me hubieras abandonado. Nunca te lo perdonaré. ¡Nunca, nunca!
Y súbitamente aquejada por un acceso de llanto, abandonó violentamente la caravana. Todo se tambaleó a su paso. Selene salió con la fuerza de un huracán y pasaron unos instantes hasta que los objetos y los nervios recuperaron su compostura.
Anaíd se sintió obligada a disculparla, como si aquella mujer fuera su hija y no su madre.
– Lo siento, es así.
Gunnar rompió en una carcajada.
– Lo sé, la conocí antes que tú.
– ¿Y decidiste renunciar a la inmortalidad por amor a mi madre?
– Más o menos.
– Explícamelo.
Anaíd miró fugazmente a través de la ventanilla. Fuera se vislumbraba la silueta inquieta de Selene, incapaz de escuchar una versión diferente de su propia historia. Se la había repetido tantas veces en silencio, que había acabado por sacralizarla y convertirse en una fanática de su propio mito victimista.
En cambio Gunnar le parecía más humilde, quizá por saber reconocer sus errores.
– Ya conoces el principio de la historia. Meritxell era la designada por la profecía para convertirse en madre de la elegida, y yo estaba con ella cuando conocí a Selene en una fiesta de Carnaval. Fue un amor a primera vista, que podría haber rechazado. Pero no quise. Había encontrado a la mujer que había estado esperando durante mil años. Lo tuve claro y por eso peleé con mi madre. No quise continuar adelante con Meritxell ni con mi destino.
Anaíd asintió.
– Sin embargo, ya ves, el destino condujo a Meritxell a la muerte e hizo que Selene apareciese como principal sospechosa. Y tuvimos que huir. Fuimos hacia el Norte creyendo que sería un lugar seguro, pero me equivoqué. Cuanto más nos acercábamos a las tierras que gobernaba mi madre, más fuerte era su poder y más débil me sentía yo para resistirme. Porque lo que no sabía Selene es que durante ese viaje renuncié a mi inmortalidad y a mis poderes.
– ¿Cuándo? -preguntó Anaíd.
– La noche del solsticio, en el monte Domen. Allí, en la cima del monte maldito de las Omar, utilicé por última vez mi magia y me juramenté con los espíritus para ser simplemente un mortal. Cuando bajé del monte Domen, era ya un hombre de carne y hueso. Por supuesto Cristine, mi madre, no me lo perdonó, y comenzó a importunarme y a exigirme que me presentase ante ella para rendirle cuentas sobre mi decisión. Cuando descubrí el embarazo de Selene y ella quiso acompañarme al Norte todo se complicó. Entonces ni siquiera podía imaginarme que tú, mi hija, serías la elegida. Ya me había olvidado de mi destino, convencido de que ese episodio había quedado atrás. Me equivocaba de nuevo.
Anaíd se compadeció de ese padre desconocido que se había equivocado tantas veces.
– Yo sólo quería ser un mortal y envejecer con Selene. Criaríamos juntos a nuestros hijos y no los vería morir. Pero ser mortal tenía sus limitaciones: descubrí, consternado, que no podía defender a tu madre de los ataques de Baalat, y supe que, si yo moría durante el viaje al Norte, Selene también moriría, porque sería incapaz de sobrevivir sola. Hubiera querido separar las cosas: mi vida, mi familia y mis afectos a un lado; y mi deber, mi pasado y mi antigua condición de Odish a otro. Sin embargo, todo estaba entrelazado en nuestra historia y Selene, tozuda, se empeñó en acompañarme. Sencillamente, no tuve valor para dejarla sola y embarazada en Islandia, expuesta a los ataques de Baalat. Intenté confiarla a las Omar del clan de la yegua, pero ella se negó y no me quedó más remedio que pedir protección a la dama blanca, a Cristine, tu abuela. ¿Lo comprendes, hija? Si ella no nos hubiera protegido de Baalat, tú no existirías. Yo, sin embargo, puse mis condiciones: nunca te entregaría a Cristine.
– ¿Y por qué desarmaste a Selene y le hiciste creer que era tu prisionera? -le reprochó Anaíd.
– Selene podía hablar con los espíritus gracias a tu sangre y, cuando se enteró de quién era hijo, se alejó de mí y me consideró su enemigo. Noté cómo se encerraba en sí misma y se blindaba. No me quedó más remedio que vigilarla y privarla de sus armas. Ella lo malinterpretó como una amenaza y huyó de mí. Yo os hubiera defendido y os hubiera llevado de regreso al mundo civilizado para formar una familia.
– ¿Y la osa? Si ya no eras Odish ni estabas a las órdenes de Cristine, ¿por qué la temías? ¿Por qué la odiabas? -insistió Anaíd.
– Era una antigua enemiga con la que sostuve un duro combate años atrás. Creía que me buscaba a mí y que pretendía vengarse con los míos.
Anaíd lo creyó sin una sombra de duda. Sus palabras le sonaron sinceras, sus explicaciones eran lógicas y todo encajaba.
– ¿Qué hiciste cuando pensaste que estábamos muertas?
– Maté a la osa. Estaba ciego de ira y, en cuanto me recuperé de mis heridas, me lancé a su persecución. Como ya no tenía mis poderes, por primera vez estuve en dificultades: tras la cacería se me infectaron las heridas y pasé semanas debatiéndome entre la vida y la muerte.
– ¿Y no se te ocurrió ni por un momento que pudiésemos estar vivas?
– Era imposible. Absurdo.
Anaíd reconoció el mérito de su madre, por entonces una muchacha de dieciocho años, que la parió sola en medio de los hielos, se alimentó de hígado de foca crudo y viajó con una osa y una perra por las estepas.
– Fue gracias a Selene y su coraje.
– Y a la magia Omar. Sin la protección de la osa madre y sin la magia de Aruk, el espíritu, tú y tu madre habríais muerto. El frío, el hambre o los depredadores habrían acabado con vosotras. Conozco muy bien el Ártico. No perdona.
– ¿Y Cristine? ¿No te dijo que estábamos vivas?
Gunnar movió la cabeza con desagrado.
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