Maite Carranza - La Maldición De Odi

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La guerra de las brujas está próxima y la elegida no puede posponer más el momento de empuñar el cetro y destruir a las temibles Odish. Pero Anaíd, que anhela el amor de Roc y del padre que nunca tuvo, que confía en llevar la paz definitiva a las Omar, tendrá que enfrentarse a la traición, al rechazo de los suyos y a la soledad. La maldición de Odi se ha cumplido: la elegida ha incurrido en los errores, ha sucumbido al poder del cetro y hasta los muertos reclaman su tributo. Es el momento de la verdad, de la batalla definitiva entre Omar y Odish.

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– Mamá, por favor, fuiste tú quien olvidó comprarlo.

– Yo no invité a nadie a compartir una ensalada insípida.

– Me gusta de todas formas. La ha preparado Anaíd.

– ¿Te das cuenta, Anaíd? Primero intentará ganar tu confianza. Luego hará lo que quiera contigo.

– Sólo ha dicho que le gusta mi ensalada.

– A mí me dijo que le gustaban mis ojos.

– No es lo mismo.

– Es un Odish, es un brujo, es el hijo de la dama de hielo.

– ¡Es mi padre!

– Eso es un accidente.

– No es cierto: tú te enamoraste de él, soy vuestra hija.

– Podrías ser hija de cualquiera.

– ¡Mentira!

– Te expliqué lo que nos hizo, ¿qué más quieres saber?

– Lo que él piensa.

– ¿De qué?

– De vuestra historia.

– No, eso sí que no. ¡Te engañaría!

– ¿Porqué?

– Porque es su estilo. ¿No lo comprendes? Engañó a Meritxell, me engañó a mí y te engañará a ti.

– Y quieres protegerme, ¿no?

– Eso es.

Gunnar, asombrado y algo aturdido por el rapidísimo diálogo que mantenían madre e hija en su presencia ignorándolo olímpicamente, carraspeó.

– ¿Puedo hablar?

– No -saltó Selene.

– Sí -la contradijo Anaíd.

– Me gustaría explicar mi versión -insistió Gunnar manteniendo las formas.

– ¿Tu versión de qué? ¿De tus mentiras? -le reprochó Selene.

Gunnar abandonó su actitud conmiserativa y se puso repentinamente serio. De pronto Anaíd comprendió que, tras esa apariencia amable y condescendiente, se escondía una dureza de pedernal.

Gunnar fijó sus ojos en Selene, con determinación.

– Voy a hablar, te guste o no.

Ambas sintieron el empuje de su voluntad y Selene permaneció muda. Anaíd, fascinada por la fuerza silenciosa de los ojos acerados de Gunnar, los que ella había heredado sin saberlo, se fijó en algo que al principio no le había llamado la atención: su padre tenía arrugas. En el rostro bronceado y bajo sus pómulos angulosos, se marcaban perfectamente los surcos nasales, ahondando los trazos germánicos y endureciéndolos. Su expresión era mucho más curtida que la que su madre le describió en sus recuerdos. Su entrecejo fruncido, la fina red de telarañas alrededor de sus ojos azules y, sobre todo, esa severidad amable que le confería el cabello entrecano. Ahora que lo tenía tan cerca, se daba cuenta de que las sienes de Gunnar blanqueaban apenas imperceptiblemente.

No, no era posible. Gunnar, según su madre, aparentaba unos veinticinco años a lo sumo. Gunnar fue el joven rey Olav, conquistador de tierras y de bellas vikingas escaldas. Gunnar fue el joven marino Ingar, que traía locas a las chicas y abría las botellas de cerveza con los dientes, en compañía de su pendenciero amigo Kristian Mo. En cambio, este hombre que se sentaba junto a ellas, a pesar de su fortaleza, su energía y su buena forma física, se acercaba a la cuarentena.

– ¿Y tu eterna juventud? ¿No eras inmortal? -preguntó Anaíd, incapaz de mantener la boca cerrada ante un descubrimiento de esa índole.

Gunnar respondió fijando la vista en Selene:

– Hace tiempo que opté por la mortalidad.

Selene se mordió el labio. Ella se había dado cuenta inmediatamente del cambio de Gunnar, pero no había mencionado ni una palabra al respecto.

– Es una apariencia, Anaíd, no le hagas caso. Es un brujo y nos hará creer lo que le convenga.

Anaíd no la escuchó.

– ¿Cuándo decidiste ser mortal?

– Hace quince años -respondió gravemente Gunnar.

– ¿Cuando creíste que habíamos muerto?

Los ojos de Gunnar se nublaron y su mirada retrocedió en el tiempo.

– Antes de que tú nacieses. ¿Te acuerdas, Selene?

Selene levantó lentamente la cabeza, como si lo hiciera al dictado de las palabras de Gunnar, pero continuaba amparada en su terquedad.

– No me acuerdo de nada.

– Lástima. Yo sí que lo recuerdo. Cuando te conocí, eras una bruja Omar preciosa, y no has cambiado: los ojos verdes, las piernas largas, la misma melena enmarañada y esa forma extravagante tan tuya de vestir. Pero lo que me llamó la atención de ti fue tu rebeldía. Eras deliciosamente impulsiva, capaz de capitanear una revolución, embarcarte a la conquista de las estrellas o jurar amor eterno con una voz sincera y vibrante que volvía loco al más cuerdo. No me extraña que los jóvenes de tu edad no se atrevieran a abordarte. Eras una bomba. Y aunque no te lo creas, me enamoré de ti como un tonto.

Selene permanecía impasible y Anaíd no podía comprender cómo ante tamaña declaración de amor alguien pudiese aparentar indiferencia. Las hermosas palabras de Gunnar la habían conmovido. Si Roc le dijese una sola de las cosas que Gunnar le acababa de decir a su madre…, se desmayaría. Selene en cambio ladró:

– ¡Me engañaste! No me dijiste que eras un Odish ni que tu madre era la dama blanca.

– Tú me engañaste a mí. No me dijiste que eras una bruja Omar y que tu madre, la gran Deméter, era la matriarca de las tribus de Occidente.

Selene se revolvió.

– Yo no tenía ningún plan para utilizarte.

– Ni yo.

– ¡Mentira! Me utilizaste para concebir a Anaíd, la elegida.

– Selene, déjame hablar.

Anaíd intervino y, por segunda vez durante esa noche, abogó en favor de su padre.

– Mamá, por favor. Te he escuchado a ti explicar tu historia. Deja hablar a mi padre y que explique la suya.

Fuese por la contundencia de Anaíd o por la suave firmeza de Gunnar, Selene calló.

Gunnar se sirvió un poco de vino y comenzó a hablar. La voz le temblaba y, si no era cierta su emoción, sabía fingirla muy bien. Su relato conmovió a Anaíd.

– No os podéis imaginar lo que significa vivir más de mil años… El paso del tiempo es implacable. Los paisajes, las casas y sobre todo las personas acaban desapareciendo. Todo se transforma y todo se pierde. Al principio, en mi juventud, quise comprometerme con el mundo, mi mundo, y por eso me volqué en el deber de procurar que mi magia sirviese a la vida de los hombres y mujeres de mi pueblo del norte. Me hice poderoso y mandé construir casas de piedra, calafatear grandes embarcaciones y fletarlas mar adentro, para conquistar territorios que luego anexionaba a mi reino. Me enorgullecía cuando los barcos regresaban cargados de telas, especias, semillas y joyas que hacían felices a mi gente. Fui Olav, un rey vikingo de los fiordos noruegos. Comandé expediciones, compuse versos y me permití enamorarme de la bella escalda Helga. Pero al morir ella, al ver envejecer a mis hijos y después verlos morir a su vez, me hundí y me aislé en un castillo. Allí viví encerrado por espacio de siglos y, desde las almenas de la torre, vi echarse a perder mis tierras, vi a mis súbditos convertidos en vasallos y esclavos de otros pueblos, y vi los paisajes que tanto amaba arrasados por el fuego y la guerra. Juré que nunca más me sucedería. Y desde entonces vagué de un lugar a otro sin echar raíces, amparado en el desapego más absoluto, sin encariñarme con nada ni con nadie, sobreviviendo sin más. Fui mercenario, explorador y marinero. A veces me quedaba unos años en algún lugar remoto, aprendía una lengua y un oficio, lo desempeñaba y luego volvía a partir.

Anaíd se estremeció. Nunca se le hubiera ocurrido que el desamor y el desarraigo fuesen simplemente estrategias para evitar el dolor. A lo mejor, los que creía insensibles eran simplemente personas heridas. Así pues, ¿las Odish también tenían sentimientos? Un enigma difícil de resolver. Al fin y al cabo Gunnar era sólo hijo de una Odish.

– Hasta que mi madre me reclamó para concebir a la elegida. Ése era mi destino. Lo había estado esperando durante más de mil años. Me trasladé a Barcelona convertido en un estudiante islandés. Hace quince años Barcelona era una ciudad junto al mar en la que se podía pasear a cualquier hora por sus Ramblas arboladas de plátanos, una calle flanqueada de flores y repleta de muchedumbres excéntricas. En las noches de verano, bochornosas, uno podía emborracharse de vino y música y recibir el amanecer comiendo churros con chocolate y contemplando las delirantes torres de Gaudí, un loco genial. Era mi momento, por fin había llegado la hora de cumplir con mi misión para poder ser libre de una vez y hacer con mi vida lo que quisiese sin rendir cuentas a nadie.

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